Imparable
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"Pues la vida del hombre está en su muerte,/ como el vuelo del cuervo en la presteza/ de sus alas". Los anteriores versos forman parte de un poema del escritor Javier Sicilia, una de las voces más altas de la poesía mística en México. Sicilia, por otra parte, fue uno de los principales articulistas de la revista Proceso por mucho tiempo. Ignoro si lo siga haciendo, hace años que no leo un ejemplar de dicha publicación.
Conocí al poeta Javier Sicilia en Cuernavaca, Morelos, por mano de mis amigos, los escritores Víctor Manuel Calderón -ahora avecindado y desde hace lustros, en Venezuela- y Armando Oviedo Romero, quienes en fecha ya pretérita y ajada, fuimos de fin de semana a la llamada ciudad de la eterna primavera, donde comimos y departimos con amigos de ellos que me fueron presentados. En animada tertulia, conocí a Sicilia.
Los versos que encabezan esta columna son de su libro más señero, "La presencia desierta", publicado para el Fondo de Cultura Económica. La vida del hombre está en su muerte, dice el poeta. Nada más certero, nada más cierto. Tengo años publicándolo en este mismo espacio. La vida de un hombre se cumple y tiene su culmen en su muerte. En nada más. En ningún episodio más. Lo decía el prestigiado abogado michoacano, por lustros avecindado en Saltillo, don Luis García Romero: "Chuy, la ironía de todo esto es una: al momento de nacer, ya somos precadáveres".
Lo anterior sirva para contextualizar la violencia imparable y los ajusticiamientos demoniacos, sordos, implacables y en total impunidad, los cuales traen dolor y amargura a un pueblo sumido por siempre en el dolor y en la amargura. ¿Por qué citar al poeta Sicilia y sus bien medidos versos? Por un hecho lamentable, doloroso. De entre el mar de información y la reseña necrológica cotidiana sobre la violencia y la muerte en México, el pasado martes 29 de marzo, el diario El Universal dio cuenta de asesinatos, persecuciones y ajusticiamientos lo mismo en Monterrey, en Cuernavaca, en Acapulco, que en Coahuila, Nayarit, Michoacán, Morelos y el Estado de México. Desgraciadamente nada nuevo.
Pero, un nombre resaltó dentro de ese mar de información. Siete cuerpos fueron encontrados en un vehículo abandonado en la autopista Cuernavaca-Acapulco, a la altura del municipio de Temixco. Según la Procuraduría de Morelos, y me fío de su información oficial, las siete personas muertas, fueron asfixiadas y estaban atadas de pies y manos con "cinta canela". Uno de estos muertos era Juan Francisco Sicilia, de apenas 24 años de edad.
Esquina-bajan
Ya lo adivinó el lector, el joven era hijo del escritor y colaborador de Proceso, Javier Sicilia. Hoy, para desgracia del escritor, se cumplen sus viejos versos: "Ay, sombras de mis muertos, viejos huecos,/ torturadas ausencias.". Aunque los escritores convivimos a diario con la muerte, secretamente incluso la llamamos y conjuramos; no deja de ser una presencia infausta, dolorosa, sobrecogedora. La muerte a nadie perdona.
Víctima de la escalada de violencia que a todos toca y a todos lastima, un joven mexicano -como cientos, como miles en esta conflagración absurda, letal, estúpida- fue una víctima más de los más de 36 mil muertos que carga la administración federal de Felipe Calderón Hinojosa en su espalda, debido a su "guerra" declarada unilateralmente.
La Procuraduría General de la República (PGR) inició la Averiguación Previa AC/PGR/MOR/EV/066II/2011 por el múltiple homicidio y para dar con los responsables. Si los atrapan, ¿algo cambiará? Lo dudo. El hijo del maestro Sicilia, colaborador de Proceso ya está muerto y su muerte, imagino, es irreparable para el escritor, una de las voces más altas de la poesía mística en México.
Letras minúsculas
Hombre de fe ancilada en el catolicismo, no dudo que Javier Sicilia encontrará fortaleza en Dios.