Naturaleza y sociedad: un cuestionario
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Viviendo, todo falta;
muriendo, todo sobra.
Lope de Vega
Parece que la "naturaleza" nos cobra cuentas pendientes. ¿Hay que acudir a antiguas profecías o a designios que se hunden en la oscuridad de lo hermético para intentar comprender lo que sucede en el mundo desde hace varias décadas? ¿Algo se mueve en la oscuridad o muy por debajo de las circunstancias cotidianas para conspirar contra la vida? Inevitablemente, uno se hace este tipo de preguntas paranoicas ante el alud de calamidades que sacuden al mundo, al país y, en particular, al estado de Coahuila.
¿O siempre ha sido así? La naturaleza, el mundo, el universo carecen de un propósito, o si lo tienen, escapa a nuestro conocimiento o a nuestra capacidad de comprensión. Que las placas terrestres se reacomoden es "natural"; que los bosques se incendien y que las minas de carbón estallen parece el resultado de un riesgo "natural", siempre que esto no sea el resultado de la negligencia o la usura. Pero, ¿y el sufrimiento?, ¿y el dolor humano? ¿Debemos atribuirlo a la voluntad de Alguien que castiga nuestras iniquidades o resignarnos ante la idea de que hemos vivido desde siempre en la orfandad?
Por otra parte, ¿a santo de qué los pueblos deben soportar la dictadura de algunos psicópatas libios, egipcios, latinoamericanos, europeos o de cualquier otra latitud o tendencia ideológica? ¿Está en nuestra "naturaleza" aquello que Thomas Hobbes sentenció en su "Leviatán" del siglo 17: "Homo homini lupus" (el hombre es el lobo del hombre)? Porque si es así, la historia -el tiempo histórico- seguirá siendo, como pensaba Wilde y como hasta ahora ha sido, un simple almanaque de sangre.
Me pregunto dónde inicia nuestra responsabilidad como habitantes de este planeta... y dónde termina. El hombre ha impuesto a la naturaleza una segunda y necesariamente artificial "naturaleza", la del constructo de lo humano: leyes, normas, costumbres, educación, religiones, mitologías, instituciones, infraestructura, superestructura, etcétera. El azar o la divinidad dotaron al hombre de las habilidades necesarias para sobrevivir -selectivamente- en un medio indócil. Gracias a esa doble capacidad intelectual y motora la humanidad ha pasado, no sin tropiezos, de la piedra a la computadora, aunque el costo ha sido altísimo, además de irregular. En la ganancia está la pérdida: trueque ilusorio pero inevitable. (Con razón los dioses suelen ser antropomórficos...).
"El silencio eterno de los espacios infinitos me aterroriza", piensa Pascal, y su voz es como la voz de la humanidad. "¿Quién, si yo gritara, me escucharía entre las órdenes angélicas?", se pregunta Rilke, y su inquisición es recién nacida como el homo sapiens. Filósofo y poeta formulan la misma pregunta, como, de hecho, todos nos la hemos formulado. Pero más acá de tales incertidumbres, la cuestión es: ¿qué hacemos con la vida que tenemos, cuando debemos luchar a brazo partido contra las condiciones de la cotidianeidad, contra la intempestiva y agraviada naturaleza, contra nuestra propia humana depredación y contra la inquietud que supone el hecho definitivo de nacer? ¿Y por qué hablamos de "la naturaleza" como algo ajeno de nosotros?
Por supuesto que las personas que resulten responsables de explosiones mineras, de incendios forestales y de hechos análogos deben ser llamadas a cuenta, pero lo obvio es: ¿qué castigo torna a la vida a un hombre, a una mujer, a un niño? Por otra parte, ¿a qué Neptuno habremos de enjuiciar por los desastres que ha producido un maremoto, y cómo habría que hacerle pagar por los daños? Hasta donde mis luces alcanzan, tengo entendido que el calentamiento global no es sólo un asunto humano. Si es así, ¿qué tecnología, qué divinidades acudirán en socorro del que otrora se llamara a sí mismo "centro del universo"?
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