Carácter Indeciso

Opinión
/ 5 julio 2011

De acuerdo al mausoleo que está en el cementerio de Sahuayo, allí reposan los restos de Francisco Sahagún Baca -aun cuando en el monumento el apellido segundo está señalado como Vaca-, lugarteniente que fue del célebre "Negro" Arturo Durazo Moreno, jefe de la policía metropolitana durante las gestiones de su viejo amigo, José López Portillo, en la Presidencia, y Carlos Hank González, en la Regencia capitalina. A Sahagún se le acusan de las mayores atrocidades de aquella época, incluyendo la matanza del río Tula en donde fueron hallados los cadáveres de doce colombianos -de uno más nada se supo-, supuestamente asaltantes de bancos que habían amenazado con hablar más de la cuenta. Así comienza la historia de los célebres muertos vivientes de la política mexicana.
      
La realidad es, claro, otra. La tumba está vacía como vacíos están los órganos de justicia ante los grandes criminales. Durante la administración federal de 2000 a 2006, la de los Fox, ella y él naturalmente, Sahagún Baca -oficialmente muerto en un operativo sorpresa en el rancho Las Ranas en 1989 tras el cual le fueron confiscadas, nada menos, 118 propiedades en la región-, fue claramente protegido por su sobrina, Marta Sahagún Jiménez, elevada a la condición de intocable "primera dama", la de las muchas faldas que sirvieron de grandes cortinas de humo para ocultar los excesos de sus vástagos y demás familiares con inclinaciones profundamente gregarias. Y todo ello cuando ya habían trascurrido, desde entonces, once años de su "desaparición", convertido, de hecho, en uno de los empresarios de mayor abolengo, por sus disponibilidades, de Jalisco y Michoacán. ¿No les dice algo esta connotación geográfica a los amables lectores acostumbrados a leer sobre las hazañas de "La Familia" y "Los Caballeros Templarios"?
     
 Cuando inició el régimen de Felipe Calderón, atenaceado por la ilegitimidad de su mandato, éste intentó deslindarse de su antecesor -al mejor estilo priísta- persiguiendo y, de ser posible, confinando al celebre ex comandante Sahagún. Y giró instrucciones para ello, confirmando, además, que el personaje estaba vivo aun cuando se le hubiese dado por muerto como a tantos personajes a quienes se les cubren las espaldas con paletadas de olvido e ignominia. He llamado a estos muertos vivientes -desde Amado Carrillo Fuentes hasta "Nacho" Coronel, pasando por Manuel Muñoz Rocha, el ex diputado protegido en los Estados Unidos tras el asesinato de Francisco Ruiz Massieu en septiembre de 1994-, el "cártel del Paraíso" porque, gracias a la habilidad de presentarse como cadáveres cesaron sobre ellos las persecuciones judiciales. Una moda muy redituable para los mayores "capos" de nuestros días.
      
Sobre "Nacho" Coronel, a quien se ubicaba como tercero en la lista del poderoso cártel de Sinaloa comandando por el intocable Joaquín Guzmán Loera "El Chapo", hay testimonios precisos que niegan la identidad del cuerpo además porque no coincide el ADN del criminal con el de quien lo substituyó durante la refriega en Zapopan con elementos de la Secretaría de Marina. Pero en México, cuando el gran poder opera, cualquiera cosa puede tomarse como válida o legal.
      
Debate
      
No hubo ruptura entre Felipe Calderón y su antecesor, acaso porque el primero optó por no incomodar a la pareja ex presidencial con las pesquisas sobre el influyente, tenaz y multimillonario Francisco Sahagún Baca. No se atrevió a llegar a tanto, imbuido en el trauma de un inicio salpicado por los constantes calificativos de "espurio", y porque acaso requería de mantener buenas relaciones con el antidemócrata Fox quien mejor supo cuanto debió hacerse para facilitar el arribo de Felipe a la Primera Magistratura. Fue aquel, sin duda, un intercambio de chantajes.
      
Y así ha sido la política desde siempre. Por ejemplo, cuando murió el célebre "Negro" Arturo Durazo Moreno, la clase política lópezportillista, y el ex presidente mismo, acudieron al funeral del siniestro personaje, cuyo cadáver viajó de Acapulco a la ciudad de México, de ida y vuelta -en el retorno ya convertido en cenizas-, para mayor importancia de las honras fúnebres. Y ante el azoro de la concurrencia, el secretario privado de Durazo, Daniel Molina Miranda, leyó una carta póstuma de su jefe, especificando que tal había sido la última de sus voluntades. El texto era sencillamente incendiario y subrayaba, palabras más o menos, dos hechos que el autor de la misiva consideraba las verdaderas causas de su persecución judicial -su extradición desde Puerto Rico costó al erario un millón de dólares-, obviando sus conocidos excesos y crímenes:
      
1.- En junio de 1981 envió un informe al "primer mandatario" en funciones, López Portillo, presente en las controvertidas exequias, analizando, de manera confidencial, la fuerza adquirida por lo que él llamó "el poder gay" que se había apropiado de algunas secretarías.
      
2.- Lanzaba una alerta porque la "cofradía" de homosexuales -este autor la bautizó como la "de la mano caída" en 1999, un año antes del deceso del controvertido "general" Durazo quien fue degradado post mortem-, la encabezaba uno de los precandidatos presidenciales, Miguel de la Madrid, advirtiendo sobre la posibilidad de que éste llegara al poder como ocurrió.
      
López Portillo, frente al catafalco, asintió con la cabeza y no quiso abundar en la materia. Pero el audaz secretario del "Negro" y lector del documento en cuestión, Daniel Molina, pagó las consecuencias: tiempo después fue asesinado en Chilpancingo... con la consiguiente y frecuente impunidad.
      
La mera memoria basta para armar la trama truculenta del presente. Por desgracia, impera el miedo a ejercer el poder y enfrentar a los verdaderos jefes de las grandes mafias.
      
La Anécdota
      
Años después, todavía instalado en su casona de Cuajimalpa -conocida como "la colina del perro"-, López Portillo hizo a este columnista una confidencia:
     
 --Tengo bajo siete candados la lista de quienes saquearon a México llevándose 40 mil millones de dólares -entonces equivalentes a la mitad de la deuda externa- hacia los bancos del extranjero, sobre todo estadounidenses. Y no me he atrevido a publicarla porque la encabezan, para vergüenza mía, varios de los miembros de mi gabinete.
      
Insistí, cuando menos tres veces más, que me diera la oportunidad de divulgar el listado. Nunca lo hizo pero una vez, un tercero filtró un nombre: el de Pedro Ojeda Paullada, quien había sido procurador general en el sexenio echeverriano y luego fungió como secretario del Trabajo bajo el lópezportillismo.
      
En México, eso sí, los círculos se cierran tarde o temprano.

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