El poder de las palabras

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Opinión
/ 16 agosto 2011

Las palabras son un instrumento poderoso, una persona puede construir o destruir sólo con sus palabras. Miguel Ruiz en su libro "Los Cuatro Acuerdos" lo explica con claridad: "No son sólo sonidos o símbolos escritos; son una fuerza. Constituyen el poder que tienes para expresar y comunicar, para pensar. son la herramienta más poderosa que tienes como ser humano, el instrumento de la magia, pero son como una espada de doble filo: pueden crear el sueño más bello o destruir todo lo que te rodea".

Si las palabras que diariamente pronunciamos son poderosas, las que se divulgan en forma masiva tienen un poder infinitamente mayor, de ahí el legendario miedo de los gobernantes a los mensajes que difunden los medios de comunicación.

El poder de las palabras es proporcional a la responsabilidad que se debe tener en su uso, la oportunidad de emitir mensajes en forma masiva va ligada a un compromiso mayor. Las salas de redacción de los periódicos son una excelente escuela para entender que cada palabra que se escribe implica consecuencias.

En la sala de redacción de un periódico adquiere vigencia el refrán "La Letra con Sangre Entra", claro, en sentido figurado. A punta de cartas aclaratorias, reclamos, regaños y castigos, también se puede dimensionar el poder de las palabras. Lamentablemente hay quienes nunca pasaron por la sala de redacción de un periódico y utilizan las palabras con ligereza y, por supuesto, ni siquiera dimensionan las consecuencias de sus afirmaciones.

Otros más desperdician el precioso espacio de expresión masiva que se les brinda hablando o escribiendo de trivialidades irrelevantes para el grueso de los lectores, pero de gran interés para algún grupo de amigos o allegados, trabajan en cofradía. Si hubieran atravesado por la redacción de un periódico sabrían el valor de los espacios y habrían experimentado la lucha diaria por obtener información relevante.

También hay quienes utilizan las palabras para el elogio, son maestros en el arte de la palabra, sin embargo, sus frases de terciopelo buscan sólo beneficios personales. Parafraseando a Miguel Ramos Arizpe, pero a la inversa, su trabajo no es de honor sino de granjería.

Otros tantos utilizan la magia de las palabras para injuriar son hábiles y ocurrentes, sólo requieren que se les indique el nombre de la persona a la que deben denigrar y ya está. Esta especialidad les reporta además muy buenos dividendos. Entre los del insulto fácil y los de la alabanza a flor de labio, la distancia es muy corta.

Cabe aclarar que hay quienes honran el oficio todos los días e incluso sufren las consecuencias, hay quienes nunca atravesaron por la redacción de un periódico y de cualquier forma aprovechan sus espacios en los medios masivos de comunicación con un alto sentido de la ética y también hay a quienes de nada les sirvió su paso por los matutinos.

Sé que en esta ocasión utilicé las palabras como látigo, no fui impecable con mis palabras que es el primero de los cuatro acuerdos de la sabiduría tolteca, pero al menos conozco las consecuencias y estoy dispuesto a pagar los precios, además mentiras no son.

No adelanten juicios, por supuesto que estoy hablando de otro sitio, no se piense que esto ocurre aquí en Saltillo, no, de ninguna manera, es más, me refiero a otro país. Si por casualidad usted, sagaz lector, encuentra alguna semejanza con la realidad cercana es solo coincidencia.

Heriberto Medina

Columna: Acrópolis

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