Como hermana y hermano (II)

Opinión
/ 27 septiembre 2011

Este profesor de Matemáticas sufre horribilísimas jaquecas. Cuando las tiene se quiere volver loco: alguna vez se golpeó la cabeza contra la pared por ver de alejar ese dolor, o para quedar mejor sin vida.

Algún necio -los necios nunca faltan- le dijo que las migrañas se debían a su dentadura. Si se hacía sacar los dientes seguramente desaparecerían los dolores.

Fue, pues, el profesor con un dentista y le pidió que le sacara todas las piezas dentales. El odontólogo trató de disuadirlo de su intento. Le dijo que aquello era locura: nada tenían que ver los dientes con sus dolores de cabeza. Pero el maestro insistió mucho, y además le anunció que si él no le sacaba los dientes iría con otro dentista. Procedió, pues, el profesionista a hacer las extracciones, y en una sola sesión de varias horas le sacó todos los dientes y las muelas. Días después le adaptó una dentadura postiza que nunca ajustó bien. El profesor movía la mandíbula continuamente para acomodarse aquella mala placa. Al hacerlo parecía estar comiendo algo. Por eso, y por su aspecto de severidad, los estudiantes le pusieron un apodo: "El Mascafierros".

Los dolores de cabeza, naturalmente, no se le quitaron. Ninguna relación había entre su dentadura y aquellas fieras migrañas que sufría. Siguió con sus jaquecas, y sin dientes. Su hermana le cocinaba aquellas costillas de carnero que le gustaban tanto, pero separaba la carne del hueso y la molía en el molcajete. Así, convertida en papilla, la volvía a acomodar en el hueso dándole otra vez la forma que tenía la costilla, para que el profesor se hiciera la ilusión de que podía comer lo mismo que antes.

La hermana se llamaba Carolina, pero él le decía Eufrosina, palabra que en griego quiere decir "hermana buena". Ella lo trataba de "Manito".

Cuando murió Manito -el profesor Adolfo Sánchez Ramos- la señorita Carolina quedó sola en la gran casa de la calle de General Cepeda que compró el padre de ellos, don Francisco Sánchez Uresti. También don Francisco fue profesor del Ateneo. Él dibujó la antorcha que junto con la palabra latina Veritas, que significa "verdad", integra el bello escudo del Colegio.

La señorita Carolina Sánchez daba clases de piano. Hasta su casa llegaban chiquillos y chiquillas a aprender el fa farolito y el sol soldadito. Era devota de San Francisco la señorita Carola, y con las señoritas Figueroa, que vivían en la esquina de Juárez y General Cepeda, iba a misa, al rosario y a la hora santa. Tenía amistad espiritual la señorita Carolina con un padre jesuita de San Juan Nepomuceno. Era este sacerdote un organista supereminente, y además tenía fama de santidad, cosa que pocos músicos tienen. La señorita Carolina me contó una vez que estando el padre en su casa -en la casa de ella- lo dejó unos momentos en la sala para ir a preparar la merienda. Cuando volvió a llamarlo el padre estaba en oración. Se había puesto de rodillas para orar, pero en su arrebato místico se elevó, y estaba levitando a unos 30 centímetros por encima del piso de ladrillo. Eso me contó la señorita Carolina. Yo, por buena educación, se lo creí, aunque ya había oído hablar de la ley de la gravitación universal. (Continuará).

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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