Temporada de brujas Vol. 2

Opinión
/ 21 septiembre 2011

Comentábamos desde la pasada entrega sobre la persecución de que han sido objeto las pobrecitas brujas a lo largo de la historia.

El que nadie haya podido jamás demostrar su existencia no obstó jamás para que a miles se les imputara el cargo de alterar el curso de la naturaleza mediante demoniaco pacto. Tampoco fue impedimento para que un número hasta la fecha desconocido de hombres y mujeres sufriera indecibles tormentos y pereciera en esa farsa de justicia que encabezaron los tribunales inquisitorios, hermoso legado de la cristiandad para el mundo.

-"¿Aceptas que admitiste públicamente ser bruja?".

-"¿Otra vez, Torquemada? Yo dije que andaba bien bruja, y eso porque es fin de quincena".
Por eso, cuando a un gobierno le da por erradicar la disidencia saltándose todos los principios legales y los más elementales derechos civiles, decimos que ha iniciado una cacería de brujas.
Es la marca de los regímenes tiránicos. Pero, aunque dictatoriales y opresivos, a estos gobiernos siempre les ha preocupado mucho el qué dirán (por alguna extraña razón estiman mucho la opinión del pueblo al que sojuzgan).

Y para que no parezca que obra con arbitrariedad, un mal gobierno se inventa estrafalarias disposiciones y acusa a inocentes de ser comunistas, o de ser anticomunistas, de ser conspiradores, de traición a la patria, de enemigo de la mexicana alegría, etcétera.

Y ya cuando un gobierno se adjudica la facultad de detener a un ciudadano por cargos sujetos a ambiguas interpretaciones, despídase de la democracia. Por ello nunca, nunca debemos consentir la existencia de una ley turbia, confusa, imprecisa, cuya aplicación quede "a criterio de". Es peligrosísimo. Una ley debe ser, además de útil para la convivencia, lo bastante inequívoca como para que se juzgue a todos los ciudadanos de igual forma.

Ahora que se discute en Coahuila la posibilidad de fincarle cargos a quien suba a la red informática mundial contenidos que causen pánico o alarma entre la población, sería bueno preguntarnos qué tan práctica y realista es esta intención.

Para empezar, sería mucho más deseable fincarle cargos al funcionario que, siendo parte de su responsabilidad informar y alertar a la población civil, oculte o falsee información concerniente a la seguridad pública.

Oportuna ocasión para ejemplificar esto se nos presentó la madrugada del martes: se desató el pandemónium en diferentes puntos de la ciudad y decenas de saltillenses consternados preguntaban al respecto y hacían temerarias afirmaciones a esa hora desde las redes sociales. Mucha de esa información debió ser inexacta, o completamente errónea, pero era todo lo que había disponible, ya que la Fiscalía hasta casi el amanecer publicó apenas un par de escuetos enunciados que flaco favor le hacían a una población ávida de certidumbres y temerosa de salir a trabajar.

Sin duda que mucha de esa información que cruzaron los saltillenses a través de las redes sociales causó más confusión e incrementó el miedo, innecesariamente.

Pero díganos, gobernador Torres López: ¿Acaso tiene la cara tan dura como para sugerir que estos ciudadanos merecen que se les levanten cargos por haber contribuido a la psicosis con infundios irresponsables?

¿Y dónde está a Fiscalía? (sonó como título de mediocre comedia gringa). ¿Dónde estuvo la información oficial para disipar la confusión de los saltillenses en las horas críticas?
Estaba por sugerirle, Gobernador, que revisara todos los comentarios de pánico que se publicaron aquella mañana, pero acabo de constatar que fueron removidos del muro virtual de la Fiscalía. ¡Qué conveniente! En fin.

Una ley no podrá discernir si un comentario erróneo se publicó por ignorancia o malintencionadamente, y menos una ley que confeccionen nuestros cortos legisladores locales.

La red es un foro público y, como tal, sus contenidos son susceptibles de ser tan inexactos o maliciosos como la gente que los publica. Tratar de controlar esto desde el marco jurídico son más ganas de joder que de proteger, ya que si la prioridad fuera cuidarnos se tomarían otras medidas, como informar, en lugar de pensar en amordazarnos.

Figúrese que un día yo, Enrique Abasolo, o usted, apreciado lector, le fastidiamos las reales gónadas al Gobierno. Pues cualquier cosa que hayamos colgado de la red en el pasado remoto será un buen pretexto, quizás no para desaparecernos por siempre, pero sí para fastidiarnos un rato la vida buscando intimidarnos.

Por eso, Gobernador, dedique mejor el tiempo restante de la administración a cortar listones o lo que sea que hace un funcionario interino en su posición. Eso, mejor que andar ideando nuevos instrumentos al servicio de una posible cacería de brujas.

petatiux@hotmail.com

Columna: Nación Petatiux

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