Fumar, beber café
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El siglo 20 pasará a la historia -ya está en la historia, ya es tiempo pasado, insisto- como el siglo de las prohibiciones, no el siglo de la libertad. Absurdas leyes están limitando nuestro derecho a bien morir; miopes legisladores tratan de acotar nuestras libertades y vicios terrenos, los cuales hacen más llevadera la vida aquí, en el infierno terrestre. Hay una ley la cual pocos cumplen ya, la ley de no fumar en establecimientos públicos.
Cuando se promulgó dicha ley pensé en la siguiente: no beber café fuerte. Prohibido beber café para escritores. Pensé en la estupidez de la erección de una ley donde se prohibiera el café turco, el expreso, la prensa francesa y, en el extremo, el café con cafeína. Siguiendo los dictados de la moda norteamericana -todo ligero, todo light, todo simulado-, la pena de muerte está ya cerca para fumadores y para los bebedores consuetudinarios de café cargado.
Pero, a la par, han surgido nuevas modas, se han modificado patrones y conductas los cuales no veo mal del todo. Un atado de mujeres de un complejo de oficinas gubernamentales aquí en el Centro Histórico y cerca de mi residencia, salen a fumar a los portales de su edificio. La prohibición las obliga en su urgencia, a enseñar su vicio privado en un escaparate público. Tengo días observando a una de ellas. Le he nombrado María Magdalena -todas son Marías Magdalenas por lo demás.
María Magdalena luce siempre una blusa apretada a sus fértiles pechos, donde éstos florecen y amenazan con salir de su corsé. En ocasiones y debido al calor infernal, sus senos brillan acaso perlados de sudor. El pelo suelto, negro, es una mancha de humo del cigarrillo al cual se aferra en su adicción, adicción que le hace verse seductora. Sus amigas, las secretarias y asistentes, ríen y encienden un pitillo más. Las volutas de humo se les enredan en sus trajes sastre y en sus tacones de aguja, los cuales soportan el peso del deseo. Hoy, todo mundo sale de restaurantes y oficinas a fumar, a platicar, a perder el tiempo, a infringir la ley.
Un buen cigarro, un buen puro y un buen café, van de la mano. No puedo imaginarme al poeta Alfredo García Valdés -la voz más alta en poesía en el norte de México- sin su pitillo en mano derecha, sin filtro; un cigarro duro, rudo, fuerte, mientras en la otra mano disfruta de una humeante taza de café expreso. Ya en la tarde, cambiará el café por una gratificante cerveza de barril. La prohibición le ha hecho a don Alfredo lo que el aire a Benito Juárez: nada, no lo despeina.
Esquina-bajan
El recuerdo está tatuado en la memoria: don Oscar Wong disfrutando de una animada tertulia mientras fuma de un cigarrillo interminable a la par de escanciar un buen café. Tiene lustros con esta sana rutina. ¿Irá el gran maestro a la tumba? Por supuesto. Igual este escritor, igual todos en este mundo. Pero, Oscar Wong hace suyas las viejas palabras de Michel de Montaigne: "Yo no veo a ninguno de los labriegos entrar en reflexiones sobre la manera y actitud con que pasarán esta última hora; la Naturaleza enseña a no pensar en la muerte sino cuando mueren.".
Víctor S. Peña, como los personajes perfilados por Stieg Larsson, se alimenta de sándwiches, gaseosas y café. Acostumbra leer su correo en su ordenador personal en Martin's. Pide un café y un vaso con hielos. Le pone entonces dos hielos a su café -ojo, sólo dos- y como debe de beberse el buen café: sin leche, azúcares ni colorantes, lo disfruta a placer. S. Peña también es un vicioso del café espeso, el cual duele en el gaznate: prensa francesa con café de raíz árabe. Un seguro infarto.
Imposible no mencionar a mi hermano, don Germán Froto y Madariaga, quien disfruta su cigarro Vintage en mano, da sorbos a su aromático café y, en ocasiones, mantiene también una sabia degustación con un buen whisky de una sola malta: placer de príncipes. Bebe, fuma, ríe. Es un sabio don Quijote.
Letras minúsculas
Sólo a nuestros gobernantes se les ocurrió prohibir fumar. Pronto, se prohibirá el café fuerte, oscuro, atávico. Ya luego, se prohibirá respirar.