El abanico de plumas

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Opinión
/ 2 diciembre 2011

- El Mulá sentía una verdadera pasión por los burros - les contó una tarde durante el paseo-. De ahí que su efigie sobre un pequeño asno y tocado con un enorme turbante sea tan familiar en tantos pueblos de Asia central. También de todo el mundo árabe musulmán en dónde se desarrolló el misticismo sufí.

 

- Pero tú nos dijiste, Alma Noble, que ese asno era el reverso de su mensaje.

 

- ¡Claro! - les respondió riendo-. No hay nada más antagónico que un asno para los que se empeñan en conseguir la sabiduría a cualquier precio, en lugar de salir a su encuentro.

 

- Cuéntanos alguno de sus cuentos, - le pidieron al unísono.

 

- Esto, al parecer, sucedió en Persia, en dónde el Nasrudín de su tradición ejercía como magistrado. Aunque la tradición nos lo quiere presentar como analfabeto, y que era su sentido común iluminado por su despertar en el sufismo lo que le procuraba sus ingeniosas resoluciones. Pues bien, un día se presentó ante él un pretendido místico que rehuía el trato con la gente corriente y le dijo:

 

"Maestro, ¿es cierto que usted posee poderes sobrenaturales?".

 

"Antes de responderle, me gustaría saber algo acerca de sus altísimas experiencias", le dijo el Mulá.

 

"Cuando me siento en la soledad de la gran mezquita, siento como una fuerza que me eleva hasta el octavo Cielo y que..."

 

"¿El octavo?", le preguntó solícito Nasrudín. "Vaya, vaya, pero prosiga, por favor".

 

"Siento que me envuelve como una nube y que un abanico de plumas de avestruz me acaricia el rostro..."

 

"¿Y las plumas de ese abanico despiden así como un aroma cálido y envolvente, respetable maestro?", le preguntó Nasrudín.

 

"¡Eso, eso es!", contestó alborozado el muy incauto impostor.

 

"Pues no hay duda alguna", - le soltó el Mulá. "Lo que usted llama plumas de avestruz no son más que los pelos del rabo de mi burro cuando suelta un cuesco en el rostro de los caras que se pretenden maestros iluminados. ¡Que pase el siguiente! Este ya está visto para sentencia".

 

- ¿Y que sentencia le cayó?, - preguntaron al unísono Sergei y Ting Chang.

 

- Eso pertenece al secreto del sumario, pero ya os lo podéis imaginar. ¡Limpió los establos de la comunidad que aplaudió entusiasmada!


 


J. C. Gª Fajardo

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