¿Invencibles?
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Gabriel Guerra Castellanos
Las campañas electorales tienen algo en común en cualquier lugar en que se lleven a cabo: las sorpresas están siempre a la orden del día y los que se creen invencibles o inevitables suelen toparse con que los votantes son bastante menos predecibles y leales de lo que los políticos profesionales quisieran.
Así es como debe ser en cualquier democracia, pero tanto los políticos como los analistas y los expertos en todo y especialistas en nada suelen creer que la encuesta del día, o la foto del momento, son la realidad permanente. Hacen, hacemos, de cada instante una tendencia, de cada ventaja efímera el final de la historia. Afortunadamente ahí está la opinión pública, que siempre supera a la publicada, ahí están los votantes de verdad, los ciudadanos de a pie, para recordarnos y restregarnos en la cara que las cosas no siempre son como aparentan y que una golondrina, un sondeo, una encuesta, no hacen verano.
Tomemos el caso de los Estados Unidos, amable lector, para que nadie aquí en casa se dé por aludido. Hace ni siquiera un año, o un semestre, todos los expertos daban por hecho que el partido Republicano tenía todo para barrer con los Demócratas y su presidente Barack Obama en las próximas elecciones. La lenta o nula recuperación económica, la falta de definición política del Presidente y sus pocos resultados concretos, el hartazgo de la población con el estancamiento, sumados al surgimiento de una nueva oleada conservadora aglutinada informalmente en el Tea Party confirmaban los pronósticos.
La oleada conservadora existe efectivamente, de eso no hay duda, pero ha resultado estar bastante más desorganizada de lo que se creía, y carece de liderazgos claros y de argumentos y lineamientos que aglutinen a las diversas fuerzas que desde la derecha pretenden transformar el statu quo estadounidense.
Para muestra tres botones, los que cierran, o aprietan, o enredan al Partido Republicano: por un lado los conservadores tradicionales, por así llamarlos, que son los que desde hace décadas controlan, o mejor dicho controlaban, no sólo a partido y a su cúpula, sino también a sus principales aliados en Washington, en Wall Street y en los bastiones de la derecha estadounidense.
En años recientes, un movimiento que ha ido cobrando fuerza, energía y cada vez más adeptos, y de alguna manera transformando al partido, es el de los evangélicos, término que sirve para describir a los múltiples y no siempre coordinados movimientos religiosos que desde su aparición en escena en los ochentas se han convertido en motor de la movilización de almas, de conciencias, y sobre todo de dineros para los conservadores. Si bien no están unificados en una sola agrupación, los valores que promueven cargan los dados cada vez más hacia la derecha, y alejan a muchos votantes moderados que se sienten incómodos con la carga religiosa y a veces fanática de la nueva base republicana.
El Tea Party es de aparición más reciente y aglutina a una nueva camada de políticos que dicen no serlo, y que aspiran a volverse parte de los círculos de poder en Washington al mismo tiempo que denostan a los "insiders" y al "establishment". Estos neopopulistas, creados a imagen y semejanza de la inolvidable Sarah Palin, han hecho de su dogma antigobiernista un artículo de fe, que mezclado con la misma línea religiosa de muchos evangélicos los hace especialmente proclives a la demagogia y la charlatanería.
Hoy se mantienen en pie cuatro de los aspirantes republicanos a la candidatura presidencial. Uno de ellos, Mitt Romney, es el hombre del "establishment", de los poderes fácticos. Newt Gingrich resulta particularmente atractivo para los seguidores del Tea Party y para aquellos evangélicos suficientemente generosos de espíritu para perdonarle sus matrimonios y divorcios. Rick Santorum es el candidato de los más religiosos, mientras que en cuarto lugar el septuagenario y para algunos excéntrico Ron Paul apuesta a ser, una vez más, candidato independiente cuando acabe el circo de las primarias republicanas.
En distintos momentos de la contienda los expertos han dado como favoritos a Romney, a Gingrich y por instantes a Santorum. De los primeros dos se han escrito lo mismo panegíricos que obituarios, más o menos igual de acertados, es decir totalmente inexactos.
En el subibaja electoral lo más seguro es que el favorito hoy sea el desahuciado mañana. Lo que los expertos se niegan a reconocer es que así es como deben ser las cosas.
Twitter: @gabrielguerrac