Mujeres de casino
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-¡Un sacerdote¡ ¡Tráiganme un sacerdote!
Para vergüenzas no saca uno. Hace poco fui a una tienda de videos en Monterrey a buscar la película "Juegos Prohibidos". Es, ya se sabe, una obra maestra del cine universal, un clásico de la pantalla. El film trata de un niño y una niña que reproducen en la inocencia de sus juegos los horrores de la guerra entre los hombres. El tema musical de la película, interpretado en la guitarra por Narciso Yepes, queda para siempre en el oído y en el corazón.
Yo sabía que esa joya salida del genio de Rene Clement está en la colección Criterion, antología de lo mejor del cine de todos los tiempos y todos los países, y en la tienda que digo había visto algunos ejemplares de esa colección.
Le pregunté a la muchachita encargada:
-¿Tienen la película "Juegos Prohibidos?".
La niña me clavó una mirada glacial y respondió con desdén al tiempo que me volvía la espalda:
-No manejamos pornografía.
Salí de ahí como el perrito que se comió el jabón, con el rabo entre las piernas.
Acabo de ver una película italiana de los años sesentas que se llama "Mujeres de Casino". Tiene título de película porno. Lo primero que aprendí al verla es que el eufemismo "casino" sirvió en Roma durante muchos años para nombrar a los lupanares, burdeles, casas de lenocinio, mancebías o congales, con perdón sea dicho. La película se divide en varios episodios, y cada uno de ellos narra la experiencia de una prostituta.
Uno de los capítulos es muy dramático. Esta muchacha que trabaja en un... casino enferma súbitamente una noche. El mal, a más de súbito, es mortal. Quizá se trata de un síncope cardíaco. Las compañeras de la chica, asustadas, llaman a la madama del lugar.
Ella se da cuenta de que su pupila está a las puertas de la muerte.
El alboroto que el suceso ha causado ha hecho que las demás muchachas y sus clientes salgan de sus habitaciones y se congreguen en torno de la cama donde agoniza la infeliz. Uno de los parroquianos sugiere la conveniencia de que alguien vaya a buscar un médico.
-No tiene caso -opina a otro-. A la pobre no le queda mucho tiempo.
Uno de los clientes dice:
-Yo soy médico.
Todos se asombran, pues el burdel es de barriada; su clientela es de obreros y empleados de pocas posibilidades. Un médico es alguien importante.
Avanza el doctor y examina a la muchacha.
-Va a morir -dictamina-. Está por minutos.
La enferma escucha aquello, abre los ojos y pide con el último aliento de la voz:
-¡Un sacerdote¡ ¡Tráiganme un sacerdote!
-Inútil -dice el médico a los demás bajando la voz-. No alcanzaría a llegar.
En eso otro cliente se abre paso.
-Yo soy sacerdote -anuncia.
Así diciendo procede a recoger el acto de contrición final de la que muere, y le imparte luego la absolución en el momento mismo en que la vida se le acaba.
No cabe duda: el cine da sorpresas, casi tantas como las que da la vida real.