Presidente `chicharronero'
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La mala nota para México es que un presidente `chicharronero', hoy en día, va a caer pronto en la represión
En el viejo régimen priísta, padecido con mayor o menor intensidad del sexenio de Carlos Salinas de Gortari hacia atrás, el Presidente de la República era poco menos que un Dios. Zedillo no cuenta porque fue para los mexicanos como el agua: incoloro, inodoro e insaboro.
En este país no había nada que el Presidente no pudiera hacer. Tenía sometidos a los poderes Legislativo y Judicial, modificaba y remodificaba leyes, designaba a su sucesor, ponía y quitaba gobernadores, defenestraba líderes sindicales, mandaba en el PRI y "desaparecía" o corrompía críticos; en resumidas cuentas, sólo sus "chicharrones" tronaban.
Este presidencialismo "chicharronero" amenaza con regresar a Los Pinos de la mano de Enrique Peña Nieto, sí gana los comicios de julio próximo. De entrada, condiciona su aprobación a la reelección legislativa "a la dotación de las armas legales que permitieron a los presidentes (emanados) del PRI hacer muchas cosas bien, y con acierto".
La postura no es nueva. Hace 21 años, cuando se tituló como abogado en la Universidad Panamericana con la tesis "El Presidencialismo Mexicano y Alvaro Obregón", el joven Peña nieto citaba a Venustiano Carranza en su discurso ante el Constituyente de 1917, sobre la necesidad de una presidencia fuerte, "que superase el estorbo de facultades que el Legislativo arrastraba desde la Carta Magna de 1857".
El exgobernador mexiquense está convencido de que fueron las "reglas no escritas" las que le dieron al sistema político priísta una gran estabilidad durante más de 70 años, y permitieron que muchas cosas se hicieran bien, aunque otras dieron lugar a que se cometieran abusos, excesos, y a partir de esta experiencia pugnó por normar o generar el andamiaje legal e institucional que guarde los equilibrios entre poderes, "pero en el marco de un régimen presidencial".
En otras palabras, Peña nieto es partidario de que la figura del Presidente de la República vuelva a ser el centro de todo, el que tome todas las decisiones a través de las instancias que él determine; al que le vayan a pedir audiencia y anuencia para aspirar a una gobernación estatal y además "palomear" a quienes quieran ser alcaldes, diputados y senadores; tener otra vez en un puño al PRI, y destituir fulminantemente a quien se atreva siquiera a dudar en el cumplimiento de instrucciones presidenciales.
Peña Nieto no solamente es partidario de una presidencia "chicharronera", sino que está a favor de la llamada cláusula de gobernabilidad, que permitiría alcanzar en el primer trienio la mayoría legislativa absoluta al partido que obtuviera una mayoría relativa de 35 por ciento o más de la votación.
Considerado como la nueva envoltura del viejo PRI, el exmandatario del Estado de México es contrario a la sobrerrepresentación legislativa; es decir, a que se existan las diputaciones y senadurías plurinominales, "para evitar el exceso de representación y poder de las minorías en el Legislativo".
También se ha declarado enemigo de "otro orden o esquema al que algunas propuestas eventualmente quieren empujarnos. O hay semiparlamentarismo o hay presidencialismo. Lo primero me parece una ficción. Más atribuciones al presidente redundará en una mayor eficacia del Estado Mexicano, evitando la actual situación, en la que vivimos entrampados en esta relación que no transita entre el Ejecutivo y el Legislativo".
Y por si algo le faltara al pastel, la cereza es la misoginia peñanietista, evidenciada en Chiapas, al impedir abiertamente que la senadora María Elena Orantes tuviera oportunidad de aspirar al Gobierno del Estado. "Hay un compromiso con el Partido Verde, será Manuel Velasco. Tú no puedes ser candidata a gobernadora porque eres mujer, y eso te vuelve vulnerable". La legisladora renunció al PRI y pronto la veremos como abanderada de algún otro partido, con amplísimas posibilidades de triunfo.
La pésima noticia para los mexicanos es que un presidente "chicharronero", en los tiempos difíciles que vive el País, va a caer pronto en la represión, en la militarización generalizada con el pretexto del combate al crimen organizado; en las reformas constitucionales al estilo Hugo Chávez (la perpetuación del poder), en la privatización, sin impedimentos, de sectores que todavía hoy se consideran estratégicos, como PEMEX, y en el metódico control poblacional -natal, cultural-, a través de los consorcios televisivos y otros medios de comunicación progobiernistas.
Vicente Fox y Felipe Calderón, si usted quiere, no valieron tres cacahuates, pero sus mismas limitaciones les infundieron temor para no explorar más allá de sus periodos constitucionales. No hubiera resultado sorpresivo que luego de lograda la alternancia, el siguiente paso de la oposición triunfadora fuera una propuesta reeleccionista. Afortunadamente esto no ocurrió.
A nivel de gobiernos estatales, el regreso del presidencialismo "chicharronero" a Los Pinos, acabará de tajo con los costos de poder que propiciaron excesos políticos y económicos, lo cual es bueno. Lo malo para muchos gobernadores que han pecado de palabra, obra y omisión, es que serán los primeros que se pondrán en la mira del "sediento justiciero", que castigando a los suyos le enviará mensajes a los ajenos, tal como lo hizo Salinas con "La Quina", Jonguitud Barrios y el banquero Legorreta.
Que la suerte nos acompañe.