Jekyll & Hyde

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Opinión
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La compleja dualidad del ser humano la retrató como nadie Robert Louis Stevenson en su novela más famosa, "El Extraño Caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde".

Es tan influyente esta obra que quien no la haya leído -o visto alguna de sus adaptaciones- tiene al menos alguna referencia para saber que Jekyll y Hyde son dos aspectos diametralmente opuestos de una misma personalidad.

Mientras que el doctor Jekyll es un bondadoso, pacífico y hasta reprimido hombre de virtud, el señor Hyde es un desbocado pendenciero, muy dado al vicio y a la corrupción.

Jekyll es casi un asceta, mientras que Hyde es un juerguista insaciable, bravucón y ávido fornicador. Henry Jekyll es un santo y Edward Hyde es un homicida.

Un catalizador (en este caso, una droga invención del doctor Henry Jekyll), es la que libera a la bestia que vive dentro del hombre en estado latente.

Pero como podemos adivinar, la obra de Stevenson tiene un carácter alegórico. La fórmula inventada por el timorato científico es una metáfora de todo aquello que saca a relucir los aspectos menos deseables de las personas.

Cuáles factores podrían actuar en nuestras vidas como agentes de un pernicioso cambio, lo sabemos todos: el poder (político y económico), las ambiciones desmesuradas, el miedo también, los deseos fuera de lugar y algunas sustancias en efecto, pueden arrastrarnos a mostrar el lado más oscuro de nuestra humanidad.

Nuestro aún flamante gobernador, Rubén Moreira, ha mostrado así mismo dos caras de su propia personalidad que no podrían, ni proponiéndoselo, resultar más incompatibles.

Debo advertir antes, sin embargo, que no considero a cualquiera de estas dos facetas especialmente buena a la una, ni particularmente mala a la otra. Son sólo aspectos discrepantes, opuestos y hasta antagónicos, pero ninguno mejor que el otro.

Así, cuando don Rubén se forjaba un nombre y un prestigio público propios a la sombra de su hermano Gobernador, Humberto Moreira, se nos presentaba como un enardecido disidente, defensor del pueblo.

Su incansable discurso contra la política presidencial rayó en la provocación. Descalificó al Presidente de ilegítimo, recurriendo al resobado epíteto del sexenio, "espurio"; le organizó cacerolazos contra sus medidas económicas y lo acusó de tener manchadas las manos de sangre, con el tergiversado argumento de que su plan de combate al crimen (y no el crimen en sí) es el responsable de la desventura en que se ha convertido la vida nacional.
Y para hacer alarde de estas fanfarronadas no tuvo empacho en hacer acarreos masivos o en utilizar la máxima tribuna parlamentaria de la nación.

Todo ello no me incomoda, ni me quita el sueño. Me parece perfectamente razonable (y hasta cierto punto deseable) que adversarios políticos se tundan retóricamente -unos a otros- hasta con palabras de destrucción masiva. Es parte del debate público y del folclor democrático.

Pero que, sin haber movido un ápice sus políticas, reciba el Presidente hoy los encomios del ahora Gobernador de Coahuila, me da en qué pensar.

El Presidente no ha cambiado, ni como ser humano ni como Mandatario. Es el mismo Felipe Calderón que asumió la Presidencia en el 2006. Entonces, algo cambió forzosamente en Rubén Moreira, a quien parece que se le pasó el efecto de la droga Jekyll&Hyde y ahora es todo sonrisas y todo conciliación.

Y el que me diga que todo se debe a que en su actual calidad de Gobernador está obligado Rubén Moreira a asumir una postura más transigente, se equivoca, pues nada tiene que ver la transigencia con los señalamientos tan graves que hizo en su momento al Presidente.
¿O acaso el afán de ser un gobernador diplomático absuelve a Calderón de aquellas graves imputaciones? ¿Qué acaso ya no es -como dijo Rubén- responsable de la pobreza de millones de mexicanos? ¿Qué acaso el Presidente ya rectificó aquella condición de presidente ilegítimo que Rubén le adjudicaba? ¿Qué acaso las manos manchadas de sangre de Calderón ya están lavadas y pueden ser estrechadas con amabilidad y espíritu de concordia?

Ni estoy diciendo que considerara ciertos aquellos señalamientos, como tampoco que me importara que Rubén Moreira se los hiciera en cada oportunidad que tuvo. Cuestiono el por qué dejaron de tener peso en el discurso político del actual Mandatario estatal.

Triste por toda la gente que se sintió defendida por don Rubén de aquel tirano que les pintó como Presidente y que ahora recibe el apoyo y el espaldarazo del mismo que lo vendió como un peligro para México.

Insisto: o se le bajó el efecto de aquella droga que lo tenía convertido en un feroz señor Hyde, o es sólo que, como venimos diciendo, toda la estrategia gubernamental está orientada a encubrir el vergonzoso capítulo del sexenio que precedió al de Rubén Moreira.

petatiux@hotmail.com

Columna: Nación Petatiux

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