El Diablo y el Ermitaño: La instalación de la némesis
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En diciembre compré una hermosa figurita de barro pintado en uno de tantos puestecillos que se instalan en torno de la Plaza del Templo de San Francisco. La pieza artesanal representa a dos personajes emblemáticos en cualquier "nacimiento": el ermitaño y el diablo.
El "nacimiento" o "Belén", como antes se decía y aún se dice en España, es una tradición instaurada, según algunos historiadores, por San Francisco de Asís -Francesco d'Assisi-, en la Italia de los siglos 12 y 13. A partir de la Conquista, el "nacimiento" es en México una tradición entrañable para los católicos durante la Navidad.
Pensándolo bien, San Francisco parece ser, en esto, uno de los primeros artistas de la instalación. Él solía, al principio de su práctica religiosa y estética, invitar a campesinos y aldeanos para representar a los personajes centrales del nacimiento de Jesús, pero como estas personas debían atender sus quehaceres cotidianos, fueron siendo reemplazadas por figuras hechas con materiales diversos como la madera o la cera, luego el barro. Un antecedente, sin duda, de los "cuadros vivos" del siglo 18 y de muchas manifestaciones artísticas actuales relacionadas con la instalación.
Muchas figuras componen un nacimiento: el Niño, la Virgen María, San José, los Reyes Magos, los pastores y un sinfín de seres más -animales y vegetación incluidos- que los pueblos y las culturas han ido añadiendo y adoptando, sin tomar en cuenta ni la geografía, ni la cronología, ni el clima originales de aquel Natalicio. Una de las figuras más interesantes y misteriosas de cualquier nacimiento, e imprescindible en uno mexicano, es la que conjunta al ermitaño y al diablo. ¿Quiénes son ellos y por qué se los ofrece siempre asociados? ¿Por qué su presencia es infaltable en un nacimiento?
La figura de barro que compré en la Plaza de San Francisco me cautivó por su apariencia "naif" [ingenua] y por su candidez; por su burdo acabado y su furibundo colorido, casi "fauve" [salvaje]. Modela la escena tradicional: al frente de una pequeña y paupérrima ermita vemos a un anciano anacoreta, de rodillas; sostiene entre sus manos un libro abierto y lee absorto, estudia. Casi tras él, al fondo, a la izquierda, el ermitaño es escoltado por una descomunal planta de nopal de color verde esmeralda, preñada de unas tunas casi tan grandes como las pencas y tan rojas como el más intenso color sangre. Encima de la ermita -que parece un iglú coronado por una suerte de cuernos llameantes- está sentado el Diablo, rojísimo, con su pierna izquierda decorada con listas de color dorado, lo mismo que sus gruesos pitones; su cabellera es negra y corta.
¿Este Diablo es un hombre o una mujer? Su pecho está ligeramente abultado y carece de genitales: ¿es un andrógino? Encaramado en la parte superior de la ermita, el Diablo vigila al ermitaño. ¿Lo vigila o lo acompaña en su actividad de estudiante ensimismado? ¿Qué libro lee el ermitaño: la Biblia, los Evangelios Apócrifos, el Zohar o alguna otra obra sagrada?
En el Budismo, el Hebraísmo, el Cristianismo, el Islamismo y hasta en el Tarot y en otras expresiones análogas de la humanidad, la figura del ermitaño es, en el fondo, un símbolo: representa la introspección, la meditación, la íntima búsqueda de la perfección del espíritu y del conocimiento trascendental; "corresponde al arquetipo jungiano del Viejo sabio." (Wikipedia). En los "nacimientos", siempre se lo ve, como he dicho, acompañado por el Diablo.
El Diablo tiene varios parientes: Lucifer, Satanás, Belcebú... El tema es interesantísimo. El término "Diablo", por ejemplo, significa, en griego, "adversario", "enemigo", y también "calumniador", si se deriva del verbo griego "diábolos". Del latín y el arameo, la palabra "Satanás" hereda el significado de "adversario", "enemigo" y "acusador". Del vocablo "Lucifer" (del latín lux "luz" y fero "llevar") resulta algo extraordinario: "portador de luz". Todo esto, al margen de las jerarquías celestes de los orígenes bíblicos.
Si esto es así, si el "ermitaño" es el símbolo del conocimiento trascendente y espiritual y Lucifer es "el portador de la luz" del conocimiento, ¿en qué estriba la contraposición? ¿Por qué se les ve como opuestos? ¿No representan lo mismo ambos personajes, la misma búsqueda, la misma obsesión por conocer? ¿El "fuego de San Antonio" Abad era sólo el producto de las reverberaciones alucinantes provocadas por el centeno o la tortuosa prueba que todo aspirante debe sufrir ante las puertas del verdadero saber? Mi capacidad hermética y semiótica no da para mucho.
El Bien, el Mal, el Conocimiento... Parece que desde siempre están presentes en el mundo humano y en la constitución ontológica y psíquica de la humanidad. Se los encuentra en todos lados: en las mitologías, en las religiones, en los textos sagrados, en la simbología y la iconografía más vetustas. Los aparatos legislativos, los usos y las costumbres de los pueblos, los sistemas filosóficos, las teorías psicológicas y sociológicas: todo nuestro universo moral y cognitivo está inundado por este mar nocturno -diría Xavier Villaurrutia. ¿Cuál es el origen y cuáles las implicaciones de este escabroso triángulo?
A mi lado, la pieza de barro pintado que representa al ermitaño y al Diablo me observa. El Diablo y el ermitaño me miran escribir estas líneas. El anciano anacoreta continúa su lectura acuciosa, arrodillado ante la inmensidad que, por ahora, permanece de este lado y en la que están incluidos mi escritorio, el teclado, el ventanal, estos árboles, aquellas montañas, el cielo remoto... y yo mismo. El Diablo acecha al ermitaño o lo acompaña en su empeño por conocer; atisba sus afanes de pretenso iniciado... ¿También el que escribe esto es objeto de su vigilancia? ¿Soy malo por querer saber o por ello soy bueno? ¿El conocimiento es un abismo inextricable que no debemos escrutar, so pena de sufrir la más oscura némesis?