Noche infernal
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El bramido a mis espaldas presagiaba una larga, dilatada noche. Así fue. El presagio, el augurio, a los cinco minutos de iniciado el viaje, se cumplió. Esta es la historia de una noche fatídica, mohosa, infernal, a la cual sobreviví para contarlo a trompicones en este generoso espacio.
Fui en viaje relámpago a la ciudad de México para asistir al concierto de Apocalyptica y su parada en el Auditorio Nacional dentro de su tour "7th Symphony World Tour." Armado con una maleta pequeña con apenas lo necesario para un cambio, compré un boleto para el jet de la pradera -el autobús, pues-. Da igual la línea. Lo adquirí en servicio directo. Por lo general lo pido para estos viajes en un asiento del medio hacia atrás. En el frente del camión, siempre son molestas las luces de los autos de frente -en los tramos de un solo carril- y claro, la música no siempre a bajo volumen, la cual mantiene despierto al chofer en su moroso recorrido.
Abordé el autobús a las 9 de la noche, me apoltroné en mi asiento y observé la ocupación del mismo: pocos viajantes, desperdigados aquí y allá. Pero, atención lector, atrás de mí, un hombre en el rango de 55-60 años de edad. Tengo años siguiendo al grupo de violonchelistas finlandeses Apocalyptica, los cuales lo mismo interpretan a Joan Sebastian Bach, Frank Liszt, Joseph Hayden como si fuesen discípulos de Pau Cassals, que desenfrenados, desatan la voz y el grito al interpretar el rock de Metallica, Sepultura o Pantera, con la potencia sinfónica de sus violonchelos: un instrumento clásico al servicio del rock metalero.
Su parada en el Distrito Federal era obligada. Obligado era ir a escucharlos y abrevar un poco de su adrenalina en concierto. Sí, pero antes, justo antes de disfrutar semejante espectáculo, tuve una pesadilla temible. La pesadilla del autobús, el bramido a mis espaldas y el presagio que se cumplió: mi vecino de asiento no roncaba, no; eran verdaderos gruñidos, terribles, infernales. No el ronroneo de un gato, sino la estampida de una manada de elefantes y los decibeles demoniacos de un hipopótamo enfurecido. Los ronquidos del sujeto eran atroces. Lo fueron atrás de mis oídos por diez horas. Uf.
Soy bueno para dormir a pata tendida en los autobuses. No me preocupa en lo más mínimo un posible accidente. Si ha de suceder, pues sucederá. Yo cumplo con seguir las reglas de seguridad: bultos pesados en la cajuela, un pequeño maletín en la mano, me abrocho el cinturón y tarde o temprano llega la somnolencia. Siempre llega, pero no está vez.
Esquina-bajan
Mientras transmitían las pantallas del autobús una película para nadie -los pocos viajantes unos platicaban, otros divisaban las luces de la ciudad de Saltillo las cuales se hacían luciérnagas a la distancia-, este escritor dio apenas tres o cuatro sorbos a su refresco gaseoso, cuando a mis espaldas un ronquido me puso los pelos de punta.
El chilango de ropajes ajados, barba descuidada y pelos en punta, como erizo, ya estaba despatarrado y sí, lo temido se hizo presente: roncaba. Insisto, no roncaba, era un sonido cavernoso, infernal, de ultratumba, feroz. Cada vez más descompuesto, cada vez más fuerte y letal. ¿Quién puede vivir así? Pues él. Es la prueba viviente. Los que saben de esto, dicen que es un "trastorno del sueño", una enfermedad.
Será algo físico, una enfermedad o trastorno, pero para mí fue algo infernal. No ronquidos, sino tempestad funesta. Imagino nadie durmió y acaso, maldijeron -en honor a la verdad lectores, perdonadme, pero yo lo hice-en voz baja al chilango con acento tepiteño, preñado de este mal. Los ronquidos también atormentaban a su dueño. El huésped musitaba frases ininteligibles; pero otras, brotaban claras de su pecho e inconsciencia. "No, ya no." Otra, "está malo." El demonio del ronquido y relincho como caballo desbocado, jamás lo dejaron en paz.
Letras minúsculas
Los ronquidos del viejo me recordaron aquel añejo Salmo de la Biblia, el cual a la letra dice: "Humo subió de su nariz, y de su boca fuego consumidor."