Fomento a la lectura
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Los programas de fomento a la lectura de vez en cuando son apoyados por algunos gobernantes preocupados por la cultura. El mayor ejemplo es el de Vasconcelos en la Secretaría de Educación Pública, cuando en 1922 le encargó a su secretario particular, Jaime Torres Bodet, la dirección del Departamento de Bibliotecas y éste las impulsó de manera que pudieron extender a la comunidad sus servicios, enfocados hasta entonces a los escolares. En esa época se crearon las redes urbanas y rurales que llevaron las bibliotecas a todos los niveles sociales, marcando su verdadera misión de servicio público. Torres Bodet era entonces un joven de apenas 20 años de edad, un joven que un año después, en 1923, escribiría este poema: "Se nos ha ido la tarde/ en cantar una canción,/ en perseguir una nube/ y en deshojar una flor./ Se nos ha ido la noche/ en decir una oración,/ en hablar con una estrella/ y en morir con una flor...".
Es indudable que hoy las cosas son diferentes. Se ha abatido el analfabetismo y los niveles de cultura han aumentado. Pero "se nos ha ido la tarde en cantar una canción" y exigir para el fomento a la lectura el compromiso de las autoridades de cultura de enriquecer los acervos de las bibliotecas públicas y la edición de múltiples obras a precios muy accesibles si no es que gratuitamente. Empeñados en hacer de nuestra nación "un país de lectores", pareciera ser ésta la fórmula mágica para hacerlos brotar de la nada.
Un proyecto de cultura debe incluir un serio análisis de las acciones emprendidas anteriormente en el mismo renglón a fin de detectar el nivel de los logros alcanzados y los impactos de los fracasos obtenidos. Cierto es que en el pasado mucho ayudaron algunas magníficas colecciones y series de libros patrocinados por gobiernos o entidades gubernamentales y por instituciones públicas y que fueron obsequiados o vendidos a precios muy accesibles. Su defecto fue que únicamente se conseguían en la ciudad de México y en algunas otras, muy pocas, del país. En la nuestra no. La edición de miles de ejemplares de una buena serie literaria o de cultura general no sirve de nada si el lector no encuentra en dónde comprarla, o si no tiene interés o dinero para adquirirla. Por otra parte, no puede pretenderse hacer de México un país de lectores sólo por el hecho de regalar libros o venderlos a precios muy bajos.
Si el análisis del pasado implica descartar de la agenda lo que no funcionó y alentar lo que rindió frutos, hay que voltear los ojos a los buenos resultados obtenidos en programas estatales de fomento a la lectura. Hace poco más de una década se realizaron algunos de lectura en voz alta, "Leer para ser mejores", "A leer Coahuila" y otros de la Dirección de Bibliotecas Públicas en los que la lectura corría a cargo de artistas de cine y televisión de cierta fama. Recuerdo uno en el que Odiseo, Demián y Bruno Bichir leyeron poesía de Jaime Sabines para un receptivo público que escuchó atento. Al final del evento, Odiseo dijo, en respuesta a una pregunta del auditorio, que una biblioteca es una multitud de voces que espera ansiosamente ser escuchada por alguien. Después de oír y ver a los Bichir, una madura voz femenina se alzó, emocionada y valiente, de entre el público para gritar a los famosos hermanos: "¡Bendita sea la madre que los parió!". Lo dicho por Bruno y el grito de aquella mujer son las mejores pruebas de que la lectura caló hondo, igual en el auditorio que en los mismos actores-lectores. Seguramente, los libros de Sabines fueron muy buscados en las bibliotecas y en las librerías después de aquella lectura. Ahí están los frutos. Hay que emprender de nuevo la siembra.
edsota@yahoo.com.mx