Vértigo por lo dañino

Opinión
/ 20 abril 2012

Es parte de la furia.

De esa corriente autodestructiva que abraza como valioso lo que atenta contra la seguridad, contra la vida, contra la salud, contra la tranquilidad, contra la dicha.

Es una enloquecida tendencia deshumanizadora que se complace en profanar, en arruinar lo bello. Aquel hombre se acercó a la Pietá de MIguel Angel sólo para afear, herir, destrozar el mármol de Carrara, embellecido por el cincel de Miguel Angel.

Es el jarro de agua fría del aguafiestas. Es la broma cáustica y pública sólo para poner en rídículo. O el enervamiento de lo tóxico por un breve placer seguido de ansiedades. Está presente en ese meter zancadilla al corredor delantero o en el tirar del pantalón del que ya casi llega a los premios del palo ensebado de las antiguas ferias.

"No puedes ver ojos en otra cara" se le dice al envidioso que se entristece del bien ajeno.  Es la misma perniciosa propensión que lo lleva a alegrarse de la desgracia que otro sufre. Es lo contrario a la regla de oro del Evangelio: "No hagas a otro lo que no te gustaría que a ti te hicieran o haz a los demás todo lo que te gustaría recibir de ellos".

El montañista ama las cumbres y teme los abismos. Sabe del mal de montaña (que los compañeros curan a bofetadas) pero también huye del vértigo. Se produce en la cercanía de los precipicios, de las grietas y las hondonadas. El alpinista experimentado no recomienda poner la mirada en las profundidades porque sobrevendrá una atracción no siempre resistible.

Esa complacencia, parecida a la del piromaniático, ve la tragedia como un espectáculo. En casos patológicos despierta deseos aniquiladores. Muchas mamás advierten en sus hijos e hijas esa facilidad para destruir y descomponer. En ellos no es algo enfermizo sino  una desbocamiento de su anhelo investigador.

Hay también brotes constantes en la psiqué colectiva de este vértigo por lo dañino. Se inclinan las voluntades a decisiones equivocadas. Se da el paso hacia la caída. Se abraza lo nefasto, se prefiere lo peor y se opta, compulsivamente, por lo pésimo.

Se requeriría una psiquiatría planetaria que pudiera indicar terapias continentales para que no se multiplicaran las víctimas de estos vértigos demoledores.

Cuando ya se está en el fondo de un abismo lo que puede salvar es ese vértigo al revés que despierta un atractivo por las cumbres. Entonces el único verbo humanizador que se conjuga es el verbo ascender...




El autor de Claraboya, quien ha escrito para Vanguardia desde hace más de 25 años, intenta apegarse a la definición de esa palabra para tratar de ser una luz que se filtra en los asuntos diarios de la comunidad local, nacional y del mundo. Escrita por Luferni, que no es un seudónimo sino un acróstico, esta colaboración forma ya parte del sello y estilo de este medio de comunicación.

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