Entre Cristo y Maquiavelo

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Opinión
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En memoria de Jorge Carpizo

La reforma al artículo 24 y la visita del Papa a México han dado pie a una nueva reflexión sobre el papel de la religión en la política. Un viejo tema pero con plena vigencia. No sólo se trata del Estado laico, cuyas fronteras se han diluido un tanto en los últimos años, sino del uso de la religión por parte de los políticos que son creyentes (o dicen serlo). En principio, deben elegir entre lo que recomienda Maquiavelo para tener éxito en la política, y lo que aconseja Jesús para evolucionar espiritualmente (o energética y emocionalmente, como hoy se dice). Difícilmente son caminos compatibles. Maquiavelo afirmaba que quien quisiera tomarse en serio el Evangelio debía renunciar a las aspiraciones políticas, pues el cumplimiento de los preceptos cristianos implica, casi sin excepción, el fracaso en esas lides. La sinceridad, la honestidad y el perdón pueden contribuir a limpiar el alma (es decir, integrar la energía y sanar emocionalmente), pero esos medios llevarán al desastre político. Son los principios contrarios los adecuados para conquistar y retener el poder. La mentira, la simulación, la venganza, incluso la tortura y el asesinato, utilizados diligentemente, constituyen el arsenal indispensable para elevar las probabilidades de éxito en la política. Pero, advierte Maquiavelo, "son éstos medios cruelísimos, no sólo anticristianos, sino inhumanos". Por lo cual "todos deben evitarlos, prefiriendo la vida de ciudadano a ser rey a costa de tanta destrucción...". Sin embargo, "Quien desee preservar la dominación, necesita ejecutar dichas maldades". Esa es la disyuntiva de los políticos.

Pero eso no significa que políticos y gobernantes no puedan hacer un provechoso uso de la religión para sus fines, considerando lo extendido de la fe en los ciudadanos. Y es que para una buena carrera política "es indispensable saber disfrazar bien las cosas y ser un maestro en fingimiento". Es perjudicial para el príncipe ser piadoso, fiel, humano, religioso e íntegro (virtudes cristianas, sin duda), "pero conviene que lo parezca", aclara el florentino. Es así como se ha interpretado la asistencia de los candidatos y de Felipe Calderón a la misa oficiada por el Papa, un acto presenciado por millones de fieles y curiosos. Desde luego, eso no implica que el candidato en cuestión no sea creyente, pero probablemente eso no estaba en su cálculo al acudir al acto litúrgico, sino los posibles votos ganados que eso le daría, o los posibles votos perdidos en caso de no asistir. Un auténtico cálculo de costo-beneficio electoral.

Y justamente Jesús descalificaba como fútiles para la conquista del reino espiritual la exhibición pública y notoria de la supuesta devoción, en realidad practicada para obtener beneficios mundanos (prestigio, aplausos o poder político): "Cuando ores, no seas como los hipócritas, porque ellos oran de pie en las sinagogas para ser vistos de los hombres.

Guardaos de los escribas, que gustan de andar con ropas largas, y aman las salutaciones en las plazas, y las primeras sillas en las sinagogas, y los primeros asientos en las cenas. De cierto os digo que ya obtuvieron su recompensa". Esa recompensa es el aplaudo o los votos, pero no recibirán los beneficios de la integración energética y emocional (el reino de lo cielos en la terminología cristiana), pues ésta exige la disolución del ego. Las metas políticas resultan opuestas a la búsqueda espiritual, que es esencialmente interna ("El reino de los cielos, no lo busquen aquí o allá, pues dentro de vosotros está", dice Jesús). El Evangelio insiste en la contradicción entre la ley de Dios (es decir, de la naturaleza, la mente, la energía) y la de los hombres (prestigio, riqueza, poder). No es que eso en sí mismo sea pecado en su acepción tradicional, sino que es manifestación del ego -y sus inagotables ambiciones- que a su vez resulta fortalecido, y en esa medida no puede haber liberación espiritual. La liberación exige trascender al ego (según el cristianismo, pero también el budismo, el taoísmo, el sufismo y otras tradiciones). "Quien quiera seguirme, que se niegue a sí mismo", predicaba Jesús al respecto.

Así pues, se puede ser pues un político todo lo creyente que se quiera (o pretenderlo), pero las exigencias de esa profesión apuntan en sentido contrario al de la liberación espiritual, aunque la jerarquía católica (de talante más político que religioso) no se haya percatado de ello a lo largo de su historia.



Jose Antonio Crespo
(Investigador del CIDE)

Comentarios: cres5501@hotmail.com / Facebook: José Antonio Crespo Mendoza

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