Diario de un nihilista

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Opinión
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Aquellos tiempos. Como dije, nunca en mi vida he votado por el PRI. En 1982, cuando alcancé la mayoría de edad, como buen mexicano me abstuve de ir a las urnas. El país empezaba a temblar en todos sus antros económicos, con el vozarrón lastimero de López Portillo prometiendo que "defendería el peso como un perro". En 1988, también como muchos mexicanos de priísmo inconsciente, simpaticé con Cuauhtémoc Cárdenas, quien representaba lo más puro y revolucionario del viejo partido, que con Miguel de la Madrid acababa de ponerse la minifalda neoliberal, con la que inició un streap-tease macroeconómico que nos encueraría a todos. El desenlace es de todos sabido: Cárdenas ganó la presidencia de la República en el Distrito Federal, como lo refrendó en 1997, y ese hecho emocional sigue siendo un dogma para las mentalidades centralistas, que abominan en conjunto del pacto federal y de cada una de las provincias en él incluidas. Ganó la primera magistratura en Iztapalapa, en Ciudad Universitaria, en algunos círculos profesionistas de la colonia del Valle y la Narvarte. En el resto del país ganó el PRI, como lo nhabía hecho siempre, como lo haría de manera arrolladora también en los sexenios siguientes. Sin embargo, me había acostumbrado desde la infancia a la publicidad del PRI, estampada puntualmente en todas las bardas del país desde tiempos inmemoriales. Aunque no tuviese rivales de peso, el símbolo tricolor era el viático con el que comulgaba cotidianamente la mexicanidad, inclusive cuando no había campañas políticas. Ese tesón y trabajo diario es lo que hecho del partidazo el único partido real en este país. Lo demás son calcomanías inventadas por el IFE para justificar su presupuesto, el suyo y el de esos partidos, y que es casi tan elevado como los egresos de Pemex. El PAN y el PRD continúan representando a minorías extremistas, con un proyecto de nación dogmático y autoritario. Su único mérito consistía en criticar al PRI, y criticarlo ciertamente era muy fácil: porque construía una línea del metro, porque erigía rascacielos, porque inundaba la UNAM de estudiantes sin dinero, porque se llevaba mal con El Vaticano, porque respaldaba subrepticiamente a Fidel Castro, porque había apoyado a los muralistas mexicanos, porque había millonarios en Monterrey, por las campañas de planificación familiar, por la ruidosa radio y la enajenante televisión. El poder del PRI era tan grande que se le responsabilizaba de todo lo bueno y lo malo que sucedía en el país. El presidente era un semidiós que se enteraba de todo y a quien nada escapaba. Su mano invisible y todopoderosa estaba detrás de la detención de un rockero marxista en Tepic, del asesinato un profesor de sociología en Chilpancingo, de la clausura de un periódico en Santiago Papasquiaro, que tiraba 40 ejemplares. Era la dictadura perfecta, tan eficaz y tan consensuada que ni siquiera necesitaba ser dura, la dictablanda pues, que únicamente en dos ocasiones salió de sus casillas, en 1968 y 1971, y que purgó sus sentimientos de culpa beneficiando ampliamente, con las dos manos, a las generaciones afectadas, con jugosos empleos burocráticos, con sinecuras académicas, con estaciones de radio, con viajes a Europa. En un país donde la derecha se apropiaba de empresas, barrios de lujo y colegios particulares, la izquierda se adueñaba de universidades como las de Puebla y Sinaloa, además de la Autónoma Metropolitana en la propia capital del país, al tiempo que editaba revistas y periódicos y era respaldada por publicaciones nacionales de gran tiraje, como los diarios Unomásuno y La Jornada, además de la revista Proceso. El propio PRI se criticaba a sí mismo por semejante manga ancha. Los míticos sectores duros del tricolor, empero, eran menos reales, menos fanáticos, menos nocivos que la derecha radical y que la izquierda dogmática. 




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