El beso a Peña Nieto

Opinión
/ 28 mayo 2012

El beso de Javier Sicilia a Enrique Peña Nieto ayer en el Castillo de Chapultepec tuvo de fondo el incendio de las camionetas de Sabritas.

Un beso (y los que le dio a Josefina Vázquez Mota, y el abrazo a Andrés Manuel López Obrador) que fue señal inequívoca del movimiento social más importante y genuino en generaciones a quienes insistan en diseminar el odio; a quienes desde una presunta superioridad moral persistan en sembrar encono.

"Pedimos a los candidatos un acuerdo mínimo de unidad nacional", dijo Emilio Alvarez Icaza, otro de los puntales del Movimiento. "Si creen que con mayorías relativas van a lograr gobernar, están equivocados".

Ojalá los cuatro hayan comprendido el sentido de este gesto de distensión.

Una vez más, y ya van cuatro, el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad no desaprovechó la extraordinaria oportunidad, ni se perdió en la altercación justiciera. Ayer, por si alguien todavía lo dudara, volvió a quedar en claro que el néctar de este movimiento parido por la muerte es la vida.

Paradójicamente, con su beso al "candidato de la imposición", Sicilia enterró el concepto de que estas elecciones son las de la ignominia.

Han sido las más seguidas por los medios, por lejos las más escrutadas y medidas. Las del estimulante #132. Y también las del beso de Chapultepec que reaviva el sueño de que los mexicanos de buena fe no pueden estar en guerra con los mexicanos de buena fe.

De la "ignominia" se puede zarpar a la madurez y el entendimiento.    




Columna: La historia en breve. Periodista y conductor mexicano nacido en la Ciudad de México. Estudió la licenciatura en Comunicación en la Universidad Iberoamericana. Conductor del noticiero matutino de Radio Fórmula, fue director editorial de Grupo Milenio.

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