Luz y mariposas
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Su sonrisa atraviesa como un dardo en el corazón de sus padres. Es un niño feliz y a eso es a lo que aspiran ellos como el mayor deseo.
Es la imagen del niño corriendo, tal como se lo dijeron en la escuela, al salir de clase, en el festejo del 30 de abril, con su capa de superhéroe. Dio maromas a lo largo de todo el patio y luego intentó una y otra vez -aunque no lo logró- encestar en la canasta de básquetbol.
A su madre le gusta el optimismo que no se encuentra en ella misma. Un día, en medio de una tormenta, se suspendió la energía eléctrica. Ella se asustó y se inquietó. El niño sonríe. Se emociona al ver que de pronto la habitación ha perdido su resplandor, pero al ver la inquietud de su madre, la reconforta: "Lo bueno es que hay luz".
Duermen los niños plácidamente. Si despegan el ojo y ven encendida la lámpara, buscan soñolientos el rostro amado de los padres y, confiados, se vuelven y retoman el sueño.
Es el reino de la infancia, el común a todos los hombres. Es la infancia época sagrada. Las alegrías de los niños, sus emociones, sus locos entusiasmos por un objeto en particular, un juguete, los hace diferentes al resto de la humanidad. Son tan sencillos en su complejidad. Son tan selectivos en sus afectos porque saben identificar quién los ama y los respeta. Su voz es escuchada y saben, intuyen, quién está ahí para protegerlos, para cuidarlos. Porque se sienten los dueños del universo; el centro de la atención de todos. Eso no se quita hasta que gradualmente adquieren la madurez, estadio en el que se percatan ya de que no son precisamente el núcleo ni el eje de todo.
Pero mientras tanto, los trajes de superhéroes los hacen sentir importantes. Se sienten en el papel de que ellos mismo pueden "salvar al Planeta Tierra del enemigo maligno".
-¿Y quién es el enemigo maligno, hijito?
-Ah, es alguien que lo quiere destruir todo, que quiere acabar con todo lo que se mueve en el Planeta Tierra.
¡Pero si se les llena la boca al pronunciar esas dos últimas palabras!
Son producto de una cultura. Insertados en ella, como lo estamos nosotros mismos, el consumismo devorador hace gala en ellos. Comprar, comprar, comprar, para desechar, desechar, desechar.
Pese a ello, son también capaces de entretenerse con cosas muy simples. Una hormiga, un gusano, una cochinilla.
Cuando van ampliando sus conocimientos, van empleando en ello también sus entretenimientos.
Un día, un chiquito de cinco años consigue un gusanito. Pide con vehemencia una cajita para poderlo llevar consigo a todas partes. La tía, feliz de que el niño se entretenga con algo, se la proporciona. Lo ve concentrado. Diez, quince, treinta y cinco minutos con la mirada puesta en ella. En una pasada por ahí, se le pregunta en qué fija la atención.
"Estoy esperando a que se convierta en mariposa".
Son sus alegrías las que nos fortifican. Muchas opciones hay para educarlos; muchas para entretenerlos, y muchasmás para saber, los adultos, cómo disfrutarlos, pues veces sólo piensan en "formarlos".
De Freud esta frase que quizá he repetido antes: "Cuando un hombre ha sido el indiscutible amor de su madre, conserva durante toda su vida una moral de vencedor, una confianza en el éxito que muy a menudo acompaña al éxito".
¡De bajada!
Si el caballo de Agustín Jaime siguiera el ritmo de la canción "Agustín bajaba, bajaba a caballo y lo traicionaron por calles de Bravo", se iría seguramente de boca antes de que cayera el propio jinete. Y no precisamente por lo empinado de la calle, que en aquellos años tenía la misma inclinación, sino por el deplorable estado que guardan algunos de sus trechos. Particularmente deshechas las banquetas y con registros sin tapar, se encuentra la parte norte de Aldama a Pérez Treviño. No hablemos de las casas que en el mismo sector están por derrumbarse, que eso es harina de otro costal para las autoridades del centro histórico.
No, definitivamente, que el caballo de Agustín Jaime buscaría una ruta alterna en estos tiempos. (Por otro lado, qué bueno que no trotan los caballos por ahí. Zumban solo las "combis" y caminan, o intentan caminar, los transeúntes de esta ciudad, los audaces caminantes del centro). ¿Una Victoria peatonal? ¿Por qué no empezamos primero a volver peatonales las aceras?