El de las orejas de burro

Opinión
/ 23 junio 2012

Vicente Fox tiene una virtud: nunca deja de sorprender. Pero el atributo es su desgracia: siempre le repercute en contra. Hoy, sin embargo, como nunca antes, el prestigio que ganó en la Historia por haber sido el hombre que rompió el reinado de 70 años del PRI en el poder y lo expulsó de Los Pinos, lo ha tirado a la basura por su abierta militancia a favor del candidato a la Presidencia del partido que veía como el enemigo nacional.

Fox es el mismo de antes, un advenedizo en la política, superficial y frívolo, aunque ahora se le añade el de ignorante del papel que le tocó jugar. Se entregó a Enrique Peña Nieto por un puñado de migajas. Ni siquiera fueron las monedas de Judas, porque nadie en el PRI trabajó su traición. Él fue a entregarse a los brazos de Peña Nieto para que cuando gobernaba del estado de México le diera dinero a su modus vivendi, el Centro Fox en Guanajuato.

El ex presidente, en la degradación más grande que pueda tener un político, cambió de bando, borró su historia política y borró la dignidad de su nombre.

El Centro Fox, que nació en los establos de su rancho en San Francisco del Rincón de una manera arquitectónicamente espectacular -con recursos captados durante la estela de su retiro de la vida política activa-, entró en problemas financieros en la primera parte del gobierno de Felipe Calderón, al no poder sostenerlo con los ingresos de sus conferencias internacionales ni con los cursillos de capacitación política que impartía ahí. Fox peleaba directamente contratos anuales para que no se los cancelara el gobierno, y tuvo en Peña Nieto y en el entonces gobernador de Coahuila, Humberto Moreira, sus principales salvamentos financieros.

Al definirse la candidatura presidencial del PRI, no parece haber tenido problemas Fox en decidir a quién le iba a agradecer la ayuda prestada. Buscó a Peña Nieto y comprometió inopinadamente su respaldo. Si bien nobleza obliga en la condición humana, en la política ese tipo de actitud tiene una sola tipología: la traición. Fox, quien fue el primer Presidente de la alternancia, estaba política e históricamente impedido a cambiar de bando, más aún en una forma tan grotesca como lo hizo. Nadie se lo pidió. Él lo ofreció. Traicionó, en efecto, sus principios y, sobretodo, la lucha por la que el partido más viejo de México lo llevó al poder.

Fox pertenece al neopanismo carismático y bárbaro, que se fue colando en el PAN y tomó control del partido en los 80s y los 90s. Ejecutivo de segundo nivel en Coca-Cola, manejado, articulado y construido por sus ex amigos José Luis González -que murió hace años en un accidente de motocicleta- y Lino Korrodi -quien organizó la recaudación de fondos para su campaña presidencial-, llegó a la Cámara de Diputados donde se convirtió en un legislador inútil pero pintoresco. Lo único memorable de su paso por San Lázaro es una fotografía donde aparece durante el gobierno de Carlos Salinas con unas orejas de burro.

Figura atractiva y jaladora entre la gente, Fox fue hecho gobernador en Guanajuato tras una negociación en Los Pinos entre Salinas y los entonces líderes panistas, Carlos Castillo Peraza y Diego Fernández de Cevallos, quienes a cambio de apoyarlo en sus reformas económicas, cobraron posiciones políticas. Guanajuato fue una de ellas, donde el ganador de la elección, el priista Ramón Aguirre, fue obligado por el Congreso local dominado por el PRI, a ceder la victoria. Fox fue como la humedad, empujado por su ambiciosa comunicadora -más adelante su esposa-, Marta Sahagún. Mediáticamente funcional, Fox le arrebató al panismo tradicional la candidatura presidencial y con la ayuda de un asesor texano, Rob Allyn, despertó como el hombre del cambio.

Fox no estaba predestinado para ser Presidente. Cuando negoció en público el debate presidencial con Francisco Labastida y Cuauhtémoc Cárdenas, llegó tomado a la reunión y al hablar sobre las fechas del debate, y de manera histriónica exigía que "¡hoy!, ¡hoy!, ¡hoy!" fuera ese encuentro. Esa desgracia pública la convirtió Allyn en el grito de guerra de su campaña, que encontró en la idea del "cambio" una ventana de oportunidad. Esta se ensanchó gracias al equipo de Labastida, que lo asesoró de manera desastrosa para el debate presidencial y despilfarró 20 puntos de ventaja en la preferencia electoral cuatro meses antes de la elección, por sus conflictos internos.

Fox ganó con el respaldo de cuatro millones de votantes útiles de la izquierda que lo escogieron sobre Cárdenas, y se convirtió en la esperanza de muchos. Bonachón, armó su equipo con amigos y recomendaciones. Una de estas fue Josefina Vázquez Mota, sugerida por el diputado Felipe Calderón, quien le dijo que su propuesta para la Secretaría de Desarrollo Social, Rosario Robles, era intransitable en el partido. Vázquez Mota fue arropada por él, y reconocido por ella, quien pese a los conflictos con la señora Sahagún, nunca le ocasionó problemas.

Vázquez Mota fue leal a Fox hasta hace unas semanas, cuando después de que el ex Presidente le besó la mano, dijo que no tenía opción en la elección presidencial y que la alternativa era Peña Nieto. La panista dejó de ponerle la otra mejilla. En su equipo ya se la habían retirado. Fox, para muchos de ellos, es un traidor. Visto en la perspectiva histórica de lo que significó su papel en la alternancia del poder y lo que su figura representa, sí traicionó. No sólo al PAN. A los millones de personas que lo apoyaron en 2000, al proceso de transición democrática mexicana y, por supuesto, a él mismo. Pero quizás, como ha sido su vida pública, tampoco se ha dado cuenta.

rrivapalacio@ejecentral.com.mx

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Columna: Estrictamente personal

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