El general en su laberinto

Opinión
/ 26 agosto 2012

Por azar, es decir, por un destino oculto, encontré el testimonio de un viaje hecho por el general Rubén García, en 1942, a Saltillo y Arteaga. Presidente del Club de Excursionistas "Everest'', el cual tenía su sede en la Ciudad de México, el general García había oído hablar de unas maravillosas grutas en las cercanías de la Capital de Coahuila, y vino a conocerlas.

Tan florida es la narración que hizo el mílite de aquella expedición que trasladarla a palabras mías sería desacato. Es mejor dejarle la voz "al suscrito que habla'', es decir, al propio general García, para que con su tono y estilo propios nos relate sus aventuras en estas tierras y bajo ellas.

"Vengo del reino de las maravillas, del recinto de la diosa Lilarazu, del señorío de la ignosis, del antro desconocido y encantado en que duerme el misterio y acecha la sorpresa. Regreso también de Saltillo, multicolor como sus sarapes, frío como las nevadas boreales, atractivo como todas las ciudades norteñas, quieto y acogedor con sus costumbres antañonas y sus timbres próceres, pero que desde el 7 de enero de 1942, cuando un grupo de socios del gran Club Excursionista Everest abrimos a los atónitos ojos de nuestros acompañantes y, ante la propia estupefacción, por manera definitiva, el embrujo de las grutas de El Caballero o de Cuevecillas, ha dejado de ser remanso de quietud para convertirse en potencial centro de turismo extranjero y nacional, emporio del excursionismo ávido de sensaciones nuevas y de impresiones pintorescas; porque las cavernas de Arteaga son de las que atraen para fascinar y exigen para lucirse concurrencia copiosa y siempre creciente.

"Trayecto fácil el que lleva al cubil de los endriagos bordadores de abalorio en los precipicios de El Caballero, ruta sencilla la que conduce al mundo subterréneo de Cuevecillas, donde moran quietas tinieblas, tranquilas, con calma de milenios que jamás perturbara la claridad; en que medra el Hada Negra tejiendo chaquira de obsidiana entre cendales impalpables e ignotos de azabache gaseoso. Recorrido descansado: de Saltillo al expresado lugarejo, Arteaga (hay hermosa piscina y atractivo merendero), median 16 kilómetros a campo traviesa en que los coches no encuentran mayores asperezas; entonces hay que bajar del vehículo y trepar 600 u 800 metros por la falda de tal eminencia que forma parte de la cañada y sierra de Cuevecillas.

"Ascenso un poquitín molesto por el escurridero de lajas que al pisarse resbalan y hace retroceder frecuentemente dos o tres pasos; trasmontar un tanto incómodo por los abundantes magueyitos de lechuguilla cuyas púas hieren, y por las recias penquitas del zotol (sic) que lastiman al incauto que pretende afianzar en ellas.

No obstante, el entonces gobernador del Estado, General Benecio López Padilla, al comprender la importancia que para Coahuila reviste el agreste monumento, dispuso, delante de mí, que no sólo se limpiase el otero, sino que abriese desde luego una senda, a reserva de tenderse un andarivel, un elevador funicular o simplemente un camino para coches, empresa a la que ofrecieron coadyudar los comerciantes, hoteleros, gasolineros, etc., después de que sustenté en la Cámara de Comercio conferencia alusiva" . (Continuará).

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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