Dedos gordos

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Opinión
/ 14 septiembre 2012

Por regla general abomino de los sitios ruidosos. En ese aspecto siempre he sido un hombre viejo: nunca, ni cuando era adolescente, me gustaron los lugares donde la música se transforma en ruido y vuelve imposible la charla.

Tampoco he comprendido jamás cómo hay personas que parecen platicar amenamente en un lugar atiborrado de decibeles. Cuando lo he intentado, tan sólo he logrado una conversación tijereteada y la mayor parte del tiempo finjo entender lo dicho por mi interlocutor.

Así pues, procuro no acudir a bares o "antros" donde las notas musicales (el ruido, desde mi perspectiva) no dejan espacio ni siquiera para el aire. El letrero "música viva", en cualquier establecimiento, constituye para mí una advertencia muy clara: ¡No entres!

Y si por error termino en un lugar donde la "música viva" no estaba anunciada, pero su próxima irrupción en el ambiente es evidente, trato de colocarme lo más lejos posible de las bocinas o, de preferencia, emprendo la graciosa huida.

La aclaración es pertinente porque hace unos días viví un episodio que confirma la regla: siempre hay una excepción.

La señora Moncada y este servidor llegamos al lugar después de los amigos con quienes nos habíamos citado para ponernos al corriente de nuestras respectivas existencias y ellos ya habían colonizado una de las mesas más próximas al escenario donde aguardaban, a media luz, los instrumentos.

Respiré hondo y me resigné ante lo inevitable: la música arrancaría en cualquier momento y lo inundaría todo. Ingresaría a mis oídos en torrentes que impedirían el paso a cualquier otro sonido y me sería imposible escucharme a mí mismo, ya no digamos a mis contertulios...

-Ojalá se les ponche una llanta... O se les funda un fusible que sólo se consiga en Bélgica... O se tarden lo suficiente como para huir después de las dos cervezas reglamentarias, cuando ya es legal comenzar a bostezar y fingir que me caigo de sueño -pensé para mis adentros mientras revisaba el reloj e intentaba calcular el tiempo que me quedaba de vida y en paz.

No tuve suerte. Unos minutos después aparecieron tres figuras masculinas que tomaron sus lugares detrás de la guitarra, el bajo y la batería y comenzaron a producir los clásicos ruidos que preceden a la hecatombe.

Intenté una fuga apresurada hacia cualquier universo paralelo donde el silencio sólo fuera interrumpido por el aleteo de las abejas y los susurros de amor con los cuales, estoy seguro, se comunican las flores mientras concretan el acto primario de la fecundación, con el auxilio de los insectos...

¡Y entonces me cayeron encima las primeras notas!

Una escala, cuya identificación me es imposible, comenzó a fluir desde los dedos del ejecutante, un espigado individuo que debe rondar los 25 y luce una barba que lo vuelve muy parecido a Ashton Kutcher cuando irrumpió en Two and a Half Men...

Tuve que voltear a ver. Igual que lo fueron haciendo, todos los asistentes al lugar, en un silencioso pero contundente acto de reconocimiento a la calidad interpretativa del tipo.

No recuerdo cuál rola fue... Cualquiera del género que los entendidos llamarían "rock clásico" y que cumple -como diría "El Profe" de unos de los capítulos del podcast de Olayo Rubio- con el requisito de tener solos de guitarra, lo cual exige contar con un ejecutante virtuoso a bordo.

El aplauso generoso no se hizo esperar... Y este servidor se sumó sin regateos.

Enseguida se registró un relevo en la lira. Otro larguirucho -éste con una facha que me hizo recordar a Sheldon Cooper, de The Big Bang Theory- se hizo cargo del instrumento y repitió la hazaña con el mismo virtuosismo. Volvimos a aplaudir.

Luego vino un tercer relevo, aunque éste fue sólo en el micro. Una nueva voz se hizo cargo de las letras. Una voz que salía, a diferencia de las dos anteriores -porque los guitarristas también cantan-, de un cuerpo rotundo, de una garganta oculta detrás de un barba cerrada que sirve para camuflar la cara de niño de un hip-hopero que, armado con los versos de Molotov, puso a cantar a la audiencia.

Sólo dos de los miembros de la banda permanecieron en su sitio: el responsable del bajo y el que tundía la bataca. El primero podría pasar por un ejecutivo bancario quien, a la menor provocación, nos habría puesto enfrente una solicitud de tarjeta de crédito. El segundo semeja un adolescente que ha desarrollado una relación amorosa con su batería: provisto de unos audífonos que parecen aislarlo del mundo, da la impresión de tocar sin esfuerzo, como quien espanta los insectos que pueblan el aire.

Huelga decirlo a estas alturas: no huí, no esgrimí pretexto alguno, no me sentí incómodo... No había escuchado, hace mucho, una banda que tocara tan bien y que mereciera, sin regateos, la atención y el aplauso.

Se llaman The Fat Fingers, y tocan los viernes en el Dublín...

¡Feliz fin de semana!
carredondo@vanguardia.com.mx

Twitter: @sibaja3

Columna: Portal, periodista con más de 30 años de experiencia en medios de comunicación impresos y electrónicos. Ingeniero Industrial y de Sistemas por la Universidad Autónoma de Coahuila y Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México. Además, es máster en Administración y Alta Dirección por la Universidad Iberoamericana y tiene estudios concluidos de maestría en Derechos Humanos en la Facultad de Jurisprudencia de la UAdeC. Se ha desarrollado profesionalmente en el servicio público, la academia y el periodismo. Integrante de la Comisión de Selección del CPC, del Sistema Anticorrupción de Coahuila.

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