Chismes (II)

Opinión
/ 28 noviembre 2012

A don Mariano Arista le gustaba mucho la nalguita

Lo diré con muy pocas palabras: al general Mariano Arista, presidente de México de 1851 a 1853, le gustaba mucho la nalguita.

Quiero decir que las mujeres eran su talón de Aquiles. Ante un ejército enemigo el general Arista se quedaba impertérrito, impávido, incólume. Frente a las tentaciones de la política y del poder se mostraba sereno e impasible. Pero que no le pusieran delante unos ojos bonitos, un rostro agraciado, un talle juncal, un busto opimo o unas caderas opulentas, porque entonces don Mariano Arista se derretía. Su corazón se le volvía flan, y naufragaban su fortaleza y energía.

Un "ladies man'', como dicen los norteamericanos, era el general Arista. Le gustaba andar entre faldas. Si a alguien se le hubiese ocurrido ponerle enaguas a una escoba el general Arista la habría requebrado con ardientes piropos y encendidas solicitaciones. Muy dados a amores y amoríos han sido algunos personajes de la historia mexicana, desde don Miguel Hidalgo hasta el moderno Presidente José López Portillo, por no venirnos más pa'cá. Hasta don Guillermo Prieto, tan entregado a su esposa doña María, tan severamente liberal, confesó en sus memorias "... mis descarrilamientos a la vida alegre, mi devoción a las chinas (es decir, a las muchachas de pobre condición social) y mis distracciones con pícaras musas que me encontraba donde menos lo pensaba...''.

Pues bien: en esa larga lista de amadores históricos el general Arista tiene lugar preponderante. Lo ayudaba a conquistar a las damas, ya lo dije, su magnífico porte de varón. Pero le ayudaba también su calidad de político encumbrado: en algunas mujeres -dicen- el poder obra como afrodisíaco. Hace falta otro Konrad Lorenz que investigue si acaso el poder político y el dinero despiden feromonas, aromas como ésos que en algunos animales sirven para atraer la unión sexual.

Toda su vida fue Arista un calavera. No tenía ningún roce de cultura; los tiquismiquis de la vida en sociedad lo molestaban y lo solían irritar. Se contaban de él cosas extrañas. Tan rudo era su carácter, se decía, que siendo un adolescente paseaba por las calles de San Luis Potosí, de donde era oriundo, montando no un caballo, sino un novillo cerrero que había domado y que usaba como montura para probar su fuerza.

Don Mariano era hijo de español. Su padre sirvió a la administración de la mal llamada Colonia como intendente en Puebla y en San Luis. Arista y su hermano Juan sintieron el llamado de las armas y se alistaron como cadetes en el ejército realista. Pero mientras Juan era absolutamente leal al virrey y a España, Mariano alentaba ideas de emancipación. Así, los dos hermanos sostenían terribles discusiones en las que disputaban acerca de sus ideas, tan contrarias. Como las cosas amenazaban llegar a un rompimiento entre hermanos tomaron una muy buena decisión: someterían sus diferencias a su padre para que éste les dijera lo que debían hacer. Ambosestablecieron el compromiso de acatar el dictamen paterno.

Los escuchó el honrado español sin decir una palabra. Juan habló de su sentimiento de fidelidad a España; Mariano razonó su amor a la nueva patria en que vivían. Los citó el padre para el día siguiente, en que les daría a conocer su decisión. Cuando los tuvo enfrente les habló, solemne y grave:

-Lo más importante -les dijo- es el dictado de nuestra propia conciencia. Juan: sigue defendiendo tu bandera, y que Dios te bendiga. Mariano: abandona las filas del virrey y ve a luchar al lado de los que combaten por que tengas patria.



Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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