Cosas que el dinero no puede comprar

Opinión
/ 26 diciembre 2012

La Navidad está tan desvirtuada por el consumismo que tomársela en serio significa, en el mejor de los casos, hacer una reflexión sobre esto mismo.

No es culpa nuestra, es un fenómeno derivado de la Revolución Industrial. De tal suerte que toda celebración -cívica, religiosa, afectiva o personal- exige un desembolso, de lo contrario la economía y la vida como la conocemos se van directo al caño.

El dinero de plástico es la expresión más acabada del consumismo (uno se gasta hasta lo que no tiene atravesando la tarjeta y repartiendo firmas cual astro del futbol).

Pero fue precisamente una tarjeta de crédito la que nos hizo una invitación a ponderar, a distinguir entre lo esencial y lo accesorio, mediante su campaña publicitaria (una de las más recordadas y mejor posicionadas): "Hay cosas que el dinero no puede comprar", se nos advertía, "para todo lo demás.", usted ya sabe.

Y es que a veces es difícil hacer la debida distinción entre lo importante y lo superfluo, porque "costoso" es en apariencia sinónimo de "valioso" (y no es así necesariamente).

Aunque a veces lo sustancial y las futilidades se antojan caras por igual, lo cierto es que se localizan en áreas muy distintas de la gran tienda departamental.

En la sección de cosas importantes encontramos el amor, la salud, la realización, la honestidad, la cultura, la verdad y los cortes finos de carne; mientras que en otro departamento muy diferente hallamos el lujo, la ostentación, la apariencia, la vacuidad y -por desgracia- aun mejores cortes de carne.

Hay que decidir con muy buen juicio dónde vamos a hacer nuestras compras, ya que éstas en particular se pagan no tanto con dinero sino con nuestros años de vida.

El que jamás aprendió a hacer la más elemental distinción entre las cosas fundamentales y las triviales es el exGobernador Humberto Moreira, pues se gastó miles de millones de públicos pesos en las segundas y nunca pareció preocuparse por adquirir aunque fuera un poco de lo primordial.

A donde quiera que lo lleve su farsa de autoexilio, habrá que recordarle a Moreira Valdés que:

Puede comprar boletos de avión en primera clase a donde sea, pero no puede comprarse un destino.

Puede comprar un título o la ilusión de que en verdad es un hombre amante de la historia y las letras, pero no puede comprarse cultura.

Puede comprar quien le redacte un discurso o un comunicado, pero no puede comprar la elocuencia.

Puede comprar una estatua, pero no un lugar honorable en la posteridad.

Puede comprar silencio, pero no olvido.

Pude comprar aplausos, pero no reconocimiento.

Puede comprar cama, pero no sueño.

Puede comprar subordinación, mas no liderazgo.

Puede comprarse un equipo de beisbol, pero no el regocijo de verlo ganar, ni el amor al juego o por la camiseta.

Puede comprar cariño, pero no será para él sino para el dinero con el que lo paga.

Puede comprarse caravanas y reverencias, pero no respeto.

Puede comprar plumas elogiosas, elegantes apologías, pero no puede comprar la verdad.

Puede comprar medios de comunicación, pero no credibilidad.

Puede comprar la risa (que como siempre acudió puntual a hacerle comparsa a sus bufonadas) pero no puede comprar gracia o simpatía.

Puede comprar una membresía al club más selecto, pero no una vacuna contra su inherente vulgaridad.

Puede comprar vasallos, pero no aliados.

Puede comprar titulares, pero no relevancia.

Puede comprar ruido, pero no notoriedad.

Puede comprar autoridades, pero no justicia (nunca a La Justicia).

Puede comprar conciencias, pero no almas.

Puede comprar fama, pero no prestigio.

Puede comprar obediencia, pero no respeto.

En fin, que puede comprar todo aquello que esté en venta y le dé, le pegue o le hinche en su reverenda gana. Pero por lo que más quiera, en lo subsecuente: ¡Cómpreselo con su propio dinero!

petatiux@hotmail.com

Columna: Nación Petatiux

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