¿Creen los maestros en Santa Claus?

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Opinión
/ 10 diciembre 2012

La inminencia de la Navidad (o del fin del mundo) se siente, se respira.

Es una agenda con más compromisos de los que puedo cumplir, con más tragos de los que debo beber, con más abrazos de los que quiero repartir. En fin.

Por estas fechas invariablemente evoco mi niñez. Quizás para contrastar mi sentir y pensar actuales con los de la infancia y así poner en perspectiva algunas cosas.

El asunto conmigo es que de niño ya tenía mucho de adulto y ahora de grande conservo muchos rasgos infantiles.

Mi padre jamás nos alentó creencias como la de Santa Claus, los Reyes Magos o el Niño Dios (excepto el Ratón de los Dientes, que sí es real).

De allí que, por atractiva que parezca, la idea de que algo pueda ser gratis me resulta inaceptable.

No lo comparto, no lo creo. Todo bien o beneficio exige su pago en esfuerzo.

No es el beneficiado quien cubre necesariamente dicho pago, pero alguien de manera inexcusable ha de saldar sin duda ese débito.

Los regalos de Navidad por ejemplo, no los obsequia ningún generoso patrono mágico. Papá o mamá tienen que sobarse el lomo cual Pípila para poner algunos presentes bajo el arbolito.

Aun las situaciones en las que aparentemente nadie paga la factura, ésta inexcusablemente encuentra a su destinatario.

Digamos que un funcionario con delirios de magnanimidad derrocha los recursos públicos en programas de asistencia social bajo el argumento de que así se combate la marginación.

Aunque parezca una política acertada de todos ganan (el pueblo accede a bienes y servicios a cambio de nada, gracias a un funcionario que adquiere en consecuencia el estatus de justiciero social), no tarda en ser evidente que el rezago no se abate de esta manera y que, tanta magnificencia  -zapatos, vivienda, uniformes, desayunos, despensas, pintura, tinacos, focos, etcétera- no salen de la nada, sino que se pagan con dinero que debería invertirse en auténticas políticas de desarrollo, de tal suerte que hasta los beneficiarios salen pagando porque extienden su de por sí larga condena al subdesarrollo.

El gremio docente sin embargo no parece compartir mi noción sobre la gratuidad. Como que para los maestros (todavía más que para sus pequeños alumnos) la idea de Santa Claus es más asimilable.

Los maestros sindicalizados reciben estímulos en función de los lustros  que acumulan. No importa con qué eficiencia se hayan desempeñado, cada cinco años reciben un bono. ¿En cuántos empleos ocurre esto?

Ahora que si hacen las cosas bien, y lo demuestran tras una evaluación como la prueba ENLACE, se vuelven acreedores a otro premio. Aunque en principio no se supone que sea algo extraordinario el que uno haga bien su trabajo.

También reciben algo llamado Estímulos a la Calidad Docente, que es igualmente difícil de explicar.

La lista de prebendas magisteriales (ellos les llaman conquistas) es larga, se prolonga hasta llegar a algo llamado bono sexenal. Y yo quiero que alguien me explique en qué canijo planeta el cambio de presidente debe representarle un bono a nadie.

La naturaleza injustificada de este privilegio está en voz de un representante de la Sección 5 del SNTE, quien reconoce que se otorga por usos y costumbres y no porque exista obligación o razón para ello. Es una costosa táctica político-electoral y nada más.

Sucede que en fechas recientes el profesorado coahuilense no recibió sus canonjías y ejerció su muy legítimo derecho a manifestarse por ello, obvio, con un paro laboral.

Todos han sido particularmente cuidadosos al abordar el tema porque nadie quiere enemistarse con la docencia, que es una enemiga incómoda, particularmente en términos políticos.

Por supuesto, hace mal el Sindicato en jinetearles sus bonos a los maestros si es verdad que, como se presume, las partidas fueron entregadas por la Federación y -como todo el dinero en Coahuila- se malversaron.

De ser así, aun y cuando se restituyera íntegramente el recurso, el haberlo desviado de su propósito original constituye un grave delito. ¿Quién va a investigar?

Pero tampoco podemos aducir que a los profes les asista sobradamente la razón para exigir el montón de privilegios que ya consideran inherentes a su labor, no obstante los maestros de Coahuila ocuparon el penúltimo lugar nacional en la reciente Prueba de Evaluación de la SEP y México ocupa también de hecho una ínfima posición con respecto a otros países.

¿Creen los maestros en Santa Claus? ¡Y cómo no, si tienen buenas razones para ello!

petatiux@hotmail.com

Columna: Nación Petatiux

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