El misterio de la lámpara

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Opinión
/ 2 diciembre 2012

La muerte no avisa. Sólo llega, se presenta amparada en su velo gris, negro y nos carga


La suerte del torero es una sola: cara o cruz. El torero se lo juega todo en un solo naipe. Recibir a portagayola es hincarse de rodillas ante los toriles por donde sale el astado, la fiera de amor, darle la cara de frente con el capote abierto y suelto de una sola mano. En ocasiones la suerte está del lado del matador. En otras, el astado bufa, resopla y levanta en vilo al infeliz torero. La vida o la muerte en una sola estampa. Una sola carta.

Esta suerte no pocas veces la ha contemplado a lo largo de su vida el taurófilo José Ramón Oceguera. Moroso, me ha reseñado de varios matadores que suelen recibir así al toro de lidia, con los pitones listos para el combate. Pero hoy, para desgracia de los dioses, no ha habido honor en la muerte del torero zacatecano Armando Montes. Éste, no pocas desafió a los astados y sus más de 400 kilos. No pocas veces en la hora ciega y parda de la tarde, a las cinco del crepúsculo, Armando Montes retaba al destino. Pero hoy, justo hoy (8 de noviembre) el matador Montes murió. electrocutado. Murió cuando intentaba reparar un horno de microondas. Vino una descarga eléctrica, lo cual se agravó porque el torero estaba descalzo. Murió, para su desgracia, sin honor en el ruedo. 

Extraña manera de morir. Y sí, la muerte no avisa. Jamás avisa. Sólo llega, se presenta amparada en su velo gris, negro, mortuorio, y nos carga en su saco sin perdón ni olvido. La muerte, digamos, tan poco honorable del matador Armando Montes y sí accidental y hasta estúpida, ha traído a mi mente algunas muertes igual de extrañas. Una de ellas, relacionada con otra descarga eléctrica. La muerte es famosa. Es la de la poetisa mexicana Rosario Castellanos, la cual murió cuando en Tel Aviv enchufaba al cableado eléctrico una lámpara. Buscando la luz, sumió en la oscuridad medieval -ha escrito Mauricio Montiel glosando la trama- a la ciudad entera. 

El misterio de la lámpara. El episodio funesto sirvió de pretexto a Jaime Sabines el cual dejó por escrito en su poema "Recado a Rosario Castellanos" los versos: "Sólo una tonta podía morirse al tocar una lámpara,/ si lámpara encendida,/ desperdiciada lámpara de día eras tú." No un candil, sino un electrodoméstico, un insufrible horno de microondas fue lo que llevó a la tumba al matador Montes. Y aquí se cumple entonces mi tesis sobre la existencia real: hay seres humanos inútiles, incapaces y torpes para la vida cotidiana. Quien esto escribe es uno de ellos. Es imposible para mí reparar un grifo el cual gotea. No puedo cambiar una llanta de un auto. Improbable reparar la clavija de un lámpara o licuadora.

Esquina-bajan

Y si acaso se intenta la proeza, corre uno el riesgo de morir. Dichas tareas deben ser entregadas a gente capacitada, como mis científicos de cabecera, el "dientes" y el reconocido "zurdo". No plomeros, sino científicos, los cuales se agigantan con el paso del tiempo. Tarea especializada reparar un candil, el enchufe de una cafetera o cambiar la bombilla eléctrica de mi recámara. Actualmente mi foco está fundido y no, no me animo a reemplazarlo; soy franco. Se me hace una tarea harto especializada. Desenroscar. Enroscar. Me alumbro sólo y entonces, con mi lámpara de lectura.

Cuenta la leyenda del acta de defunción del poeta Dylan Thomas. En letras redondas dice: "Escribía poesía". Los leguleyos no saben de apostar y dejar la vida en un verso, en una línea. Su editor identificó el cuerpo y explicó de su tarea sobre la tierra: escribir poesía. 

Extrañas maneras de morir la de los poetas. Anton Chejov murió en condiciones extrañas en un balneario en Alemania. Pero lo más insólito fue la llegada de su cadáver a Moscú. Llegó en tren. Música, amigos y comitiva lo escoltaron hasta la funeraria. Alguien propuso abrir el ataúd. Sorpresa, no era el narrador Anton Chejov. ¿Dónde estaba el cadáver del fino escritor ruso? 

Letras minúsculas

En un contenedor del tren el cual rezaba en un letrero: "Ostras frescas".

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