Secuestro à la carte

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Opinión
/ 25 enero 2013

Carolina Rocha Menocal

La que escribe fue visitante frecuente de los penales femeniles capitalinos. Confiesa que sus múltiples ingresos nada tuvieron que ver con algún delito. Tras un par de visitas y la reproducción del documental "Presunto Culpable", siempre tuvo cuidado de sonreír a cada interna. No hay que ser criminal de mucha monta, o serlo a secas, para caer tras las rejas y qué mejor estrategia a futuro que la de construir una buena relación con la hipotética compañera de celda.

Mi primer visita, en 2004, fue al penal de Tepepan, el que dejó la francesa Florence Cassez hace unos días. Ahí conocí a Soraya, otra extranjera presa desde 2000, por delitos contra la salud y hoy libre.

Nada que ver con la ahora ¿"secuestradora"? -entre comillas y con puntos de interrogación, pues los ministros nos dejaron con la maldita duda.

Bueno, pues Soraya, insisto nada que ver. Su carnet de visitantes, en el que me incluyó con el afán de hacer pública su historia y su batalla para ser repatriada a su natal Medellín, constaba de unas cinco personas. Dos del consulado, yo misma y algún colombiano samaritano, conmovido por el olvido en que vivían cerca de 15 compatriotas atrapadas por doble partida en las redes del narcotráfico y de la "¿justicia?". Los cárteles las usaban en el trasiego de droga y de billetes y, una vez descubiertas, perdían no sólo libertad, sino familia y patria de un sólo golpe.

Y sepa, querido lector, que en nuestras cárceles las internas llegan con lo que traen puesto y si no tienen quien les traiga calzones, cepillo de dientes, jabón o hasta almohada, la prisión suele ser, no sólo brutal, sino inhumana. Así lo es, en particular, para las extranjeras. Con una excepción. Florence Louise Cassez Sarkozy -el segundo apellido es libertad "del autor".

En la estancia de visitas, un rectángulo espacioso y muy iluminado del penal de Tepepan, la crucé un par de ocasiones.

No sólo la vi -y espié- sino que le hablé. Le dije hola en francés y ella respondió hola en "frañol". En ambos encuentros llamó mi atención su buen semblante y su ajetreada vida social en reclusión.

Sí fabuler@. Delgada, sonriente y, si no me falla la memoria, fumadora, como típica francesa, atendía con encanto y destreza su mesa. Recibía visita a diario y reinaba en el primer cuadrante de la estancia principal del reclusorio femenil. Las "estafetas", internas a cargo de atender la visita y rentar mesas, sillas y lo que sea, le preparaban "su" espacio cada mañana. Era una fiesta bilingüe en aquel rincón. Ahí de hecho encontré en sus escapadas de la Cámara Baja de San Lázaro, a Gerardo Fernández Noroña. Para las mentes mal pensadas las visitas "diputables" asemejaban lo que aquí y en Francia se llama coqueteo, pero su Adelita no mal piensa. De hecho, sólo pensaba que de a cómo o de a por qué, Florence, Florencia, la francesa, la secuestradora o como usted la quiera llamar, era interna de primera, por no decir invitada especial del gobierno de la Ciudad de México.

En Tepepan el ingreso llevaba a lo más dos minutos, una revisión breve a las pertenencias y enaguas, y estabas dentro. Hasta que como queso Brie, la Florence, dejó huella y a todos en el entorno apestó.

Sí, lector. Su Adelita, que se aparecía por allá con credencial electoral en mano, de pronto fue hostilmente expulsada del penal.

Fui enterada de que ya no figuraba en la lista de visitantes de Wendy y nadie que no esté en el carnet de un interno tiene ingreso. Superado el obstáculo, gracias a un escrito a Derechos Humanos del Distrito Federal por parte de Wendy, una interna sudafricana que ya compurgó sus 10 años, pude reincorporarme al grupo demasiado compacto de invitados. Wendy, como el resto de las extranjeras, casi no tenía visita y sólo recibía llamadas internacionales una vez al mes y con un permiso especial de la embajada. Esa regla, como casi ninguna, aplicaba a la francesa. Vestía tan "à la mode" que el azul en su caso tenía exceso de tonalidades permitidas.

Pero vuelvo al efecto Cassez. Tardé tres idas frustradas al penal para ingresar. Resulta que al entregar mi identificación, en vez de que se me diera el pase, se me puso el freno. La custodia observó el nombre, llamó a "dirección" y luego explicó que yo era reportera y que por ende no tenía derecho a visitar a internos. ¡¡Quoiiii!! Así, o más clarita la discriminación. Partí derechito a Derechos Humanos del Distrito Federal. Mi argumento era impecable: se me discriminada por mi profesión y si eso se permitía, al rato le preguntarían a la visita sobre su preferencia sexual o sobre sus aficiones prohibidas. Puse la denuncia y luego, en mi calidad de periodista -maldito influyentismo-, hablé con la subsecretaria de Reclusorios para reportar el incidente. Pude, por ende, entrar. a un área confinada. Wendy me confesó que el recelo para conmigo se debía a que las autoridades cuidaban la privacidad de Florence. ¡Ahh chingá!

Para no aburrirle con el relato resumo lo que ocurrió. Derechos Humanos del Distrito Federal sirvió para dos cosas: estresarme y hacerme perder el tiempo. Fueron incapaces de redactar una correcta denuncia. Si tan sólo hubiese sido criminal mis derechos se hubiesen resguardado, concluí. Con insultos, llamadas a funcionarios "del más alto nivel" (es un decir) y amenazas de realizar un reportaje resolví el "Tepepan-affaire".

Por ello, una vez vencida la adversidad, su Adelita pedía santo y seña de la francesa. Las internas la detestaban. Ninguna creía en su inocencia. Todas debían rendirle pleitesía o sufrir las agresiones de custodias e internas dedicadas a su cuidado. Tenía novio, pero su "conyugal" era a deshoras y en días no asignados. Era la única interna con "cantón" propio -estancia en el argot penitenciario-. Alardeaba que su gobierno, a diferencia de los pusilánimes latinoamericanos, la libraría de su condena mexicana. Señaló que en cuanto saliera Calderón, ella partiría también pero por una puerta más amplia que la trasera. Algunas la tildaban de loca, yo de prepotente, pero ella tuvo la "bouche" llena de razón.

Llámele como mejor le plazca. Yo ocupo secuestradora. Un penal entero rehén de los deseos de una convicta premier. Si eso no es secuestro, bienvenido el pleonasmo. Pero que conste, esas son palabras que describen una sola e inamovible realidad: secuestro. Pregunte si no a las víctimas.

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