Humillación y discriminación

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Opinión
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Discriminar y excluir son actos profundamente narcisistas. Actos de poder imaginario que pueden o no sostenerse en un poder que existe en la realidad. Dado que todos somos susceptibles de discriminar (lo hacemos) y susceptibles de ser discriminados (nos lo hacen), podríamos suponer que el contacto con la realidad no es requisito básico para actuar la urgencia discriminatoria. Basta con que cada ser humano arme/invente su "coto de poder", desde el cual discrimina: religión, sexo, raza, orientación sexual. Es tan arbitrario: "yo sí visto con decencia, no como aquella", "tengo la expertisse del barrio en mantener limpia mi banqueta, no como aquel". Lo que sea.

Todas/os encontraríamos una sinrazón para discriminar, sólo es cosa de traer dentro el suficiente dolor mal trabajado como para ponerse a buscarla. La parte teórica/operativa viene después: echar mano de los discursos y las herramientas que permitan justificarnos.

La sobredosis narcisista no está inscrita en la realidad (se nutre de ella) sino en el imaginario, en el fantasma. Con sobredosis narcisista me refiero, a que quizá la humillación que intenta infligir el acto discriminatorio es directamente proporcional, a la humillación que intenta ocultar. "Busco tu falla porque no soporto la mía". "Te daño acá afuera porque no soporto mi daño acá adentro".

Discriminar es subirse a "reglas" que nos permitan sentirnos "elegidos", en detrimento de otros. El anhelo de la igualdad en la diferencia supondría la necesidad de reconocerse en el otro, y a partir de allí construir un piso de empatía y solidaridad.

Hacia la discriminación nos mueve, un dolor silenciado. El acto discriminatorio especifica que ese otro convertido en objeto de discriminación está sujeto a reglas que lo limitan, lo atan, lo amordazan, lo denigran, y de las que quien enuncia las palabras discriminatorias está exento, no porque esté exento en la realidad, sino porque se exenta desde algún sofacito mullido que acaricia en su fantasma. Si el sofacito fuera mullido, el acto discriminatorio no sería necesario.

Inventarse elegido, sumarse al discurso de la dominación, para extraerse del lugar de los "inadecuados". Harakiri. Más allá de en qué se traduce la discriminación hacia fuera, el intento de no discriminar, es un acto de justicia interior, de generosidad con una misma.

No es un esfuerzo magnánimo, ni un afán "políticamente correcto"; mucho antes de convertirse en una manera de relacionarse con los otros, la discriminación es una manera de relacionarnos con nosotros mismos. Si el discurso discriminatorio corresponde a una forma de persecución interior, desarmarlo nos libera.

Un trabajo que una hace primero por una misma. Concedernos el derecho a aceptarnos, a negociar con nuestras carencias, a colocar límites ante nuestra urgencia de corresponder a un Yo ideal, que suele ser sádico. Si el Yo ideal exige de más, una rema de más. Es como un animal hambriento el Yo ideal, el punto quizá reside no en alimentarlo a horas y deshoras con recursos inmediatistas, sino ¿cómo desarmar su omnipotencia? ¿Cómo acotarlo? Hay un vínculo entre actuar la discriminación, y un sentimiento -consciente o inconsciente- de vergüenza, de humillación. El acto discriminatorio es un tramposo juego de espejos que se traduce en el afán de alienar a otro, porque el alienado es uno.

La proyección/discriminación es una curita sobre una llaga. No nos conviene, no nos sana. ¿Cuál es el intento de la curita sino ocultar/desplazar nuestra propia humillación? Una emoción tan compleja de nombrar: podríamos sentirnos humilladísimos de tan sólo de tener que aceptar que conocemos la humillación. Cada uno. Muy de cerca.

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