En el inicio de la Primavera
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La semana inicia con una luz que más transparente, diáfana, penetra distinta. Es la luz de la Primavera, la que se ve más clara, la que llega directa y retozona atravesando los cristales. A los niños se les encuentra más niños en ese inicio de estación. Estallan en gritos y alegría y sus primeros pasos para el primer domingo de vacaciones se dirigen al Bosque Urbano.
Han sacado sus patines del diablo, bicicletas y cometas. Las pelotas ruedan de un sitio a otro, en el tupido bosque ante la vigilante mirada de algunos padres, mientras otros se preparan con cobijas que los cubren del vientecillo fresco que volvió a soplar por la mañana. Se les observa cómodamente instalados sobre el pasto.
Hay espacio para todos: una cafetería, cuya vista da amistosamente a un sereno lago, es apta para los adultos que se han cansado de tanto caminar y dicen al nieto: "Oye, yo ya me cansé".
"Está bien", contesta el avispado niño: "Descansa tantito y ahorita regresamos".
Está también el famoso Laberinto del Perrito llanero, un gusto para los pequeños que se introducen por sus vericuetos, con ganas de perderse continuamente y no salir nunca de ahí. Al piso de la entrada lo cubren grandes piedras grises que luego se constituirán en una pista si por equivocación se regresa a ella. Los niños las identifican y entonces jalan de nuevo a sus padres hacia el interior de lo que parece inalcanzable salida. Éstos oran por que aparezca la bella Ariadna, les entregue el hilo mágico y puedan entonces salir de ahí sin ninguna dificultad. Pero los chiquillos han hecho pacto con el Minotauro y nada ni nadie parece convencerlos de salir. hasta que se oyen palabras mágicas de convencimiento:
-Vamos al Bosque de los Juegos.
-¿Y si mejor nos vamos al agua?
La opción definitiva es el área del Bosque de los juegos, porque pasar por el agua es el divertimiento que se consagra para el inicio del paseo o definitivamente para el final, preparándose para el pronto arribo a casa.
Ya en el área de juegos, la alegría sigue desenfrenada. Niños y niñas, niñas y niños, contados en más de 100, suben y bajan, bajan y suben, por los llamados toboganes, que no son otra cosa que resbaladeros de plástico pintados con los colores del arcoíris. La felicidad brota de cada uno de los poros de estos chiquillos que han decidido inaugurar sus vacaciones con esta visita al parque. Uno de ellos cae, y la madre lo sostiene un rato. Ha perdido por un momento el valor, la altura de donde descendió bruscamente no era para menos. Pero luego de su palidez, vienen momentos en que vuelve a retozar y sus mejillas adquieren de nuevo el color rosáceo que lo distingue en los buenos tiempos.
Es el inicio de la Primavera. Para todos hay. Y con ella y para todos, vale aquí recordar los versos de Ramón López Velarde.
Amada, es Primavera / Fuensanta, es que florece / la eclesiástica unción de la cuaresma.
Hay un alivio dulce / en las almas enfermas, / porqueabril con sus auras les va dando la sensación de la convalecencia.
Se viste el cielo del mejor azul / y de rosas la tierra, / y yo me visto con tu amor. ¡Oh gloria/ de estar enamorado, enamorado, / ebrio de amor a ti, novia perpetua, / enloquecidamente enamorado, / como quince años, cual pasión primera!
Pues bien, he aquí uno de los versos más lindos de López Velarde que hace honor a una de las épocas más benignas para muchos.
Todo se ha puesto color esmeralda. Verdes tiernos, verdes viejos. La vida florece de nuevo; las plantas multiplican su follaje; salen los animales de sus madrigueras; regresan otros de su exilio. "¿Y en dónde te dijeron tanta cosa?" -se le oye preguntar a alguien a su hija. "Lo acabo de escuchar en Discovery Channel", obtiene por respuesta.
Los niños se despiden del parque. Tienen la ilusión de volver la próxima semana y una más y otra más. Es la infancia tan corta que es deseable que todas esas semanas que se forjan en la imaginación sean solícitamente atendidas. Al menos así lo entendió esta mañana de domingo don Eliud, quien, como cada domingo, lleva a su hijo de nueve años al Bosque Urbano. "Pronto no me seguirá, como lo han hecho ya sus hermanos mayores", comparte. Su mirada se pierde en el horizonte que alcanza Oscar en su bicicleta, pantalón azul y playera que portan todavía las imágenes de los Súperheroes a los que admira. Así se queda don Eliud, contemplando a su hijo en el pleno florecimiento de la Primavera.
Feliz inicio de la Primavera