No vendas lo que no es tuyo
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La piedra fundacional del estudio de la comunicación humana es el sencillo esquema "emisor-mensaje-receptor". Así, por simple que le parezca, si no reflexionamos en los componentes y la mecánica básica de este proceso no podemos ir más lejos.
A partir de allí podemos ir tomando en cuenta otros elementos (código, canal, contexto, ruido) y todas las variables del acto de comunicar.
Que me desmientan los estudiosos de los asuntos mercantiles, pero supongo que tienen un diagrama básico que ilustra con la misma cualidad elemental las transacciones entre los hombres (y si no lo tienen deberían, pueden tomarlo de aquí y pagarme las regalías correspondientes).
Hemos de representar, en su expresión esencial, el intercambio comercial de la siguiente manera: vendedor-producto -cliente.
Por supuesto, habrá otros elementos que intervienen e influyen (precio, tipo de cambio, oferta-demanda), pero partimos de que hay un ofertante, un "producto" (bien o servicio) y un comprador.
Los problemas comienzan cuando a).- El comprador paga con dinero que no es suyo; o b).-
El vendedor no es el legítimo dueño del producto que está en venta. Ocupémonos por hoy del segundo caso:
Yo acepto la autonomía sindical, como la de cualquier club, asociación, cofradía o círculo exclusivo. Por mí, en tanto no lesionen a terceros, que le quemen incienso a Satanás si ese es su gusto. Así que si el o la líder de un sindicato encontró la fórmula para abusar de sus agremiados y al mismo tiempo mantenerlos en total mansedumbre, la verdad es cosa que sólo a ellos les interesa.
Sucede sin embargo, que la mercancía con que traficó la piñata favorita de México (la maestra Gordillo) para éste propósito eran las plazas magisteriales, que no pueden ni deben considerarse patrimonio ni siquiera de quienes las ejercen, mucho menos de su sindicato o de su líder charro.
Dichas plazas son para realizar un servicio público que, precisamente, se paga con recursos públicos. Son pues objeto para una licitación (para que, por una cuestión de interés nacional, las ejerzan los más capacitados).
Pero en el País del Todo se Puede las plazas quedaron en las siniestras manos de doña Elba, quien las vendió a cambio del dinero de las cuotas y una sumisión absoluta o casi.
Vendió a diestra y siniestra la maestra. ¡Y quién no quiere la seguridad que da una plaza magisterial, doble o sencilla, con queso o con el chile aparte! ¡Qué importa si le pellizcan cada quincena tantito al cheque.
¿Y sabe qué? No habría bronca, si fuera un sindicato de trabajadores del sector privado allá ellos, muy su problema. Pero sucede que son las plazas docentes de la Nación; de nuestra amada, vilipendiada y muy traqueteada Nación.
Elba Esther, no debiste vender lo que no era tuyo.
En el sarapero ayuntamiento de Saltillo pasa algo similar. Las concesiones de transporte son eso, concesiones para el brindar un servicio de un altísimo interés público. Se supone estarían en manos de quienes se comprometieran con el profesionalismo sin que ello estuviera reñido con un razonable margen de ganancia. Pero las concesiones las obtuvo el que tuvo dinero para pagarlas o el que gozó de algún privilegio en alguna administración dada.
Lo más grave es que permisos, concesiones y placas del transporte público se consideran transferibles. Es decir, el Municipio la emite pero ya no supervisa quién viene finalmente a dar el servicio.
Tratándose de una concesión (en teoría revocable bajo criterios establecidos) serían recuperables en cualquier momento para el Ayuntamiento. Lo que está en concesión no es propiedad de nadie, es un préstamo sujeto a ser refrendado.
En cambio muchos las vendieron o incluso las hipotecaron y ahora son propiedad de una institución bancaria y eso lo reconoce el mismísimo Alcalde. Pero mi pregunta es si es posible negociar, vender, embargar, empeñar o hipotecar a título personal lo que es un bien público, en este caso las concesiones de transporte.
¿Se puede? Se lo estoy preguntando en serio: ¿Se puede? ¿Puede el banco adquirir patrimonio público?
Este principio de ilegalidad no le hace el menor ruido al Alcalde Jericó Abramo. Muy al contrario, contempla darle participación a los bancos "ahora concesionarios" en su fracasado sistema de transporte público. Tal vez se piense que es la participación bancaria la que puede reanimar ese proyecto suyo que nació muerto. Pero ni puedo imaginarme a los bancos metidos a transportistas, como tampoco puedo obviar el hecho de que la visión, misión y objetivos de un banco son todos uno mismo: la obtención de utilidades.
No divaguemos tanto. El asunto es: ¿por qué una concesión que es -en el sentido más amplio de la expresión- de Saltillo y los saltillenses, terminó empeñada en un banco, para beneficio de un particular?
¿Por qué el Ayuntamiento vendió lo que es propiedad pública? ¿Por qué a nadie parece importarle? ¿Por qué?
petatiux@hotmail.com