Infidelidades (II)
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Haré la sinoposis (así dijo alguien por decir "sinopsis") del capítulo anterior correspondiente a esta veraz historia del señor a quien engañó su esposa.
Tuvo el primer indicio de esa infidelidad, dije, por un anónimo. Eso de los anónimos no tiene nombre. Yo una vez mandé uno, pero lo firmé con mi nombre y mis dos apellidos, y hasta puse mi domicilio, el número de mi registro en Hacienda, y adjunté además una copia fotostática de mi credencial de elector. Alguien me dijo que eso no era un anónimo. Sí lo era, pero con transparencia.
Cuando el señor que digo recibió su anónimo lo primero que hizo fue leerlo. Obró cuerdamente: los anónimos son para leerlos. Enseguida lo desechó. Si en alguien confiaba era en su mujer y en el Gobierno, en ese orden. ¡Ah! ¡Cómo lamentaría después esa confianza ciega en la una y en el otro!
La certeza del engaño le llegó poco después. Al estar haciendo el amor con su mujer de pronto ella prorrumpió en estas voces:
-¡Ranulfo! ¡Ranulfo!
¡Tal era el nombre de su amante! Se corrigió de inmediato. Aclaró:
-Perdona, quise decir: "¡Dios mío! ¡Dios mío!".
Pero él no se tragó la mentira. ¿Qué va de: "¡Ranulfo! ¡Ranulfo!" a: "¡Dios mío! ¡Dios mío!"? Se quedó muy pensativo; ya ni siquiera pudo terminar a gusto.
¿Cómo logró después que la adúltera le confesara su infidelidad? No la amenazó de muerte: la amenazó con cancelarle las tarjetas de crédito. En ciertos casos eso equivale a la pena capital, con la cual yo estoy de acuerdo a condición de que no sea tan severa. Ante esa amenaza ella le contó todo. Se había dejado engañar a causa de su inocencia de mujer casta y honesta. Y no era ésa la primera vez: antes ya la habían engañado otras 14 veces. La culpa la tenía -dijo- la deficiente educación que recibió en el colegio de monjas, donde se les ocultaba a las alumnas ciertas verdades de la vida.
La primera intención del engañado esposo fue perdonar ("El que esté libre de culpa que lance la primera piedra", etcétera). Después de todo, consideró, él tenía también sus propias culpas. Por ejemplo, nunca apretaba desde abajo el tubo de la pasta de dientes, y siempre dejaba los calcetines tirados en el suelo. ¿Y no iba a perdonar el pecado de su esposa? Además ¿qué son 14 veces? Quince, más bien, contando la última. Malo si fueran 20, 50, ó 100.
Ella le prometió que no lo volvería a hacer, al menos durante un tiempo razonable, y luego le trajo un cafecito. Ahí iba a terminar todo. Sucedió, sin embargo, que el señor se enteró de que ya en el barrio, y en su oficina, y -sobre todo- en el café, todo mundo sabía de los devaneos de su esposa (de los 15), y entonces ya le fue más difícil perdonar. Tenía, ahora sí, que lavar su honor. Hizo el intento de matar a su mujer ahogándola con una almohada, como Otelo a Desdémona, pero ella se las arregló para respirar por un ladito y aquello terminó en un simple sofocón que sólo le desarregló el peinado. Luego ideó abandonarla, y se mudó a un hotel, pero no le planchaban bien las camisas y regresó a su casa.
Optó al final por no hacer nada. Allá ella con sus cosas. A él que no le faltaran sus camisas limpias y su cafecito. Y aquí acaba la historia. Es decir, acaba en nada. ¿Sabio el señor? ¿Imbécil? Quién lo sabe. En los asuntos humanos uno más uno no siempre suman dos. Recordemos mejor aquello de "No juzguéis, para no ser juzgados", etcétera.