Las razones del salvaje
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Se decía que eran salvajes, pero se hicieron de esta inmerecida fama tan solo por negarse a acatar las leyes, usos y costumbres que un extraño les vino a imponer.
Como sabemos, en la geografía americana, cruzando cierto límite hacia el norte, en vez de ignominiosa conquista lo que hubo fue un literal exterminio de las tribus aborígenes.
Para los españoles, hasta cooperadores les resultaban los pueblos de Centro y Sudamérica en comparación con los bárbaros del norte que no se dejaban someter por el primer pendejo con credenciales, así fueran del Virrey o del Papa.
En efecto, hubo un tiempo en que norteño era sinónimo de indómito. Después de todo, el solo vivir en el desierto era prueba incuestionable de carácter y temeridad.
Y de entre toda aquella gente orgullosa que no iba a aceptar la sumisión como forma de vida, destaca uno de sus caudillos de nombre Zapalinamé.
Era líder de los huachichiles, uno de esos pueblos que prefirió morir libre que vivir bajo la imposición de la corona ibérica (su lema: "live free or die hard").
Se dice que tras resultar herido en una cruenta batalla, el guerrero se escondió en su refugio de la montaña. Cansado se recostó y contemplando el cielo del Valle de Saltillo entendió que se quedaría allí para siempre como protector de este lugar.
Un genuino héroe americano contra la imposición europea, de la talla de Hatuey, Cuauhtémoc o Caballo Loco. Nuestro Zapalinamé.
Pero aquella sangre se diluyó en las subsecuentes generaciones, y de inconformes, bravíos y disidentes pasamos a timoratos, serviles y agachones.
El nombre de Zapalinamé ya solo nos representa la montaña que alberga el espíritu de aquel comandante aborigen (eso en el mejor de los casos, cuando no, es nomás una ruta del infame transporte urbano).
Su monumento es la inmensa cordillera montañosa. Las estatuas oficiales se reservan para los pillastres burócratas que tanto veneramos. Y así debe ser, sentaría un mal ejemplo y precedente exaltar la memoria de un rebelde, de un disidente, de un salvaje.
Podemos sentirnos orgullosos de Zapalinamé. Sin duda. Pero no creo que nuestro ancestro pudiera experimentar orgullo o algo parecido por nosotros si, como dije, depusimos todo ánimo rebelde y por comodidad permitimos que cualquier cacique haga con nosotros y nuestro patrimonio lo que mejor le viene en gana.
Dudo que el indio Zapalinamé hubiera consentido que le robasen, que oprimieran a su pueblo con tributos abusivos o que destruyeran el hábitat.
Nosotros no sólo lo permitimos, lo avalamos, refrendamos en cada elección a los perpetradores de estos agravios, les quemamos incienso y cuando mueren hasta les dedicamos panegíricos. Nos humillamos pidiéndoles un hueso cuando deberíamos declararles la guerra.
Vergüenza sentiría nuestro abuelo indígena y no lo culparía si nos desconociera: "Estos no son mis hijos. Son todos del lado español".
Creo sinceramente que hemos deshonrado su memoria con nuestra sumisión, conformismo y dejadez, pero hasta ahora sólo éramos eso: motivo de bochorno para nuestros ancestros.
Sin embargo, ahora que la construcción de un complejo habitacional amenaza el santuario mismo donde descansa el guerrero Zapalinamé (desarrollo campestre que con la venia gubernamental y la indiferencia ciudadana habrá de efectuarse sin duda), me temo que ahora sí haremos enfurecer a los Dioses y a los espíritus de antiguos guerreros.
Sí, gobiernos negligentes y empresarios inescrupulosos -cómplices unos de otros- serán los autores de este ecocidio. Pero ello no dispensa nuestra pasividad. Al menos no creo que Zapalinamé se hubiese excusado bajo el comodino lema de "Como yo no lo jodí, que alguien más lo arregle".
De verdad creo que estaría más que consternado, más que agobiado, profundamente encabronado y aprestándose para una heroica defensa de nuestra riqueza y patrimonio ecológico, ni más ni menos que de nuestra propia casa.
Y no estaría en absoluto contento con nosotros sus herederos, por ser tan irritantemente indiferentes ante el robo, la depredación; y tan sumisos ante la injusticia ajena como la que se comete en nuestra contra.
Si eso era ser un salvaje, me gustaría serlo a mí también, porque esto de ser civilizado apesta.
petatiux@hotmail.com