Café Montaigne 397: Cántaros, 33 años de vida

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Opinión
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Don Alejandro Valdés, en regalo y conmemoración del aniversario, mandó etiquetar unas botellas de excelente vino tinto bajo el palio de su marca. Un licor de dioses

– Jesús, este vino no me gusta tanto. Sé que no sé nada de vinos; usted me enseña todo, pero éste está muy dulce. ¿Traes en tu maleta el de siempre? Anda, sé bueno y mejor tomamos del otro. Ya he practicado, yo lo descorcho. Pero no me vayas a distraer porque eres bien grosero; nada de acariciar mis piernas mientras lo abra, ¿estamos?

Lo anterior me lo recetó mi güera Jazmín, la camarera regiomontana, mientras estábamos platicando en la habitación de nuestro hotel (¡ja! Qué rápido se apropia uno de las cosas materiales, decir o escribir “nuestro hotel”, “mi hotel”). Es decir, pedimos a la habitación una tabla de quesos, agua mineral a discreción y destapamos ese día un “Segovia Fuantos” del Valle de Parras de la Fuente, Coahuila. Sí, muy dulce. Dulce, pero bueno. A la señorita Jazmín no le gustó. Y siempre en mi hielera portátil llevo el que a ella le gusta y con el cual se siente atendida: un “L.A. Cetto” del Valle de Guadalupe, Baja California. Una sola uva: Sirah.

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Y rueda rodando esta historia; el anterior vino tinto deletreado es el de base en ese lugar emblemático de la ciudad de Saltillo, “Cántaros”. Restaurante, merendero, cafetería, puesto de socorros, refugio para poetas en bancarrota (como este escritor); en fin, lugar etiquetado y muy buscado por su muy logrado bufete diario. El proyecto gastronómico acaba de cumplir 33 años de vida, es decir, más de un cuarto de siglo. Lo cual se escribe rápido, pero es una vida completa toda.

Quien está al frente de dicho proyecto es don Alejandro Valdés. Sí, su hermano es mi maestro, don Carlos Manuel Valdés, historiador, quien me reprobó en latín y griego en su momento. En fin, soy un pálido discípulo de estos dos grandes maestros y amigos. A “Cántaros”, ubicado en pleno centro de la capital, la zona neurálgica de Saltillo, enfrente de mi escuela amada, Ateneo Fuente, va uno diario (o cuando las finanzas lo permiten) por la relación precio-calidad. Yo, en lo particular, voy a merendar, leer, escribir notas y a disfrutar su clima a todo dar.

Insisto, aquí pido siempre mi botella de “L.A. Cetto” personal, la de 187 mililitros. Un vaso con agua y otro con hielos. Me apoltrono en sus confortables sillas y sí, a disfrutar la tarde leyendo y escuchando buena música, la cual allí siempre se programa. Un día le llevé a mi güera Jazmín una botella de 750 mililitros de “L.A. Cetto” y, claro, de la uva Sirah. Le gustó harto y desde entonces ya no quiere cambiar de vino tinto. Le he llevado mi favorito, el “Chianti Ruffino”, italianísimo. Pero nada, ella ya se casó con el tinto de Baja California.

Y así debe de ser la vida, señor lector: yo, en lo personal, cuando salgo a merendar a los diversos restaurantes, bares o cantinas, pido lo mismo. Es decir, me “caso” con uno o dos platillos del lugar y no quiero ni exploro nada más. Claro, mi paladar es sencillo y exiguo, pero así estoy a gusto: con mi alcoholismo controlado (espero) y mis toxinas en su sitio. En “Cántaros”, de don Alejandro Valdés, siempre pido lo mismo cuando voy a merendar: mi botella personal de vino tinto, una lasaña de la casa o el queso norteño a la plancha. ¿Ponerse saltillense? Unas palomas de ternera, ruedas de tomate y cebolla crudas y un abanico de aguacate. No más.

ESQUINA-BAJAN

Todo, todo viene a cuento por lo siguiente: don Alejandro Valdés, en regalo y conmemoración del 33 aniversario de “Cántaros”, mandó etiquetar unas botellas de excelente vino tinto bajo el palio de su marca. Un licor de dioses. Sí, usted adivinó: una uva, sirah/syrah. Un vinazo de 19 meses en barrica. La botella diseñada es de campeonato y nada más dan ganas de estarla contemplando, como buena musa, pues. ¡Puf!

– Jesusito, ¡qué padre botella! Y mira, es la uva, el vino que siempre tomamos. Mira, la voy a destapar y veremos su sabor y su calidad. No, no te me quedes viendo así. Si la trajiste, no es para presumir, ¿ok? Yo puedo hacer lo que quiera, ¿ok? Y mira, escritor, la estamos pasando muy bien charlando, tu tertulia, como dices, ¿estamos? Este vino se me antoja mucho y me voy a llevar la botella a la casa para ponerla en mi peinador con alguna flor que le vaya, ¿ok?

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¡Caramba con las musas de carne y hueso! Más carne y no huesos, por supuesto. Pues sí, la güera Jazmín descorchó la botella del “¼ de siglo” de “Cántaros” y aquello fue memorable e irrepetible. Un vinazo. Lo disfrutamos a mares. Brindamos una y otra vez. Ella me tolera; yo la quiero. ¿Cuánto va a durar este “amor eterno”? Sí, lo que dura un soplido, una voluta de humo en la mano, luego... plof.

Vino, siempre la vid. En el Evangelio de Juan leemos que en las bodas de Canaán, cuando aquello estaba bajando de nivel y la alegría se disipaba, se acabó el vino. A lo cual la señora María, madre del maestro Jesucristo, fue con él y le dijo al oído: “No tienen vino” (Juan 2:3). Y sí, el primer milagro del maestro Jesucristo fue de carácter gastronómico: convirtió el agua simple de las tinajas en el mejor vino tinto del momento.

LETRAS MINÚSCULAS

La güera Jazmín hizo lo propio. Con su charla y presencia logró esa tarde una de las mejores tertulias de mi vida. Corra usted a “Cántaros” y pague lo que sea por dicha botella de tinto de colección...

Nació en Saltillo, Coahuila, el 1 de marzo de 1965. Periodista y poeta. Escribe la columna Contraesquina

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