Investidura quita-pón
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No es función del Presidente dar opiniones o recomendaciones a título personal, pues como individuo no puede presumir la posesión de una verdad para emitirla desde semejante posición de poder
Solemos pensar en la corrupción como el único gran problema en el ejercicio del poder y desde luego que hay otros.
Me doy cuenta de que la debilidad de carácter puede ser tan perniciosa como la tranza, el influyentismo o la opacidad administrativa.
Esa falta de estatura como estadista fue lo que definió la Presidencia de López Obrador, quien jamás terminó de asumirse como cabeza de Estado y se la pasó seis años oscilando entre sus dos modalidades básicas: jefe autoritario y viejito cotorro, ninguna de las cuales, desde luego, construye a un líder.
Era en su faceta mandona cuando hacía gala de su desprecio por el conocimiento científico y técnico, afirmando que la ingeniería civil, la extracción de hidrocarburos o la redacción de leyes “no tienen ningún chiste; no tienen ciencia”. ¡Claro! Tiene lógica que nos lo diga un tío que a duras penas ostenta una sospechosa licenciatura y llegó al poder como caudillo social, no por sus méritos curriculares. Y era bajo ese trance de resentimiento contra el conocimiento que largaba proyectos fabulifantásticos como si fueran churros: megafarmacias, refinerías, nuevas paraestatales y dependencias que, desde luego, siguen sin reportar más que pérdidas.
Pero era en su modalidad “AMLO vacilador” que se daba todas las licencias para denostar, difamar, injuriar, desprestigiar y hasta hacerle bullying a quien se le atravesara.
Porque según él eran señalamientos y opiniones a título personal. No obstante, la investidura no es un botón como el modo avión del teléfono, que se puede encender o apagar: “Ahora les habla el Presidente”... “Ahora el abuelo dicharachero”.
Pasa que alguien con la necesidad constante de validación no puede ceñirse a la investidura presidencial que paradójicamente le queda grande a su persona, pero chica a su ego.
Entonces, en plan locuaz, se permitía recrear el único escenario en el que se sentía y era realmente competente: el del candidato que tunde a sus adversarios desde su ladrillo de superioridad moral.
Un presidente, se supone, no tiene enemigos, ni oponentes, ni siquiera adversarios ideológicos. A menos que...
“A menos que por unos momentos me quite la banda presidencial y me ponga, como en campaña, a enlistar hasta el cansancio todos los defectos de mis detractores y a contrastarlos con mis virtudes”.
Pero sobre todo, un presidente no tiene opiniones, porque él es el Estado y está por encima de las virtudes y defectos del individuo que sí reside en algún lugar de su interior, pero se restringe al ámbito privado durante el ejercicio de su periodo, porque tal es el contrato que se asume al jurar en el cargo: “Ahora eres el Estado y tienes más poder que ningún otro individuo o institución, así que resérvate tus filias y fobias durante los siguientes seis años”.
¡Pero cómo iba AMLO a negarle a su base electoral –y a sí mismo– esa descarga de dopamina cada vez que humilla al oponente, al adversario, al otro!
–¡No! ¡’Magínense!
Entonces, igual que Carmen Salinas, demostraba tener una opinión de índole técnica, moral y hasta espiritual sobre todos y todo: La forma en que debía vivir, alimentarse o vestir el individuo promedio, la legitimidad o ilegalidad de la riqueza, por no mencionar su cuestionable revisionismo histórico cargado de juicios maniqueos; y hasta la calidad de otros individuos u organismos para emitir opiniones:
Si una opinión le era desfavorable, el New York Times se le hacía muy poquita cosa. Si la opinión lo respaldaba, hasta Humberto Moreira (amigos chairos coahuilenses, recuérdenlo) salía a relucir como respetable referente en la Mañanera.
Como AMLO ejerce hoy un segundo mandato por proxy, dejó a su gerenta un modelo de gobierno cortado a medida del líder fundador de la Cuarta Transformación, por lo que cada vez peor (pero de alguna contradictoria forma, cada vez más cómodamente) la doctora Sheinbaum repite el numerito de: “Ahora soy la vieja mandona comandanta suprema de las Fuerzas Armadas”... “Ahora soy la chavorruca dicharachera buena onda”.
Una es la Presidenta; la otra es simplemente Clau... con A de “mujerts”. Una sirve para tomar acciones drásticas, la otra sirve para joder tantito, para chingar quedito.
Y mire, si de verdad se pudiera jugar a ese intercambio de roles, creo que con gusto le entraríamos más de diez, nomás que habría que poner reglas claras y piso parejo. Así, cuando hables a título de la doctora Shein, te bajas del podio, apagas las cámaras y micrófonos de la Mañanera y toda su producción (que la pagamos todos los mexicanos) y ya tuiteas tu pendejada para que se ponga a hacer cola en la fila de la irrelevancia junto al medio billón de intrascendencias con que a diario plagamos las redes sociales. ¿De acuerdo?
A título personal, esta semana la científica nos compartió su muy modesta, individual y humilde opinión: ¡Claro, desde la tribuna del poder!
Era de hecho una pequeña recomendación: “No vean TV Azteca”.
Como es natural, la televisora y todos sus comunicadores iniciaron una campaña de repudio al pronunciamiento presidencial (perdón, “personal” de la señora Sheinbaum), al que se sumaron las voces de quienes advierten el peligro de que un jefe de Estado se tome la atribución de decirle a sus gobernados qué ver o qué no ver (aunque sea una amable “recomendación”).
Discrepar, no con la opinión de Sheinbaum, sino con su manía por estar largando opiniones como si no estuviera en el ejercicio del cargo, sino en el brunch con sus amigas (si es que tiene alguna), no significa ser un seguidor de la línea editorial de TV Azteca, ni siquiera un televidente habitual de sus canales (creo que yo no he visto Azteca desde la temporada 7 de Los Simpsons), mucho menos ser un defensor del insufrible remedo de magnate que preside a este consorcio, Salinas Pliego.
Es sólo eso, la preocupación de que, una vez más, la Transformación esté siguiendo los peores pasos del autoritarismo populista, copiando al mismo presidente de EU que tanto critican, quien no tiene empachos en tratar de boicotear “con meras opiniones personales” a una cadena de televisión o a un anfitrión de Late Show. ¿Así o más trumpista la moreniza?
No es función del Presidente dar opiniones o recomendaciones a título personal, pues como individuo no puede presumir la posesión de una verdad para emitirla desde semejante posición de poder... y menos sobre algo tan delicado como los medios de comunicación e información que se supone escrutinan su ejercicio, por el claro conflicto de interés que esto representa.
¿Será tan difícil de que lo entiendan?