Pulp Fiction

Opinión
/ 21 mayo 2013

Algunos adjetivos sobreutilizados en nuestra cultura pop: el mundo está lleno de novelas imprescindibles, de películas geniales, de música revolucionaria, de obras de arte rompedoras.

Y sin embargo el tiempo pasa y (casi) todas son sepultadas por nuevas obras maestras -que pronto dejarán de serlo. Sólo a la distancia es posible asignar adjetivos tan sonoros, porque sólo entonces puede valorarse el impacto que una obra tuvo en su momento, y la influencia que ha tenido en lo que vino después. 

¿Un ejemplo? El próximo año se cumplen veinte años del terremoto que supuso el estreno de "Pulp Fiction" en el Festival de Cannes.

Tan sólo sus primeros cinco minutos -filmados con una extraña textura visual, el equivalente análogo en un mundo que celebraba lo digital- resultaban más interesantes que dos horas de cualquier otra película en años: aparecía una pareja discutiendo los pros y contras de asaltar bancos, hasta que decidía robar, "aquí y ahora", el restaurante tipo Denny's donde estaba desayunando. Sacaban pistolas desgastadas, ponían manos a la obra, y los gritos de la mujer, fuera de sí, continuaban con la imagen ya congelada.

Inmediatamente después comenzaba una música que enlazaba con el estado de ánimo que el director había creado, mientras aparecían los créditos iniciales. Pero cuando estos terminaban y el espectador esperaba encontrarse con la continuación del asalto, se encontraba con una situación completamente diferente, y un par de personajes hablando de hamburguesas y papas fritas.

¿Qué estaba pasando?

Dos horas después el espectador, que había olvidado ya la escena en el restaurante, no había vuelto a tener noticias de sus protagonistas, y entre medias había visto asesinatos, sobredosis, boxeadores vendidos, violaciones y a un sicario que declamaba un pasaje bíblico antes de matar, asistía al desenlace del asalto, pero desde una perspectiva completamente diferente.

Hace un par de meses Vanity Fair publicó un artículo donde Mark Seal relata pormenores de su filmación. Tarantino escribió la mayor parte del guión en Amsterdam. 

Mientras lo leía por primera vez, el director del estudio que terminó comprando sus derechos llamó al productor para preguntarle "¿Están locos? ¡Han matado al personaje principal en la segunda escena!" Uma Thurman no quería participar. John Travolta, a quien el productor no quería en la película, fue quien propuso el cabello largo para su personaje. Y el memorable discurso de Samuel L. Jackson con una hamburguesa en la mano se inspiró en su reacción cuando supo que estaba a punto de perder el papel que le habían prometido.

Como suele ocurrir, las obras que marcan época son una irrepetible amalgama de casualidades, decisiones a ciegas, egos, necedades, errores, limitaciones y felices coincidencias.

Lo que por sí sólo no basta. "Pulp Fiction" es un extraño caso de obra llena de excesos y creatividad, y a la vez contenida y centrada en su objetivo final: contar una historia que resulte creíble.

Cuando Tarantino intentaba que le compraran el proyecto era un treintañero sin mayor curriculum que haber trabajado en un club de video, y filmado otra película; al no ser nadie, le ponían límites. Cuando se convirtió en un semidiós del cine, Hollywood comenzó a admirarse de todo lo que que firmaba. Quizá por eso sus películas posteriores carecen de la naturalidad de su obra maestra. 

"Pulp Fiction" es una película donde los personajes no están viéndose a sí mismos en una película. No sonríen cuando dicen algo gracioso, porque no saben que lo es, y encuentran normal hablar de masajes de pies antes de cometer asesinatos a sangre fría, por la simple razón de que están viviendo tan sólo un día más en su vida. 

@luisalfredops / www.librosllamanlibros.com

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