El Gabo
COMPARTIR
Hoy Gabriel García Márquez, el mago de la narrativa latinoamericana, está aquejado de un mal mayor, a decir de su familia
Debo a la mano desprendida y generosa de mi hermano, el Magistrado Germán Froto y Madariaga, la lectura del libro "Gabo. Cartas y recuerdos", de la autoría del escritor y periodista Plinio Apuleyo Mendoza. El libro está publicado para Ediciones B y tiene como pie de imprenta febrero de 2013. El volumen lo había visto en las estanterías de las atestadas librerías del Distrito Federal, pero me había sido imposible adquirirlo.
Voz precisa al otro lado del auricular, un día don Germán Froto y Madariaga me alertó: "No compres el libro de Apuleyo Mendoza hermano. Ya lo tengo para ti. Voy a Saltillo y lo llevo". Así fue. Un lunes cualquiera llegó don Germán, el joven abogado Jorge Froto y coincidimos en convocar a la tertulia en el mítico "Don Artemio", al chef de sabor huracanado, Juan Ramón Cárdenas y a la fémina que engalana la mesa con su belleza e ideas, Verónica Boreque Martínez: un halago para los ojos.
El libro lo he disfrutado reposadamente. Son cartas y estampas de vida sobre el santo patrono de Aracataca, Colombia, San Gabriel García Márquez. Ese mago del cual don Armando Sánchez Quintanilla sabía hasta el más mínimo e insignificante detalle de vida y obra. Pero juraba que parte de dicho libro ya lo había repasado. No tardé en encontrar la referencia precisa. En efecto, "Gabo. Cartas y recuerdos" tiene su antecedente en un libro crepuscular del mismo autor el cual circuló a cuentagotas en México: "Aquellos tiempos con Gabo", editado para Plaza y Janés entre 1998 y 2000.
Para fortuna mía tengo ambos libros y sí, es una especie de visión fría, agridulce, una especie de boceto desconocido sobre García Márquez, su esposa Mercedes y familia, por parte de un escritor, Plinio Apuleyo Mendoza, que no ha brillado mayormente como creador, pero sí ha vivido a la sombra de los recuerdos en flor que le provee su amistad con García Márquez. Fruto de esta amistad con altas y bajas en la escala del tiempo, es el libro que aún se vende a destajo, "El olor de la guayaba". Volumen con una larga y morosa entrevista de Apuleyo Mendoza al Gabo.
Plinio conoció a García Márquez en un mediodía de noviembre de 1947 en un café de bohemios en Bogotá, Colombia. Desde entonces se han tejido entre ambos encuentros y desencuentros, episodios y atmósferas desde París hasta La Habana, pasando por Alemania, la Unión Soviética, Venezuela, Nueva York, España y claro, México. Gabo, cuenta Apuleyo, tenía en ese entonces 20 años. Era "un muchacho flaco, alegre, rápido como un pelotero de beisbol o un cantante de rumbas".
Esquina-bajan
Hoy Gabriel García Márquez, el mago de la narrativa latinoamericana, está aquejado de un mal mayor, a decir de su familia. Se le han evaporado los recuerdos, su memoria está huera y se resquebraja a pasos agigantados. Su vida sobre la tierra es sombra. Reconoce a muy pocos. Lo que era un secreto a voces, ha sido confirmado por su hermano y lo he leído en una estampa amorosa y sincera, escrita por Julio Scherer en su reciente libro de memorias. Los recuerdos del Gabo son nubes, polvo, nada.
La vejez se ha instalado en sus ojos navegables y el invierno es una llovizna fría, letal, sobre los grises tejados de su casa en la ciudad de México. El Gabo casi no sale. Ese visitante, ese huésped inesperado y melancólico, Alzheimer, se ha posicionado de sus letras y sus diarios. Su ansiado segundo tomo de memorias al parecer, se quedó en la punta de sus dedos y no tiene ya remedio. No se volcará jamás en letras redondas.
De Gabo entonces, quedan las líneas perfectas, felices y galanas de sus mejores textos. Releer toda su obra es una tarea siempre grata y proteica. Siempre tendremos nuestro libro favorito a la mano, hoy "Cien años de soledad", mañana "El otoño del Patriarca"; pasado, "Isabel viendo llover en Macondo".
Letras minúsculas
El Gabo, sí, es eterno. Gracias por el volumen de Apuleyo Mendoza don Germán Froto. Gracias.