Roberto Cortázar: Angustia del Cuerpo
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Con "imágenes ilusionistas" Gombrich se refiere al "trompe l'oeil" (trampa al ojo: trampantojo): ilusión óptica y clímax de la mímesis en la representación plástica
"Para nosotros -dice E. H. Gombrich en "Arte e Ilusión"-, que hemos vivido toda nuestra vida con la herencia del arte griego y posgriego, puede requerir una gran dosis de imaginación histórica el recobrar la excitación y el escándalo que las primeras imágenes ilusionistas tuvieron que provocar en los escenarios o en las paredes de las casas griegas."
Con "imágenes ilusionistas" Gombrich se refiere al "trompe l'oeil" (trampa al ojo: trampantojo): ilusión óptica y clímax de la mímesis en la representación plástica. Las vanguardias, y Platón mismo en su momento, lucharon contra ese efecto fantasmático del arte. La obra de Roberto Cortázar, como la de muchos otros, es el resultado de esa contienda que en el pintor mexicano se resuelve (¿se resuelve?) en un trabajo cuya evolución podemos advertir en la muestra "Corpus et Anima" (Cuerpo y Alma), que se exhibe en el Centro Cultural Vito Alessio Robles.
Pregunto si en verdad esa contienda se resuelve porque la obra de Cortázar se nos presenta en constante pugna: con esa herencia griega, con las vanguardias y con el lenguaje estético que el propio pintor se ha inventado. "Corpus et Anima" muestra abiertamente la angustia en que el artista se debate, una angustia que es al mismo tiempo emotiva y plástica.
Por una parte, Cortázar ha asimilado un legado clásico bastante evidente en su obra: griegos y renacentistas sobreviven en sus cuadros. El escorzo, la línea impecable, el claroscuro, la figura humana: como los estudiantes de arte que hasta el siglo 20 seguían abrevando de los grandes maestros, él aprendió a copiar esculturas y lienzos modélicos. Uno reconoce a Fidias, Mirón, Leonardo, Miguel Angel y Rafael. Pero también contempla el proceso de asimilación y de transfiguración a que esos referentes han sido sometidos por el artista.
Por otra parte y como hijo de una época que atravesó todas las vanguardias y varias guerras, entre ellas dos mundiales, Cortázar es, por así decirlo, un espacio en que la modernidad pretende abatir a la tradición. La antigua querella entre "antiguos y modernos" sigue sucediendo aquí, en la obra de este artista que, por eso, habla un idioma cosmopolita pero no por ello menos desesperado. Matisse, Picasso, Giacometti, Munch y Bacon luchan contra un pasado al que, paradójicamente, rinden tributo, así sea por rebeldía o por afán de ruptura.
En ese proceso evolutivo, el artista ha transitado de la alusión helénica a la metamorfosis de un estilo figurativo que se mantiene en movimiento: desde torso de un joven en la plenitud de su belleza y de su poderío ("El Puente", óleo/tela, 1993) hasta "Pequeño Saturno sobre Negro" (óleo/madera, 2008) hay un camino de búsqueda, de minuciosa auscultación de la forma, de experimentación con la presencia en el cuadro, o en el espacio tridimensional.
Lo mismo deconstruye la figura humana siguiendo una ruta del cubismo ("Estudios (Dalia)", mixta, 2008; "Las Señoritas de Matisse", serigrafía/madera, 2007) que alude a Rodin en su vaciado en bronce "Epítome" o a Giacometti, en otras de sus piezas en bronce. No importa ubicar a Cortázar en alguna "corriente" del arte. Importa admirar su agónica investigación plástica: delta en el que desembocan siglos y estilos, concepciones del mundo e ideas en torno del arte.
Como pocos, Roberto Cortázar se mueve con absoluta libertad, asumiendo todos los riesgos y rebasando cualquier clasificación. Si puede dibujar con virtuosismo una cabeza, un cuerpo humano, ¿por qué no va a someter su bagaje clásico y su técnica a cualquier tipo de experimentación formal, especialmente en "la ciencia" de la pintura, como de ésta pensaba Constable?