Las glorias del Playboy
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Conocí a Hugh Hefner, fundador de la revista "Playboy", y su alma -si bien no su cuerpo-, hace ya medio siglo. Estudiaba yo en la Universidad de Indiana, y escribía artículos para "The Daily Student", diario publicado por el consejo estudiantil. Hefner fue a dar una conferencia en Bloomington, y un redactor del periódico lo entrevistó. Asistí -testigo mudo- a la entrevista.
En aquellos años, los cincuentas, "Playboy" era considerada una revista subversiva. Edgar J. Hoover, el siniestro director del FBI, pensaba que la publicación de Hefner representaba un gran peligro contra la integridad moral de Estados Unidos. Al paso de los años se sabría que en su casa Hoover andaba vestido de mujer, y que tenía un marido, pero se ostentaba como campeón del tradicionalismo conservador. Había asignado a un agente para que leyera cada número del "Playboy" y le informara si había en sus páginas algo sospechoso. A ese agente, que sentía vergüenza por el trabajo que debía hacer, sus compañeros lo conocían con el apodo de "The Whacker", que quiere decir algo así como "El Puñetero".
Yo admiraba grandemente, y sigo admirando todavía, a Hefner. Su conferencia fue un éxito, a diferencia de la que un par de meses antes había dado Neruda. Jamás he asistido a un acto tan aburrido, con excepción de los informes presidenciales de antes. Neruda anatematizaba a los norteamericanos; les llamaba "puercos", "gusanos" y similares nombres de calidad zoológica, pero aceptaba sus dólares con igual gusto que antes los recibieron Diego Rivera, Siqueiros, y otros gloriosos artistas del proletariado.
La censura oficial de Estados Unidos tenía un instrumento temible en la Oficina de Correos. Bastaba que esta dependencia le retirara a una revista su autorización como correspondencia de segunda clase para que la publicación fuera a la quiebra, pues ningún suscriptor aceptaría pagar el alto costo del envío, superior aun al precio de la revista. Para evitarse eso la revista "Esquire" prescindió de los servicios de su mejor dibujante, Vargas, cuyos dibujos de mujeres sensuales, sofisticadas y sinuosas están hoy en las colecciones de los museos de arte.
La sociedad norteamericana de ese tiempo era una sociedad hipócrita. Bajo aquella superficie de aparente prosperidad latía una profunda inquietud por la discriminación contra la gente de color, la pobreza en los barrios bajos de las ciudades y en algunas regiones rurales, la corrupción de los políticos y la falsa moralidad puritana de las iglesias.
Hubo explosiones que sacudieron ese edificiO social. Alfred Kinsey -por cierto investigador de la Universidad de Indiana- provocó una de ellas cuando dio a conocer su reporte sobre la sexualidad, según el cual -¡horror!- las mujeres tenía también deseos sexuales. Ese histórico documento fue la semilla de una revolución sexual que se acentuaría con la llegada de la píldora anticonceptiva. "Playboy" alentó esa revolución; quitó muchas telarañas que oscurecían el paisaje espiritual de Norteamérica y propició una actitud liberadora de las ideas y las costumbres. En mi opinión Hugh Hefner es, junto con Lincoln, uno de los grandes emancipadores en la historia de los Estados Unidos.
Lo mejor del "Playboy" (bueno: lo segundo mejor) han sido sus caricaturas. Yo tengo una colección de ellas. Jules Feiffer, uno de los mejores caricaturistas de la revista, escribió en su autobiografía: "No sólo tratábamos de ser graciosos. También procurábamos decir verdades".
Mañana describiré aquí algunas de las mejores caricaturas que conservo de las miles y miles publicadas por "Playboy". Esos dibujos no sólo son obras de humor: son también obras de arte y -sobre todo- obras de libre pensamiento, de ésas que ayudan a que la humanidad sea más humana. (Continuará).