¡Hasta pronto!
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Son demasiadas las satisfacciones que tiene uno: la primera y mayor es ser leído
Empiezo disculpándome por referirme a mí mismo, si lee el artículo comprenderá. Cada año, la Universidad Autónoma de Coahuila invita a los maestros de tiempo completo que tengan 10 años trabajando a concursar por un Año Sabático. Significa que no impartirá clases, ni tutorías, ni hará gestión para dedicarse a investigar. En 2008 se ofertaron tres sabáticos, uno por campus: Saltillo, Torreón, Norte. Concursé y gané. Propuse una investigación a realizar. Todavía no iniciaba el proceso de búsqueda cuando me llamó el rector Mario Alberto Ochoa: "Voy a fundar la Escuela de Historia y te encargo su creación". Fue una sorpresa que no esperaba. Le dije que aceptaba, pero después de terminar mi sabático. "No, tienes que empezar ya porque conseguí dinero federal y si aplazamos la apertura se perdería". Discutí, alegué, propuse a otros, pero él estaba aferrado. Acepté a cambio de su promesa de regresarme el sabático. Ahora, en 2013, me lo regresaron y presenté nuevos proyectos, porque de los tres que ofrecí en 2008 publiqué dos. Supongo que el lector sabe que soy historiador y que vivo del oficio.
Un compromiso, además de investigar y entregar un producto, es el de no trabajar más que en el proyecto. Esto me llevó a manifestar en VANGUARDIA la imposibilidad de continuar siendo editorialista. Agradezco a la maestra Diana Galindo y al Director, Armando Castilla, haberme invitado a colaborar en su periódico. Reconozco que jamás cambiaron una sola coma en mis artículos, ni me hicieron sugerencias: el respeto a mi libertad fue absoluto, lo digo sin ambages.
Si conté bien, he publicado en VANGUARDIA 229 artículos. En algunos pude haber ofendido a algún ciudadano, especialmente a gobernantes. Sentí la obligación moral de informar. De otra manera hubiese quedado bien con los poderosos sin presentarle al destinatario un tema analizado, con datos, interpretación seria de los sucesos y personas. En la Universidad imparto, entre otras, la cátedra de Hermenéutica, y la ejercí en mis artículos. A veces exageré y soy consciente de ello. No creo que haya habido nada personal contra alguien. Un señor me dijo que me excedía citando autores. Lo sé. Hice lo que pude por no ser retórico pero sí por documentar el artículo: entregar datos, mencionar hechos, y también al autor de quien tomé la idea.
Son demasiadas las satisfacciones que tiene uno: la primera y mayor es ser leído. Entre mis lectores está una dama de 98, otra más joven en Nadadores, mi maestra de tercero de Primaria dijo "¡nunca pensé que te lograrías!", un doctor en Química un domingo me felicita y el siguiente me critica (críticas ecuánimes que agradecí cada vez), un comensal del Viena me dijo que no siempre estaba de acuerdo (¡qué bueno!). Lectores de otras ciudades han escrito: Torreón, Puebla, Cócorit (Sonora), DF, Nueva York, y Ramos. Siempre tuve la conciencia que los destinatarios eran los saltillenses. Me hacía feliz que no pocos reenviaran el artículo a sus amigos. Enojados conmigo los hay a montones, pero ellos hicieron enojar a más montones. Los enojados son poderosos que han pisoteado a desposeídos. Con éstos era mi compromiso; lamento la rabia de los otros.
Debo entregar a la UAdeC, en un año, un libro y tres artículos científicos: todo un desafío. Si no cumplo, pagaré una multa enorme. Debo aislarme. No uso celular ni pienso hacerlo, pero mis amigas y amigos, a los que quiero mucho, tienen trucos muy ingeniosos para localizarme. Ando buscando una cueva dónde escondérmeles. Estoy seguro de que cuando me instale, ellos ya estarán adentro (de hecho siempre los llevo conmigo).
El ejercicio periodístico ha sido una carga a la vez que un deleite. Fueron varias las veces en que vacilé antes de escoger un tema. No he logrado separar ambas sensaciones. Siempre está el aguijón de la responsabilidad. En mi primer artículo hice una promesa. Dígame si le fallé. Hice el esfuerzo por ser original, informativo, contundente, firme. Me dicen que más de un burócrata tiene mi imagen en un altar. junto a la de la Santa Muerte. ¡Que le aproveche!
"Despedida no les doy porque no la traigo aquí. Se la dejé al Santo Niño y al Señor de Mapimí".