Tres tareas
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En la antigüedad, los héroes acometían tres tareas no obstante de la imposibilidad de ellas: trenzar una soga de arena; escribir un verso y reproducir la cara del viento
Cuenta el erudito Alberto Manguel, en la antigüedad, los héroes acometían tres tareas no obstante de la imposibilidad de ellas: trenzar una soga de arena; escribir un verso, un largo poema en los polvos del desierto o en la arenisca de la playa, y reproducir la cara del viento. Las tres tareas, amén de imposibles y casi demoniacas, son desafíos lúgubres y el ejemplo al final de cuentas donde sólo los héroes pueden trocar el desafío en esperanza.
Acostumbrado quien esto escribe a la batalla perpetua y no a los tiempos de paz, hace días, mientras el crepúsculo se hacía un punto lejano en el ocaso del Cerro del Pueblo, compartí charla y una botella de vino con la bella reportera Paola A. Praga. Fue una de esas tardes en donde todo conspira, todo confluye para hablar sobre ese estadio, esa filosofía a la cual llamamos vida.
Paola Praga empezó a contarme un poco de los últimos pormenores de su existencia, de su joven vida y dijo llevar una bitácora de escritura, eso a lo cual los jóvenes llaman "Blog" y los viejos llamamos diario.
En un diario o Blog se dejan girones de vida, retazos de piel, huesos, tendones y no pocas veces, el alma misma. Dije el alma, ¿el cuerpo?, el cuerpo es lo de menos. Muchos años y cuando día y noche pensaba en el suicidio, el escritor William Styron llevaba anotaciones "erráticas", decía él, en un cuaderno. Para fortuna de sus lectores, el maestro no se suicidó y sí, como un "herido ambulante", dejó todos los preparativos listos pero fue y se internó en un Sanatorio donde le hicieron más llevadera su depresión, el acoso de los demonios de la melancolía.
Le importaba su alma, no su cuerpo. Al poeta Cesare Pavese le importó también más su alma y no los nervios y linfa podrida de su cuerpo. En el Hotel Roma de Turín, en una añosa habitación deletreó en su diario: "No más palabras. Un acto. No volveré a escribir más". Y pues sí, se suicidó. Así de sencillo o de complicado. No lo sé. Decía entonces de esa tarde tórrida del indomable verano en este desierto coahuilense, donde Paola Praga me mostró letras escritas en su diario, en su blog.
Quien esto escribe notaba algo extraño en su amiga. Creo conocer a la bella reportera. Por años, hemos compartido andanzas en varias ciudades de la República, incluyendo una noche de baile plebeyo y copas en el mismísimo infierno llamado Tepito y Garibaldi en el Distrito Federal. Sus ojos se hicieron de agua cuando me enseñó y dio a leer sus letras francas escritas en su Blog a propósito de la muerte de su madre, la señora María Antonia Praga.
Esquina-bajan
Después de leer aquello, los ojos navegables ya no sólo eran los de Paola, sino también los míos. Aguirre Praga tiene fuego en su pluma, así lo dejó ver en esta estampa escrita con la rabia y dolor siempre desatado en uno, cuando llega la muerte de un ser tan querido como es una madre. A mata caballo, entre la reflexión, la autobiografía, la poesía y el recuerdo amoroso de una hija, Paola Praga dejó un testimonio donde sí, como en la antigüedad lo acometían los héroes, quiso amonedar la cara del viento.
Brindamos por su mamá, a la cual conocí, para fortuna mía. A la consagración primigenia le siguieron una cadena interminable de ellos en ese mítico restaurante llamado "Terrazza Romana". Ya luego y de rato, llegó a compartir copa y charla ese figurín de aparador neoyorquino, lady Mayra Rivas, la cual dueña de una piel de durazno que embota los sentidos, iluminó la mesa para cambiar un poco de letras y sentimientos.
Si cumples estas tres tareas, bella Paola Praga, tu paso por la vida se habrá cumplido. Mientras tanto, una y otra vez intenta el desafío de otorgarle cara al viento, trenza una soga de arena y escribe un largo texto, un largo poema tuyo sobre los aluviones de este desierto el cual amas en las noches más altas.
Letras minúsculas
Que las letras votivas para tu madre, Paola Praga, sean eternas. Así sea.