La muerte simbólica del otro

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Opinión
/ 13 septiembre 2013

El acto discriminatorio es prueba furiosa del deseo de una conciencia de aniquilar a la otra

"Cada conciencia busca la muerte del otro".
-Hegel

¿Qué podría existir más cruel sino desear la muerte simbólica del otro? ¿Quién aceptaría que la desea? ¿Cómo soportaríamos esa imagen de nosotros mismos? La primera reacción es de distancia y horror: "Jamás lo he experimentado". Hegel confronta a una conclusión, quizá sería bueno no desecharla rápido. Sutiles, cotidianos e imperceptibles son los caminos que nos llevan a concebir "lo inconcebible", o a actuarlo. Sin cuestionarnos.

Actuarlo y mirar ingenuos hacia otro lado. Lo real interior existe, más allá de nuestro ideal del Yo. Sí que podemos ser portadores de una oscura voluntad de dominio. Sí que sería bueno preguntarnos: no, cómo fantaseamos, o racionalizamos nuestros vínculos, sino cómo los vivimos.

El acto discriminatorio es prueba furiosa del deseo de una conciencia de aniquilar a la otra. Retomo un tuit que circuló "alegremente": "Si mañana llego tarde a mi clase por la bola de Indios Gatos de la CNTE, mato a sus hijos y violo a sus culeras esposas (no, mejor las mato)". El ejemplo de la fantasía de aniquilar al otro en el acto discriminatorio, es claro, por extremo. ¿Qué pasa cuando las relaciones son cercanas, cuando el dominio es cotidiano y sutil? ¿Qué pasa cuando esa búsqueda de "la muerte del otro", se da como una confusión en las relaciones amorosas?

Una madre obliga a su hija a ir a ballet, la niña lo detesta y sufre. Hay algo en la voluntad de la madre que se impone, que aniquila deseos y voluntad de la niña. Algo tiene que dejar "morir" la niña en ella, para someterse a esa otra voluntad. ¿La madre obliga a su hija porque es lo mejor? ¿Para quién? Comienza la confusión. La madre -también- necesita que su hija la obedezca, para ella, sentirse amada. Un laberinto de espejos de amor y desamor.

En el acto discriminatorio se juega lo mismo, pero de manera sádica: "Si decreto que existe una categoría de seres humanos que no merecen ser amados, y los ataco, significa que correspondo a la categoría de seres `elegidos', que sí merecen ser amados". ¿Y en las relaciones entre adultos? ¿Negociamos, no como puesta en escena para ganar, sino para aprehender lo que es justo para ambos? ¿O sucede que imperceptiblemente vayamos arrollando la voluntad del otro, sin darle acceso a expresar sus deseos?

La lucha de poder es un río subterráneo. Una puede encontrarse de un lado o del otro de la ecuación, sin lograr siquiera imaginar cómo llegó allí. ¿A qué hora me convertí en ese ser impositivo? O ¿A qué hora me dejé arrollar? ¿Cómo comenzó esta rampa enjabonada? Entre una persona y otra circula el fantasma de amado/desamado: dos narcisismos "salvándose", dos voluntades en pugna. No necesariamente la voluntad de dominio es consciente: "Te amo tanto", "Mi mejor amiga", "Sería capaz de todo por mi hijo".

Donde una conciencia busca poseer a la otra, le está pidiendo que desaparezca. Que mate su voz. El dominante exige como acto de amor, que el otro le ofrezca su singularidad en sacrificio. Para poder ser él/ella, el más amado. Una de las partes cede, la otra se apodera del territorio, impone las reglas, coloca al otro en el lugar de su prótesis.

¿Hay foquito de alarma? Una relación deja de fluir. Una de las partes siente que no tiene para dónde moverse, como si cumpliera una función que anula y daña. Como si necesitara comenzar a contar chiles emocionales para salvarse. "¿No amo lo suficiente? ¿Se siente inseguro? ¿Me quito? ¿Me pongo más?". El mercadeo emocional. Genial cuando puede nombrarse, y dos personas se aprehenden para no perderse. Pero para que se dé, ambas tendrían que aceptar que se necesitan, que si se pierden, pierden.

De la reciprocidad a la inequidad. Como en las piñatas de infancia: una se arroja en el principio errado de lo más de dulces posibles, cuando una no necesita lo más de dulces. Una necesita que el otro tenga sus dulces, y los conserve, para disfrutar una de sus dulces. Una necesita ofrecerle caricias al otro, para disfrutar de las que te ofrece. Una necesita del orgasmo del otro, para disfrutar de su propio orgasmo. Bueno, en el ideal. Cuando hay batalla de dominios una conciencias cede. No necesariamente "la más débil". ¿La más sana, quizá? ¿Y la otra?

"Hay algo que me das, y me gusta, me hace sentir tan bien, quiero más: más dulces. Más espejos. Mantenerme en este estado de bienestar y fuerza que me ofrecen tu presencia y tus palabras. Recoger tus regalos ocupa mis emociones, mis manos, corro el riesgo de olvidar que "eso", tú me lo estás dando. Paulatinamente se hace mío, como si solita/o fuera capaz de generármelo. Me convierto en un caracolito fecundándose a sí mismo, se me olvida ese antiguo anhelo de indagarte".

"Dar al otro por hecho". Es común. Un malentendido difícil de dilucidar y de ubicar en el tiempo. También hay quien necesite amar menos, para sentirse amado. ¿Egoísta? Quizá, los juicios no son interesantes. Alguien se acostumbró a necesitar el entero contenido de la piñata, a cambio del mínimo. ¿Cómo no sentiría como un despojo injusto, que le vengan a quitar lo que da por hecho "¿Por qué me dices que tu orgasmo importa, si durante tanto tiempo el pacto era que sólo importaba el mío?. Ya no me quieres como antes". El ejemplo de la sexualidad es crudo, porque es explícito.

¿Cómo hacer del amor un territorio en el que ambas personas tengan espacio? En el que no tengan que cohabitar el supuesto deseante, y el supuesto "oscuro objeto del deseo". No pasa por lo femenino/masculino. Pasa por dos conciencias que se desgreñan mutuamente, para ocupar el lugar de "El elegido".

María Teresa Priego

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