Mirador

Opinión
/ 26 febrero 2014

En Campeche hay una estatua que tiene una canción, y una canción que tiene una estatua. La canción y la estatua se llaman La novia del mar. Sentada en la playa una muchacha de bronce espera la llegada del pescador al que ama. El viento le agita los sueños y el cabello.

En Campeche está la imagen de un Cristo negro al que veneran los marinos. Dice la tradición que cada vez que alguien ha pretendido sacar al Cristo de su pequeño templo para llevarlo a otro mayor los brazos de la imagen se han alargado de tal modo que ha sido imposible hacer pasar la imagen por la puerta.

En Campeche se dan los mejores camarones de este mundo, y el pescado más fresco, comprado a la orilla del mar cuando todavía aletea el mar y cuando todavía aletea el pescado.

En Campeche hay recuerdos de piratas, de ricos hidalgos novohispanos, de mujeres apasionadas, frailes, encomenderos e indios.

Algo del viajero quedó en las murallas de Campeche. Y en las murallas del viajero quedó el recuerdo de esa ciudad cristiana y marinera que sabe a sol y a sal.

¡Hasta mañana!...


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