Montag, mira este drama posmoderno
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Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices, porque los hechos de esta naturaleza no cambian. No les des ninguna materia delicada como Filosofía o Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino se encuentra la melancolía.
Fragmento. Fahrenheit 451. Ray Bradbury
La oscuridad, y en el centro, el fuego que conecta nuestros rostros. El encuadre lo que resalta en esta escena es las siluetas que miran las llamas de la hoguera, que observan ya la nariz puntiaguda de uno, los labios carnosos del otro, el chal a cuadritos de aquella. Resaltan los ojos que miran el rastro de la voz que cuenta la ocasión remota cuando niño resbaló por una higuera y cayó. O el recuerdo del sabor de una rebanada de sandía sentada la otra, en el regazo de un río que ahora no existe.
Así estamos por acuerdo, tejiendo historias, huyendo de la conectividad, del cúmulo de datos, de los íconos con caritas azucaradas o neuróticas que apuntalan una respuesta. Intentamos alejarnos de los pulsos de mensajes que entran y salen mientras alguien intenta conversar a nuestro lado, con nosotros, en tiempo real. Huimos de ese estar sin estar que es verter mensajes en una red arácnida devoradora de nuestra atención y dinero.
Somos retratos de burgueses que trabajan para tener bienes, esclavizados voluntariamente, de esos burgueses. Unos con aparatos celulares ultramodernos, otros con equipos mínimos. Todos, figuras bufas que reconocen su enfermedad. Pero, nos hemos fugado para encontrarnos. Recordamos a qué sabe una noche teniéndonos cara a historia, rostro a recuerdo. No falta quien se aterroriza porque no recibirá noticias del exterior, no falta quien hace trampa y se va a enviar un mensaje fingiendo que iba a averiguar la hora, quien envía señales a otras latitudes; o quien con la novia a un lado, manda señales a su amante. Pero hemos dicho, a retirar los celulares, a apagarlos, ya.
Y hay algo como una carencia, porque se falta a sí mismo y al momento. Porque se es insuficiente; se teme la disolución, la extirpación de esa masa cada vez más real que es el enjambre de bytes y sus rebanadas eléctricas con las que se curan ausencias. ¿Allí estaba la felicidad? ¿En esa cajita? Diantres, no. ¿Hasta qué lugar oculto del núcleo de mi sangre se fue? Pues a buscarla, carajo.
Y compartimos entonces miedos, trozos de nosotros, nos dejamos ir.
âSabes? Se lee menos con Internet. Yo que tanto critico a quienes no leen, confieso que me está dando pereza leer un libro completo.
Surgen piedras en la noche, Montag. Lo apedreamos entre risas. Pero quien sabe, quién sabe nos estamos diluyendo.
Frente al fuego, pasamos la botella; nos volvemos a calzar el cuerpo a nuestros huesos. Aguantamos la mirada implacable de los astros y la Luna.
Esto es el frío, digo, esto realmente es el frío. Mi nariz está congelada. Y éstos son los árboles. Y yo entre mi tribu cercenada, una tribu que se recompone, que al final termina bailando, buscando abrazos. Nosotros, animalitos que buscamos el perdón de no haber estado. Y la poderosa sensación como aguja hipodérmica de estar cada vez más vestidos de nuestra carne; a algunos nos cuesta más tiempo; digo, buscar los trozos aquí y allá. Pero al final estamos completos.
Montag, he vuelto a sentir mis piernas, todo mi cuerpo. Y he vuelto a correr de nuevo. He vuelto a mirar a la gente Montag.
claudiadesierto@gmail.com