Tierra y esperanza

Opinión
/ 31 enero 2014

En el valle había perritos llaneros. Cientos, miles, decenas de miles de perritos llaneros. Estaban en todas partes; gritaban y corrían de un lado a otro como niños traviesos. Era un gozo ver aquella gran convención de roedores, señores y dueños del valle y pobladores suyos.

Con ellos, claro, vivían los que vivían de ellos: coyotes, gavilanes, halcones, águilas, serpientes... Toda una fauna terrestre y aérea que formaba un hábitat riquísimo y característico de nuestra tierra.

Cuando llegábamos los perrillos corrían a esconderse en sus pozos, pero a poco asomaban la cabeza con curiosidad. Perdido el miedo salían y se paraban sobre las patitas traseras, como ardillas, para mirar a los llegados que invadían su territorio. A lo lejos, con más prudencia que temor, algún coyote se alejaba en trotecillo lento para ponerse lejos. Había también unos extraños pájaros de largo pico a quienes mi padre llamaba zarapitos. Y pájaros azules, por centenares también, en todas partes. Y madrugadores, que son una aves pequeñas que vuelan en giros acrobáticos sobre las copas de los álamos.

Y había tortillas con chile, pájaros también llamados artículos de fe. El primer nombre lo deben a su pecho, amarillo sobre el gris del plumaje. El segundo nombre es onomatopéyico: cuando cantan parecen decir esas palabras: artículos de fe. En inglés se llaman meadow lark, alondra de las praderas. Eso me lo enseñó Bob Fishburn, aquel hombre tan bueno en cuya compañía fui muchas veces a observar las aves.

Yo amo a esos pájaros por dos razones: la primera, porque a mi padre le gustaban mucho. Cuando veíamos una tortilla con chile posada sobre el palo de una cerca él se detenía y esperaba a que la alondra lanzara al viento las notas de su canto. Me hacía notar cómo ese pájaro se las arregla para que no se sepa de dónde sale su canción: si el caminante no ve al ave podría pensar que ese canto viene de cualquiera de los rumbos cardinales.

La otra razón por la que amo a esas alondras es porque tienen la astucia de las madres. Cuando van hacia el nido, hecho a ras de tierra, oculto entre el pajonal, en donde empollan sus huevecillos o tienen a sus polluelos, jamás vuelan directamente hacia él. Llegan a un sitio alejado a fin de así engañar a los predadores, y luego caminan, recelosas, en dos o tres direcciones diferentes hasta cerciorarse de que un enemigo no las sigue. Cuando tienen la certidumbre de que ninguna ave, ningún mamífero o reptil va tras ella, entonces sí se dirigen por tierra hacia su nido, seguras de no haber atraído sobre él ningún peligro. Nada hay más sabio que la Naturaleza. Sabios son también quienes siguen sus dictados. Apartarse de ella, hacerle violencia, es aberrante error que trae consigo funestas consecuencias. En el caso del hombre esas consecuencias son de cuerpo y de espíritu. Estas últimas son las peores.

Ahora ya no hay perrillos llaneros en el extenso valle comarcano de San Antonio de las Alazanas. Los cultivos del hombre expulsaron de su territorio a esa amable criatura. Yo la recuerdo, alegre y vivaracha alzándose sobre el bordo de su morada, asomando la cabecilla o corriendo para visitar a un congénere. Y ese recuerdo queda como algo de lo mejor de mi niñez. Y de la niñez de un paisaje que, como yo, no pudo evitar convertirse en adulto.




Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labor periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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