Amables personajes de ayer
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Napo Ortiz fue laborioso y eficaz colaborador del Banco Mercantil de Monterrey. El gerente le pidió un día que fuera a cobrar cierta cuenta difícil, pues el deudor tenía vencidos ya varios documentos. Era agricultor, y no se le habían dado bien las cosechas, de modo que los préstamos refaccionarios, y los de habitación y avío, y los hipotecarios, y los prendarios, y todos los demás créditos habidos y por haber se le habían vencido ya. Tres maneras seguras tiene un hombre de arruinarse -escribió el inolvidable papa Juan XXIII, de felicísima memoria -. Son el juego, las mujeres y la agricultura. Mi padre escogió la manera más aburrida de las tres: era agricultor. Pues bien: también era agricultor aquel deudor insolvente.
Fue Napo Ortiz a buscarlo a su casa, y regresó poco después mohino, meditabundo y cabizbajo. Sin más ni más dijo a su jefe que quería renunciar.
-¿Por qué, mi Napo? -le preguntó extrañado el superior.
Entonces Napo Ortiz le contó lo que le había pasado. Fue a buscar en su casa al insolvente y no lo halló. Encontró, sí, a su mujer, y a ella le dijo que a falta de su esposo debía ella acudir al banco a regularizar la situación. La señora se angustió grandemente, y pronunció entonces las fatales palabras que hicieron a Napo Ortiz pensar en que debía pensar en dejar definitivamente sus tareas de cobrador. Le dijo la señora:
-A mi marido se le ha puesto la cosa muy dura. Póngase usted en mi lugar.
El Godoy, que con ese apodo era conocido don Alfredo de la Peña, era famoso por sus ocurrencias, por el don que tenía de sacar quién sabe de dónde respuestas donairosas que hacían soltar el trapo de la risa a quienes las escuchaban.
Fue un día don Alfredo al Banco de Coahuila, y se apersonó con su gerente, el muy serio, parsimonioso y estimadísimo señor don Leonardo Arzuaga. Le explicó el Godoy a don Leonardo que se proponía explotar una mina de vetas muy promisorias que había encontrado y que seguramente lo haría rico en poco tiempo. Dispuesto estaba él a compartir su prosperidad con todo Saltillo, volcando en obras de beneficio general los muy cuantiosos caudales que sin duda alguna le rendiría la mina. Desgraciadamente, por esos días andaba algo escaso de dineros âimpecune e inargento, dijo él con mucha seriedad-, motivo por el cual se veía en la necesidad de distraer a don Leonardo de las múltiples e importantes ocupaciones que tenía para pedirle un crédito que él se comprometía a pagar en el tiempo y condiciones que el banco le fijara.
El señor Arzuaga le informó que por principio de cuentas debería conseguir la firma de alguien que lo respaldara en calidad de aval.
-¿Y de quién quiere usted la firma, don Leonardo? -preguntó el Godoy.
-En su caso, don Alfredo -contestó el señor Arzuaga-, el aval lo pedimos por pura fórmula, de modo que muy bien puede usted traer la firma de su señora esposa.
-Mire usted, don Leonardo -dijo entonces El Godoy asumiendo una actitud de mucha dignidad-. A mi señora esposa yo la quiero nada más para...
Y con un verbo que significa asir o tomar aquel ingenioso saltillense que tan grata memoria dejó por sus decires le dio a entender a don Leonardo Arzuaga que a su mujer la quería él para otros menesteres nada relacionados con la actividad bancaria.