El vidente ciego
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El vidente ciego. La imagen mediática es un obstáculo entre el ojo y la realidad, porque el ojo es connatural a la realidad y la mencionada imagen es un artefacto superfluo, gratuito. Saturados de imágenes televisivas, no podemos formular juicios exactos acerca de ningún asunto. El tiempo mediático, que es yuxtapuesto y simultáneo, anula el principio de causalidad. Las noticias parecen surgir por generación espontánea en la pantalla vacía, en la memoria nula de los locutores que las leen maquinalmente. Este carácter superficial incluye al cine: un atardecer en Australia es tan abstracto y tan premeditado como un atardecer en cualquier otro lugar del mundo. La representación unidimensional en la pantalla le quita peso a la realidad, la despoja de su carácter moral, ejemplar. Muchas situaciones, dramáticas de suyo, se han vuelto triviales a fuerza de ser tratadas cotidianamente en la pantalla. En ese sentido los medios no son didácticos, no nos enseñan nada, como no sea a perderle el respeto a los asuntos humanos, a volvernos indiferentes hacia todo lo que está más allá de una bolsa de maíz tostado. No abonan a la democracia, puesto que no son instrumentos de pensamiento ni de concientización. De hecho, con el tiempo ya no causan sino fatiga e indiferencia. Han perdido casi del todo su capacidad de conmoción, de responsabilización. Las imágenes de terremotos, de ciclones, de hambrunas, de guerras se confunden fácilmente con secuencias fílmicas de ficción. Aunque esta clase de información se consideraba inocente, urgente, despolitizada, no manipulable, de intrínseco interés humano, su repetición ha resultado anestésica para la sensibilidad del auditorio. Prueba de ello es la reticencia cada vez más pronunciada con que la población acude a las campañas de auxilio a los damnificados. Su capacidad informativa está completamente en entredicho: poco sabemos acerca de la guerra del narco, por más que se nos entere a diario sobre ella, durante horas y horas. No se trata de un problema de sobreinformación, pues a la acumulación de detalles llamativos e inconexos ni siquiera se le puede llamar información. Contra lo que piensan las mentalidades de izquierda, no existe un Big Brother, un cerebro coherente, un responsable de la edición audiovisual: si lo hubiera los medios serían más confiables, más articulados y además sujetos de responsabilidad y susceptibles de crítica. Pero ningún aparato de gobierno, ninguna academia, ninguna corporación cibernética privada se ha atrevido a hacerse cargo de tan alta responsabilidad. El colectivismo, en este microcampo del capitalismo global como en tantos otros, sólo produce confusión e incertidumbre. Una empresa mediática es tan inconsciente y tan frívola como una empresa de tuberías de plástico o de aparatos electrodomésticos. Vista desde fuera, la esfera mediática, con su barullo y su sintaxis de neón, con su ronroneo impersonal, cada vez despierta menos el interés del ciudadano siempre distraído.