Yo no quería señor, de veras
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Fue que una mañana una profesora que vaya a usted a saber su nombre, yo no me acuerdo, habló al periódico para denunciar una casa de putas que, según me cuentan, sigue operando en una sórdida calle de la colonia Girasol.
El padrote había muerto, según dijo la dichosa maestra por el teléfono, y las suripantas andaban desatadas, lo cual, por supuesto, era un atentado de lesa moral contra las costumbres de aquel barrio de buenas esposas.
Yo no quería ir señor, se lo juro, fui porque de aquí me mandaron.
Llegué hasta el congal de marras, se llamaba, o mejor dicho se llama La Casa de las Palmas, quiero imaginarme que por las dos altas plantas de esta especie que adornan su entrada como un palacio vernáculo.
Apenas toqué la reja de fierro salió a abrir una muchacha de alquiler. Era una señora más bien cuarentona, chaparrita, pero de buenas carnes y como dice mi amigo el fotógrafo de Vanguardia, Héctor García, El Tetos, todavía tenía sus pedacitos buenos.
Que yo quién era, que qué quería, me preguntó, que quién me mandaba y que yo cómo sabía de la existencia de ese burdel con fachada de estancia familiar.
Nada, le dije, que me enviaba un conocido de ellas, alguien que me había recomendado mucho los servicios de la casa.
Sin más trámites me dejó pasar. La entrada era una sala en penumbras y luego un pasillo largo, largo con habitaciones a los lados y en el que flotaba un olor rancio a tabaco.
Entramos entonces a uno de los cuartos y nos sentamos en una cama acolchonada, suave y de muelles ligeros. La pieza tenía como un vago perfume marítimo, por no decir que olía a pescado.
Durante el interludio sexual, yo no quería señor, de veras a mí me mandaron, la muchacha me contó que eran más o menos unas 20 damas de todas las calidades y que sí, que el padrote, un extranjero, gringo me parece, se había muerto y no habla quién mandara en la casa a la cual solían asistir clientes militares y hasta ancianos en sillas de ruedas.
Ella tenía algunos años trabajando ahí, era la madre soltera de tres hijas que estaban estudiando, las cabronas, porque ella quería que fueran alguien en la vida y no putas como su mamá.
Que quería que tuvieran mucho dinero, mucho hasta para comprarse al hombre más guapo, al que ellas eligieran y al que, cuando se aburrieran de él, pudieran botar de una patada en la cola.
Y así estuvimos charlando hasta que se me hubo acabado el dinero y la energía.
Después de pagarle me despidió en la puerta sin deferencias.
Saliendo de aquella casa me topé con dos hombrones recargado en un Tsuru con insignias de la Policía Ministerial.
Que qué andaba haciendo ahí, me preguntaron, les dije que era reportero y les enseñé mi charola enmicada. Uno de ellos la estiró, la miró un segundo y sin decir nada la arrugó y me la aventó a la cara.
Entre ambos me sujetaron por los brazos: Ya valiste madre cabrón, te vamos a quemar, sentenciaron.
Intenté oponer resistencia, pero cuando acordé estaba tirado en el suelo y tenía encima de mí a los dos gorilas que me habían despojado de mi celular y en seguida me sometían con unas esposas.
A empellones me subieron al carro. Algunos vecinos que habían salido a contemplar mi desgracia se sonreían como diciendo: ¡Ándele güey, por caliente!.
Lo que siguió fue dar vueltas y vueltas y vueltas, en el Tsuru con insignias de la Ministerial por la colonia Girasol y la 26 de Marzo
Temiendo que me fueran a dar una calentada, insistí en que era reportero y que había acudido a la casa de citas para atender la queja de una vecina maestra
Detuvieron en seco el vehículo, me regresaron mi credencial, el celular, me pidieron disculpas muy cortésmente: Esque ni pareces reportero güey, dijeron y me tiraron afuera de la Central de Camionera.
¡Vaya susto!, pensé cuando puse los pies en la calle, pero le juro señor, que yo ni quería, hombre de veras.
Epílogo
En la noche volví al barrio para visitar a la profesora que había denunciado el prostíbulo, ahí estaban reunidos los vecinos que había visto en la mañana burlándose de mí.
En cuanto me tuvieron delante soltaron todos la carcajada, como si se hubiera tratado de una broma pesada.