Celibato liberador
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El celibato sacerdotal auténtico conduce a una plenitud en el estilo de vida apostólica que opta por el seguimiento y la imitación de Cristo.
Uno de los aspectos que el Papa Francisco contempla cuando dice que el celibato es un don valioso para la Iglesia es seguramente la madurez y el equilibrio personal. Especialmente, en cuanto a la vivencia del celibato, la integración acertada de la sexualidad en la propia personalidad.
La sexualidad, afirmaba Benedicto XVI, es un don del Creador, pero también una tarea que tiene que ver con el desarrollo del ser humano. Cuando no se integra en la persona, la sexualidad se convierte en algo banal y destructivo.
Recordando los recientes escándalos de abusos a menores por parte de miembros del clero, el Papa emérito afirmaba que estos hechos, que son absolutamente reprobables, no pueden desacreditar la misión sacerdotal, que conserva toda su grandeza y dignidad.
Gracias a Dios, todos conocemos sacerdotes convincentes, forjados por su fe, que dan testimonio de cómo en este estado, en la vida celibataria, se puede vivir una humanidad auténtica, pura y madura, añade, recordando la importancia de ser vigilantes y atentos, examinándonos cuidadosamente a nosotros mismos, delante de Dios, en el camino hacia el sacerdocio, para ver si es ésta su voluntad para mí.
El sacerdote, que deberá acompañar a otros en el camino de la vida y hasta el momento de la muerte, es importante que haya conseguido un equilibrio justo entre corazón y mente, razón y sentimiento, cuerpo y alma, y que sea humanamente íntegro.
El celibato es ley eclesiástica, no divina. Ya hay sacerdotes casados en la Iglesia actualmente en el rito oriental. El celibato opcional, como allá se presenta, puede proponerse para occidente.
Algunos casados podrían entonces recibir el sacramento del orden sacerdotal. Ante la disyuntiva hay un número creciente en la iglesia oriental que opta voluntariamente por el celibato