Personas de luz
COMPARTIR
Lo valioso en la vida reside cuando una persona se convierte en resplandor para los demás
A mis alumnos, quienes son siempre aurora.
Hace cientos de años, había un hombre en una ciudad de Oriente. Un hombre que una noche caminaba por las oscuras calles llevando una lámpara de aceite encendida. La ciudad era muy oscura en las noches sin luna como aquella. En determinado momento, se encontró con un amigo. EI amigo lo miró y de pronto lo reconoció. Se dio cuenta de que era Guno, el ciego del pueblo, y entonces le preguntó: ¿Qué haces Guno, tú ciego, con una lámpara en la mano? Si tú no ves...
Entonces, el ciego le respondió: yo no llevo la lámpara para ver mi camino. Yo conozco la oscuridad de las calles de memoria. Llevo la luz para que otros encuentren su camino cuando me vean a mí... No sólo es importante la luz que me sirve a mí sino también la que yo uso para que otros puedan también servirse de ella.
¿No sabes que alumbrando a otros, también me beneficio yo, pues evito que me lastimen otros que no podrían verme en la oscuridad?.
Esta antigua historia, de autor desconocido, se encuentra hoy más vigente que nunca. Pareciera que estamos ciegos de nuestras cualidades y posibilidades y, entonces, en lugar de dar luz, le apostamos a la oscuridad y a que otros también vivan en las tinieblas.
Me temo que pocas son las personas que cotidianamente se ocupan de ver el lado bueno de la vida, por entretenerse con lo negativo, con las amarguras; por andar viendo los defectos en los demás.
Tiempo perdido
 Consumimos la existencia encendiendo heridas pasadas, caminamos cegados viviendo existencias ajenas, comparándonos con los demás, sofocando la mente con prejuicios. Me da la impresión que demasiado tiempo ocupamos avinagrando el alma al juzgar a las demás personas.
Me temo que nos desaguamos buscando felicidades inexistentes y entonces renunciamos a vivir la existencia con eso que somos, y todo por no ocupar o llenar - a lo profundo, largo y ancho -Â el lugar que a cada quién nos corresponde en este mundo.
No entiendo el gasto de energía en ver lo que otros tienen, pero que a uno le falta. Así, por ejemplo, se suele envidiar al que ha forjado fortuna, a ese que tiene una mejor casa o carro, al de más éxito profesional, al que lleva a sus hijos a escuelas de más caché, a quien la vida le ha dotado de belleza física, esbeltez, o salud, a esa persona que goza de roce social; en fin, la lista de las comparaciones es interminable, pero en el fondo de cada compulsa habita el pecado de la envidia y la inconformidad de aceptarnos y valorarnos tal como somos.
Pegado en la piel
Tal vez los humanos llevamos pegada en la piel la necesidad de mendigar lo que personalmente no somos, quizás porque ésta es la coartada para justificar la cobardía para no ser, para desistir, para vivir muriendo, inventándonos de paso dioses falsos, solemnes, aburridos, intrascendentes.
Lo peor es que, al compararnos o juzgar a los demás, vemos lo que queremos ver y oímos lo que deseamos escuchar, pero pocas veces ponemos en esa misma balanza el peso de nuestra propia alma; pues, en rarísimas ocasiones cuestionamos si en verdad estamos cumpliendo con el propósito de la existencia y, con el tiempo, llegamos a ignorar los grandes tesoros que adentro tenemos y que son la llave que abre la puerta que conduce a la felicidad personal.
Por estas razones, sufrimos innecesariamente y olvidamos que la vida se construye partiendo de eso cada uno es, por el entusiasmo que individualmente le ponemos al oficio que Dios ha puesto en nuestras manos, por el sudor que se encuentra detrás de nuestras alegrías, por el sentido que le damos a ese sufrimiento que aparece para recordarnos lo profundamente humanos que somos y lo mucho que nos necesitamos los unos de los otros.
Hay millares de móviles por los cuales evitamos ocupar el lugar que nos corresponde, pero uno por los que andamos encorvados, es ese que nos invita a ignorar que en la vida no hay ni mejores ni peores oficios, ni seres humanos superiores a otros, ni posiciones sociales o económicas que sean vergeles para la felicidad. Â
Ignoramos que solo existen buenos o malos oficiantes, personas que emprenden su vida en pos de un ideal excelso y otros que claudican ante las seducciones de la comodidad o del mundo, y realidades que invitan a dar y compartir según a cada quien se le ha otorgado o que, ante el gran reto, la gente se ciega para omitir responsabilidades.
Sin reservas
Aclaro que cuando digo que hay que ocupar el lugar que nos corresponde, no me refiero a resignarnos con lo que hoy somos, tampoco hablo de la complacencia maligna que a veces usamos para apaciguar las ganas de existir, ni de esas actitudes en las cuales, en ocasiones, nos marinamos para amordazar los anhelos de ser. Más bien, me evoco a buscar, descubrir, vivir, gozar y verdaderamente amar la razón de ser de nuestra personalísima existencia, pero sin ambicionar lo que otros son, tienen, hacen o viven.
Es decir, a que cada quien se abrace - con la cabeza, el corazón y las manos - fuertemente y sin titubeos al timón de su vida y reme alegremente.
Así, el que es padre de familia que lo sea sin reservas; el esposo (a) que viva sin vacilar el amor incondicional que lo condujo al encuentro de su pareja; el maestro, que ilumine su vida con las dudas de sus alumnos para así buscar la benevolencia; el político, que sea honesto y leal; el cocinero, que sazone con generosidad sus días; el médico, que cumpla con su insigne promesa; el jardinero, que haga florecer los jardines.
El joven, que mantenga sus ideales, siempre con el alma muy despierta y emprendiendo sus sueños con las manos; el adulto, que sea testimonio de verdad, fe, congruencia y esperanza; el viejo, digno de los años vividos y generoso para compartir sus experiencias; el hombre, que con su hombría deje que la mujer sea, y la mujer, con su femineidad, que haga que el mundo viva el amor para que la vida continúe siendo vida.
Saber llenar
Si ocupamos a plenitud y sin confusiones nuestro nicho personal habremos descubierto el sentido del orden y adquirido la conciencia de nuestras posibilidades y limitaciones, siendo esta la manera más sencilla para aniquilar, de un tajo, a la envidia que mora en las almas mediocres. Desilusionadas.
Entonces, habremos comprendido que si aquél es quien vacía, uno es el que debe llenar; si el otro es el que critica, uno el que debe construir; si el aquél es el que quiere ser servido, uno el que debe servir. Â
También, al llenar nuestro espacio, de paso, aprenderemos que si en la vida se desea abundancia hay que dar abundancia, si acaso se quiere respeto hay que respetar, y si se busca comprensión, primero hay que comprender para luego ser comprendido.
Nunca Imposible
Creo que, en lugar de desear lo que no es nuestro, o pretender ser lo que no somos, criticar o juzgar, hay que extender ampliamente los brazos para acoger la vida tal como es, con sus alegrías y penas, para saciar plenamente nuestra área personal, para llenar cada corazón vacío que encontramos por la acera; pero, para eso, primero sería conveniente reconciliarnos con nosotros mismos, comprendiendo que lo que auténticamente vale en la vida es lo que llevamos por dentro y la manera en que engrandecemos el alma entera al vivir, descubrir y amar, día a día, la razón de nuestra personalísima existencia.
Lo esencial es saber que lo que valioso en la vida reside cuando una persona se convierte en resplandor para los demás o, por lo menos, cuando se quiere llevar de noche una lámpara para alumbrar el camino de los demás. Así podremos ver la belleza que nos rodea, dejaremos la ceguera y nos convertiremos en personas de luz.
Difícil seguramente, imposible nunca.
cgutierrez@itesm.mx
PROGRAMA
EMPRENDEDOR
Tecnológico de Monterrey Campus Saltillo.